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La muerte no es el final

Ya lo dijo el político de Boston: “dos cosas hay seguras en esta vida: los impuestos y la muerte”. Frente a la máxima inclinamos cabeza. No hay escapatoria ni huida posible, negocios y muerte siempre acechan. Tarde o temprano con ellos te topas en ese callejón sin salida que llamamos tiempo. A menudo con un retrato surrealista y dramático en la cara –si es posible aún más en estas situaciones que deparan los negocios y las defunciones-. Este ánimo del que hablamos es el que se le ha debido de quedar en el cuerpo a los familiares de un fallecido en Reino Unido. En esa nación que es ejemplo para Occidente y potencia en el mundo, una familia ha congelado un cadáver hasta darle honra y sepultura. Como suena. Y sin anestesia, bromas al margen. El culpable fue el dinero. No hubo para enterrar al difunto. La funeraria le negó su último descanso. Habrá que recordar que en la industria funeraria son mortales, indefensos e insignificantes mortales, y, por tanto, nada de proezas ni épicas, aunque su día a día sea el trato con cosas del otro mundo. No le perdonaron la deuda a los familiares y, como hemos escrito, de este modo terminó el entuerto.

Dicen que los ingleses no charlan en público ni de sexo ni de dinero. No obstante, nada dicen de la muerte, un asunto no menos delicado que los anteriores. Así que, como no puede ser de otra forma, han llevado el caso de este macabro purgatorio errante al Parlamento. Parece ser que hay personas para las que la muerte no es el final. No conocen el final. Nuestras vergüenzas al leer la prensa, tampoco.

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