Daniel Capó

La mujer a la que rezaba todos los días

«La memoria, lo he dicho ya en alguna ocasión, no pertenece en exclusiva al pasado, sino que también se dirige hacia el futuro»

Opinión

La mujer a la que rezaba todos los días
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

Camino de Santiago me encontré con un ramo de flores artificiales junto a una lápida. Un anciano rezaba por su mujer.

–Vengo todos los días a verla –me dijo el buen hombre–. Le prometí que no la abandonaría.

Mi padre ha hecho lo mismo todos estos años, semana tras semana,  regando de flores y recuerdos la tumba de mi hermano. Pero ahora hablo de hace casi treinta años, cuando yo estudiaba en la universidad y el futuro surgía desbrozado, limpio de miedos y angustias. Andaba por el norte de España, solo y a pie, el pelo corto, una gorra de béisbol verde y una vara de avellano, nudosa y austera, que me servía además para ahuyentar a los perros. Me gustaba aquel sitio, que parecía repudiado por los hombres. No era un lugar hermoso, a pesar de su exuberante verdor, sino el preludio de una vida, la memoria conservada del futuro. La memoria, lo he dicho ya en alguna ocasión, no pertenece en exclusiva al pasado, sino que también se dirige hacia el futuro. Quiero decir que se recuerda aquello que va a suceder; aunque yo entonces lo ignoraba. Ignoraba el olvido, por ejemplo, ignoraba la ausencia.

–¿De dónde es usted? –me preguntó aquel buen hombre–. No le había visto antes por aquí.

–Soy mallorquín, pero vengo andando desde Francia. Ya me marcho. Quise acercarme hasta aquí porque el campanero me habló de este lugar.

–No se vaya todavía, quédese un rato más.

Le acompañé a recoger las ovejas, que nos sonreían perezosas. Hacía fresco a pesar de ser verano. Me contó que había franceses en el pueblo y también alemanes. Yo no le prestaba una excesiva atención, permanecía ensimismado.

–Aquí llueve mucho y, si no fuera por las ovejas, la maleza lo invadiría todo. Mire ahí, fue la tormenta de anoche.

Nos acercamos a un árbol y el viejo, con su vara, trazó en el tronco del árbol el dibujo de un rayo, fino y preciso. Sentí un escalofrío y no sé por qué pensé en el gato negro de Edgard Allan Poe. La imaginación es caprichosa, al igual que la sensibilidad. Desperdigados por la tierra, reconocí los restos ennegrecidos del tronco, el tatuaje certero de la muerte. El azar determina nuestro destino, me dije. El azar es la crónica del tiempo que se oculta agazapado.

Me hubiera gustado haberle preguntado por Enriqueta Carrión, la mujer a la que rezaba todos los días. Quizás lo hice, pero no lo consigné en mis diarios. Lo que no queda escrito se borra, como si no hubiera existido nunca. Anoté el nombre de ella, pero no el de él. Anoté que unas manchas diminutas empezaban a verdear en la lápida, pero no el aspecto de aquel viejo pastor. Son puntos ciegos en la biografía, manchas blancas de lejía. Sin estas líneas, podría tratarse de un sueño que hubiera crecido con los años hasta adquirir presencia real. ¿Sucedió o no? Sé que sí, porque lo escribí hace ya casi treinta años. Al llegar al pueblo, fui al bar y me encontré de nuevo al campanero. Tomamos una cerveza. Pagó él. Conservo una fotografía de aquel día. Con los ojos cerrados parezco borracho. Él sonríe, fuera del tiempo, con su boina. Yo sabía que debía irme. Nadie nos paga por deambular sin rumbo ni destino. Se hizo de noche, cené un bocadillo de cecina, el ancho cielo nos cobijaba. En un pequeño transistor escuché a Guillaume de Machaut, la música reservata que alimenta la melancolía. De madrugada volvió a llover.

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