Juan Manuel Bellver

La noche nos confunde...

«Tal vez será que las autoridades, entre la manipulación y el paternalismo, nos ven como individuos infantilizados que bajamos la guardia con la primera copa y le echamos la culpa del menor desliz al horario canalla»

Opinión

La noche nos confunde...
Foto: Biel Aliño| EFE

Por fin ocurrió lo inevitable. El gobierno ha decretado este viernes el cierre de Madrid capital y los nueve municipios más poblados de la comunidad basándose en los recuentos hospitalarios que maneja, según los cuales estas ciudades han superado los 500 casos de Coronavirus por cada 100.000 habitantes en los últimos 14 días y presentan una ocupación de enfermos de Covid en las UCI por encima del 35%. 

Nada que objetar al enfoque eminentemente preventivo del Ministerio de Sanidad, aunque eso suponga que los 4.786.948 ciudadanos de las citadas localidades vayamos a padecer confinamientos perimetrales y limitaciones de aforos y horarios que afectan a nuestra vida cotidiana. Todo sea por la salud pública.

Lo que no entiendo en absoluto es el toque de queda que han impuesto a la hostelería. Vale lo de prohibir el uso de las barras, limitar al 50% el aforo de los comedores interiores y al 60% el de las terrazas. Pero, ¿a qué viene poner de límite las 22.00 h. a la admisión de clientes en el turno de cenas y obligar a cerrar los establecimientos a las 23.00 h. aunque el comensal esté a mitad del segundo plato? 

Ya veo a nuestros mesoneros patrios adoptando la tradicional campana que los pubs londinenses hacen tañer para advertir a sus parroquianos de la última oportunidad para pedir una pinta de ale o de stout. “Si van a tomar postre, díganlo ahora o callen para siempre”, podría advertirles flemáticamente el maître, cual juez de paz en una película de Elvis en Las Vegas.   

Cuando yo era apenas un mocoso, en los 70, a mi prima Ana Mari –entonces una veinteañera con sueldo propio y boda en ciernes– mi padre le hacía llegar a casa a las 10, como contaba la letra de una canción ñoña del grupo de la movida Mamá. “Las chicas decentes no tienen nada que hacer ahí fuera a esas horas”, argüía Don Manuel. ¡Como si no se pudiera pecar en horario vespertino! 

Antes de que el Covid-19 entrase en nuestras vidas, lo que los noctámbulos irredentos entendíamos por “cerrar Madrid” no era exactamente eso que tan exageradamente describen los titulares de hoy en día, sino el acto de apurar la madrugada espoleados por el ansia de vivir –y algunos tragos o sustancias estimulantes–, codeándonos con una colorida fauna urbana, mezcla de artisteo decadente, rockeros marginales, busconas, chaperos, camellitos y sirleros, en un ambiente desprejuiciado digno de aquella santa bohemia que retrató en sus escritos Ernesto Bark. Cuando dejaban de servir en el club más golfo se acudía a tomar chocolate con porras y un carajillo a la primera cafetería de currelas que abriese, antes de enfilar directamente el camino a la oficina o –los más afortunados– a la piltra. 

Contaba Camilo José Cela que, en una ocasión en La Habana, platicando y bebiendo con el pianista Bola de Nieve, se les hizo tan tarde –o tan pronto, según se mire– que ya no les servían en ningún garito y tuvieron que ir a tomar la espuela al bar de la funeraria, que siempre estaba abierto. ¡Eso sí que era cerrar una ciudad y no lo de ahora!

Fuera bromas, estas medidas, que afectan la actividad de 23.014 establecimientos en la CAM, podrían generar una pérdidas de más de 1.130 millones de euros y enviar al paro a 15.000 personas, según ha declarado la asociación Hostelería Madrid a Europa Press. Lo cual vendría a empeorar un ejercicio ya bastante catastrófico, en el que la facturación se ha reducido en un 50% y 40.000 puestos de trabajo se han amortizado indefinidamente. O sea que llueve sobre mojado. 

A pesar de las quejas del sector, nuestros gobernantes se mantienen inflexibles, escudándose en el ejemplo de otras grandes capitales occidentales como París, Londres o Nueva York donde a las 22.00 horas se anota la última comanda por orden de la autoridad competente. Y no se me quejen, que en Berlín, ejemplo de sociedad multicultural, abierta y libertaria, exigen desde hace unos meses en cualquier comedor público que los consumidores rellenen una ficha con su nombre, dirección y datos de contacto. Ver para creer.

Ocurre, claro, que en estas metrópolis tan cosmopolitas, el ciudadano medio lleva un notorio decalaje respecto a las costumbres celtibéricas. No en vano, cuando nosotros estamos mirando la carta para elegir carne o pescado, ellos ya han pagado la cuenta y enfilado el camino a casa. ¿A quién le afecta la limitación horaria cuando, a las 21.00 horas, estás a punto de ponerte el pijama?

Mi récord de cenas tempraneras está en el Kitcho de Kyoto y el hoy extinto Moto de Chicago. En ambos casos, nos dieron mesa para las 16.00 horas y, a pesar de que los menús no eran precisamente cortos, se me hizo raro salir con luz de día y hasta tener tiempo para realizar unas compras. Ignoro si esa es la solución para que el gremio hostelero no padezca lo indecible por culpa de estos decretos, pero para ello tendríamos que cambiar radicalmente nuestro horario laboral y fichar, como cantaba Dolly Parton, from nine to five

En la película Sospecha (Alfred Hitchcock, 1941), el entrañable Nigel Bruce le recuerda a Cary Grant que el momento propicio para abrir el mueble bar llega con el atardecer. O sea que, cuando el primer martini cae a eso de las 18.00 h, resulta fácil acatar cualquier restricción nocharniega. 

A veces tiene su aquel romper las costumbres vitales y las reglas del reloj, debido al jet lag o a una juerga de campeonato, cenando de día o desayunando de noche. Recuerdo que en el exclusivísimo resort brasileño Ponta dos Ganchos (Biguaçu, Santa Catarina) el comedor de desayunos estaba operativo la 24 horas para que los huéspedes organizaran su vida a vontade. Pero no le veo ninguna gracia cuando es una decisión impuesta que pone en peligro la viabilidad de muchas pymes y puede conducir de nuevo al ERTE de camareros, cocineros y proveedores.

¿Acaso el virus ataca con más virulencia cuando se pone el sol? ¿Es que no podemos transgredir de la misma forma –saltándonos distancias de seguridad o convocando reuniones multitudinarias– de noche que de día? ¿Por qué hay que echar a los clientes con cajas destempladas a las 23.00 horas y no, por ejemplo, a las 23.30 h o las 24.00 h? ¿Realmente evitará eso que los integrantes de una mesa de seis no se contagien unos a otros? 

Tal vez será que las autoridades, entre la manipulación y el paternalismo, nos ven como individuos infantilizados que bajamos la guardia con la primera copa y le echamos la culpa del menor desliz al horario canalla. O bien que, como a Dinio, aquel ex novio cubano de Marujita Díaz que se hizo célebre por sus frases estrambóticas en el reality show Hotel Glam, la noche nos confunde… 

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