Jorge Freire

La novela infinita

"Hay dos tipos de juntaletras: los que duermen el sueño de los justos en librerías apolilladas o, con más suerte, pasan a los libros de texto, aunque achicados y neutralizados; y los que uno relee desde sí, confiriéndoles nueva vida"

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La novela infinita

La cresta de Ilión (Tránsito) es una novela breve pero de una ambición desmesurada. Su autora, Cristina Rivera Garza (Tamaulipas, 1964), se cuenta entre las más grandes escritoras mexicanas. La aparición de una enigmática desconocida, en medio de una noche tormentosa, pone patas arriba el mundo del protagonista. Lo que a continuación sucede tiene algo de El hundimiento de la casa Usher o de El horla. Cuando advierte que la desconocida podría ser Amparo Dávila, olvidada maestra del cuento, el lector intuye que esta novela, en la que pasa mucho más de lo que se dice, tiene más capas que una cebolla.

Hay dos tipos de juntaletras: los que duermen el sueño de los justos en librerías apolilladas o, con más suerte, pasan a los libros de texto, aunque achicados y neutralizados; y los que uno relee desde sí, confiriéndoles nueva vida. Aquí Rivera hace con Dávila lo que, salvando las distancias, hizo con Rulfo en Había mucha neblina o humo o nosequé: toma a un autor trillado, más homenajeado que leído, y elabora un texto inclasificable que lo trae a presencia. En el caso de Rulfo, con un ensayo más cercano a las biografías posmodernas de Janet Malcolm que a los aburridos textos hagiográficos que proliferaron al calor de su centenario; en el de Dávila, con una novela gótica que, por momentos, también parece un un relato de detectives, una alegoría y hasta un thriller. Sobra decir que la suerte de ambos no ha sido la misma, pues Dávila, aun formando parte de la Generación de Medio Siglo en que descollaron Carlos Fuentes y Sergio Pitol, fue orillada durante décadas a los márgenes del canon mexicano. Sea como fuere, ¿puede dispensarse mayor homenaje a un escritor que perderle el respeto, por así decirlo, y meterse de hoz y coz en su mundo?

Rivera Garza desmenuza el mundo de Dávila, igual que tiempo atrás transcribió Pedro Páramo en su blog, palabra a palabra, a la manera de Pierre Menard pero con tachones y subrayados. Por ejemplo, el miedo a ver la nada refrejarse en el azogue está en “Tiempo destrozado” y en “El espejo”. Cuando el protagonista dice que retrocede, parafrasea a la narradora de “Un parto cuadrado”, situada en un mundo de irrealidad muy similar y con final parejo. Hasta los enfermeros que lo acompañan se llaman como los dos gatos que dan título a “Moisés y Gaspar”. Bien mirado, la metáfora que encierra “El huésped”, que no es humano ni animal, sino símbolo, es quizá la misma… Los préstamos y homenajes son interminables. Más que de reinvindicación, La cresta de Ilión sirve de aldabonazo para acercarse a los Cuentos completos de Dávila (Fondo de Cultura Económica). Tal ha sido mi caso. Además de conocer una cuentista extraordinaria, uno comprueba que, desde Dávila, La cresta de Ilión dice otra cosa.

Más capas de la cebolla: además de las señas de Rivera Garza, que sus lectores reconocerán rápido (el desdoblamiento de Dávila se parece al de Marina en Verde Shangay y el hospital en que trabaja el protagonista recuerda al manicomio de Nadie me verá llorar), abundan las claves simbólicas, partiendo del mismo título (el sexo del narrador sirve de macguffin de la trama, y nada mejor para determinar el sexo de un individuo que el hueso ilíaco). Ya puestos, intuyo que el suicidio del pelícano, símbolo de la abnegación materna, representa la renuncia al rol femenino, y que la deliberada confusión entre personajes, que reciben nombres en clave, responde a una tentativa de romper el principio de individuación. ¿Me equivoco? Porque la cantidad de interpretaciones que admite esta novela es casi infinita…

La crisis del Covid obligó a retrasar la publicación de La cresta de Ilión. De haber salido en marzo, la habría leído a la luz del “Ni una más” del 8-M mexicano: la “desaparición”, el contagio que sufren las mujeres en la novela, hace pensar en Ciudad Juárez. Hoy parece significar otra cosa. Hace unos días, Rivera Garza meditaba en su blog acerca de la “rematerialización del espacio doméstico”: «Como el contagio se lleva a cabo por cercanía, especialmente a través del sistema respiratorio y el tacto, tenemos que ser conscientes de que somos cuerpos […] La ilusión de no tener cuerpo, a la que contribuyen pastillas y medicamentos varios, conduce a la ilusión de no tener otra conexión con el mundo que no sea la conexión electrónica. Del hechizo de la abstracción cuelga la falta de solidaridad con nuestro entorno y, a fin de cuentas, la indolencia». Encastillado en el hogar, me pregunto si es posible que esta novela, escrita hace dos décadas, hable de nuestro presente confinamiento. Además de devolvernos el placer de la literatura y la exuberancia de la ficción, La cresta de Ilión nos recuerda que la literatura puede (y debe) ponerse aspiraciones altas.

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