Daniel Ramirez Garcia-Mina

La palabra en tiempos de guerra

La guerra es la peor de las consecuencias del pasado: asesina al presente y condiciona el futuro. Las ataduras, gruesas e insalvables, trasladan la sangre y el horror a los días de paz.

Opinión

La palabra en tiempos de guerra

La guerra es la peor de las consecuencias del pasado: asesina al presente y condiciona el futuro. Las ataduras, gruesas e insalvables, trasladan la sangre y el horror a los días de paz.

La guerra es la peor de las consecuencias del pasado: asesina al presente y condiciona el futuro. Las ataduras, gruesas e insalvables, trasladan la sangre y el horror a los días de paz. Los libros, ventana maravillosa por la que mirar atrás, alojan las historias de los que vivieron muriendo. José Luis Salado fue uno de esos periodistas que, en medio de los obuses y las ametralladoras, logró ver más allá. En plena guerra civil española –no abandonó Madrid hasta el final (lo que muy pocos hicieron) – presagió la virulencia y el tema que invadiría de forma inevitable la literatura española: “Solo la guerra, el recuerdo literario de la guerra, nos podrá interesar durante muchos años. Y la guerra habrá de ser contada con un estilo donde la literatura tiene un crepitar seco y rotundo de ametralladora”.

Dentro de una infinidad de escritores, Salado que escribió sus crónicas en La Voz –trabajo que acaba de publicar la editorial Renacimiento– , describía así un rasgo que todos y cada uno de ellos compartirían: “Cada párrafo tendrá un sabor como a fiebre o sangre. Comprendo que es poco agradable. Pero la guerra es eso o no es nada”.

Qué difícil ver más allá cuando la muerte está tan cerca. Pocos lo hacen, y pocos lo hicieron. La maravilla de su trabajo siempre encuentra un hueco. A veces el tiempo castiga sus escritos. Descubrimos a Chaves Nogales gracias al enorme trabajo de María Isabel Cintas. También se lee a Gaziel, cuyos textos todavía no han alcanzado un reconocimiento suficiente. Salado ha sido el último en llegar, de la mano del profesor Juan A. Riós, que ha elaborado un volumen con sus columnas de vida, guerra y farándula, de teatro en guerra, de guerra teatral.

Las armas matan –y mataron– escritores. Algunos incluso describieron el preámbulo de su final. Salado fue de aquellos que no murió en guerra, pero que fue capaz de contarla hasta el último instante, colocando su pluma cerca de la erótica y estimulante barrera que separa la literatura del periodismo: “Después del puente, la carretera comienza a subir con lentitud. Hay a los lados algunos pinos, cuatro o cinco olmos de color de plata, unas choperas. Unos cerros redondos cortan el limpio horizonte. Sobre el paisaje se alza un cielo azul impasible. Pocas nubes. El viento trae aroma de jaras junto con ese olor agrio de la pólvora”.

Brindemos por todos ellos, por sus historias de vida, por escribir con la muerte en los talones. Su lectura les hace justicia. Textos que fueron asesinados, pero que ahora resucitan.

 

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