Gregorio Luri

La re-vuelta al cole

«Nos ha faltado una visión diáfana de las prioridades. ¿Cuál debería ser nuestro principal objetivo, abrir las aulas o recuperar el aprendizaje dramáticamente perdido por todos aquellos estudiantes que desaparecieron en marzo de los radares escolares?»

Opinión

La re-vuelta al cole
Foto: Francisco Seco| AP Photo
Gregorio Luri

Gregorio Luri

Cuantos más años tengo, más resumo mi tarjeta de visitas. He elegido mi epitafio: “No se fue de ningún sitio sin pagar".

Ayer pensaba titular este artículo “La vuelta al cole”, pero hoy no tengo ni idea de qué pasará en septiembre. Obviamente, que yo ande confuso es lo de menos. Lo preocupante es la confusión que transmiten las autoridades educativas. Algunas alegan la «complejidad» para ocultar la posibilidad de que lo ocurrido en la pasada primavera vuelva a ocurrir en el próximo otoño.

Mi experiencia me dice que no hay que fiarse mucho de quien abusa de términos como «paradigma», «complejidad» o «incertidumbre», porque con frecuencia son refugios de la pereza mental.

Si, de verdad, queremos que abran las escuelas, habrá que considerar, primero, qué es lo que pueden y no pueden dar de sí unos centros diseñados explícitamente para compartir espacios y fomentar la proximidad, y qué podemos exigir razonablemente a unos niños que, por serlo, tienen mucha más energía que sentido común para controlarla y por eso dejan sus huellas biológicas por donde pasan. Para los niños el espacio no es una realidad física, sino una de las dimensiones del afecto.

En Italia llevan semanas buscando la manera de crear nuevos espacios escolares en centros deportivos, hoteles e, incluso, en cuarteles. No sé si tendrán éxito, pero si sé que nosotros no hemos planteado esta alternativa. En Estados Unidos, Anthony Fauci, que dirige el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, ha aconsejado a la gobernadora de Rhode Island, Gina Raimondo, que priorice las actividades escolares al aire libre. Y Rhode Island no se caracteriza precisamente por la placidez de su clima invernal.

A nuestras autoridades educativas les ha faltado capacidad de liderazgo. Con frecuencia han dado la sensación de que no había nadie al timón y, por lo tanto, que eran parte del problema. Pero, sea cual sea la complejidad realmente existente, los ciudadanos votamos a políticos que nos aseguran que quieren dirigir el timón. En los momentos de tormenta no debieran excusar su inacción en la violencia de la naturaleza. Hasta hace unos días parecían imaginar la vuelta al cole más con el optimismo del pasado junio que con la amarga realidad de este agosto.

Reconozcámoslo abiertamente: cada positivo será un riesgo para todo el centro y, en muchos casos, cuando un niño presente síntomas inquietantes, la única alternativa factible para muchas familias será la casa de los abuelos.

Nos ha faltado una visión diáfana de las prioridades. ¿Cuál debería ser nuestro principal objetivo, abrir las aulas o recuperar el aprendizaje dramáticamente perdido por todos aquellos estudiantes que desaparecieron en marzo de los radares escolares? Si, como sugieren algunos, cada año adicional de estudios supone un aumento medio del 7,1% de los salarios, ¿qué ocurrirá con los alumnos que han estado perdiendo conocimientos durante seis meses?

Si no estamos en condiciones de ofrecer garantías sanitarias a los padres, ¿no sería conveniente permitir que los alumnos a los que, durante el confinamiento, les ha ido bien el aprendizaje en casa (entre el 10 y el 15%) puedan seguir estudiando en sus hogares? Son tiempos estos de hacer de la necesidad virtud. Permitamos la flexibilidad. Si un grupo de familias se cree en condiciones de garantizar la escolarización de sus hijos, que presenten un programa de actuación a la inspección educativa y que esta lo supervise. Esto permitiría esponjar las escuelas y concentrar los recursos presenciales en ese 20-25% de alumnos que se ha quedado atrás.

Añado, y subrayo, que, si pretendemos recuperar el tiempo perdido con estos estudiantes, deberemos ofrecerles algo más sustancioso que la empatía y la educación emocional. No renunciemos a las subordinadas de adjetivo. No ofrezcamos a los pobres una empatía que acaba fomentando conformismos. Estimulemos su coraje.

Dado que la educación telemática seguirá siendo imprescindible -y no sabemos por cuánto tiempo-, los profesores deberían tener muy claro qué ha funcionado y por qué. Tenemos indicios que sugieren que tiene más éxito cuanto mayor es la edad del alumno, más alto el nivel cultural de su familia y más capaz es la tecnología de virtualizar la presencia del profesor, garantizando un feedback lo más próximo posible a la actividad del alumno. De ahí el éxito de la comunicación telefónica. Intuimos que, más importante que el acceso a las tecnologías, ha sido la capacidad del profesor para dar vida a la cacharrería tecnológica y que, cuando esto no se ha producido, el resultado ha sido el hartazgo tanto de los alumnos como de sus familias, que han visto su buena fe superada por las circunstancias. ¿Pero qué evidencias soportan estos indicios? ¿Nos hemos preocupado todos -y no sólo los departamentos de educación- de obtenerlas?

Dicho lo anterior, me parece necesario animar a los sindicatos de la enseñanza a que tomen, con decisión, el partido de las alternativas y no se instalen en el de la crítica. Está en juego el prestigio de la profesión docente.

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