Jorge Freire

La revolución permanente

«Si nos parece revolucionario el cambio de faz de la España democrática es, qué se le va a hacer, por la ausencia de revolución»

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La revolución permanente
Foto: Carola Melguizo| The Objective

Es significativo que, una vez abolida toda posibilidad de revolución, tantas cosas se hayan vuelto revolucionarias. Basta hojear la prensa para advertir que hasta el último modelo de consola, el peinado de una influencer y un conjunto pop asturiano lo son. Incluso quienes se dicen radicales sostienen que «la ternura es revolucionaria», cuando Lenin, hace un siglo, afirmó que solo la verdad lo era. ¿Acaso hoy, cuando ya no quedan ni revolucionarios de salón (si acaso, algún antifascista de mesa camilla), vivimos aquello que Trotski denominó revolución permanente? 

Al poco de salir de la cárcel por primera vez, apenas iniciada la veintena, Fernando Sánchez Dragó se encontró con Gonzalo Torrente Ballester. El novelista ferrolano le dijo, con cierta sorna, que los muchachos ya no se hacían hombres al pasar las purgaciones, como antaño, sino al pisar la cárcel. Así lo cuenta Dragó en Galgo corredor. Los años guerreros (Planeta), el segundo volumen de sus memorias y, probablemente, el mejor de sus libros. Hace falta vivir 83 años de aventuras para escribirlo. La revolución, entendida como rito de paso que se jugaba a un solo naipe, es clave para entender el antifranquismo aventurero de la Generación del 56, así como las ulteriores caídas de caballo de sus miembros. 

Un botón, a cuento de la ola de indignación que cundió en nuestro país en enero de 1954. La reina Isabel, inmersa en una gira por todos todos los países de la Commonwealth, se disponía a visitar Gibraltar. Aunque no existió una convocatoria oficial de la manifestación frente a la embajada inglesa, los megáfonos de Falange se hacían eco del rumor y los profesores de Derecho, en cuyo primer curso estaba matriculado Dragó, no solo autorizaban a sus alumnos a unirse a la manifestación, sino que los arengaban a hacerlo. Lo que vino a continuación es ilustrativo ejemplo de un mal que hoy cunde por doquier: la falacia emotivista; esto es, creer que estar muy enfadado, o sentir una emoción determinada de manera intensa, te da la razón. 

El vigoroso avance del río de estudiantes, arrastrados unos a otros bajo el grito de “Gibraltar, español”, recuerda la inicio del Voyage de Céline. El momento climático se produjo cuando, inopinadamente, un camión cargado de piedras les cortó el paso. Al llegar a la embajada, con los bolsillos llenos de cantos, policías a caballo la habían acordonado. La lluvia de pedriscos cayó a tente bonete, pero no sobre el inmueble sino contra los grises. La indignación que el propio Régimen había atizado se le volvía momentáneamente en contra. Se cuenta que Martín-Artajo, ministro de Asuntos Exteriores, prometió al embajador inglés que le enviaría más guardias. Sir Ivo Mallet replicó, con flema inglesa: me conformo con que envíe menos estudiantes.

Sartre decía que el rebelde, a diferencia del revolucionario, no busca abolir dominación alguna. En realidad, desea secretamente que las cosas permanezcan como son, pues tal es la garantía de que podrá seguir rebelándose. Sobra decir que quien lo hace a los veinte, a los cuarenta y a los sesenta, o bien ha hecho de la rebeldía su trabajo o bien tiene la vida solucionada. Respecto a los revolucionarios, antes o después se obra en ellos un inevitable giro copernicano. Entendemos, desde 1789, la noción astronómica de revolutio como una subversión de las relaciones de poder. Quizá sería el momento de recuperar otro concepto sideral, el de precesión, y reconocer que algunas cosas se desplazan tan lenta y progresivamente como el eje de la tierra.

Otro botón. Dos años después, encontramos a Dragó en la novena galería de la prisión de Carabanchel, trasegando vino peleón, colado de matute, con Elorriaga, Tamames, Ridruejo, Ruiz-Gallardón et alii. Sorprende el optimismo de todos ellos, convencidos de que el “Gran Cabrón” caería antes de la Nochebuena de ese año. Célebre es el candor con que los comunistas fiaban sus esperanzas a la grand soir. «Casi veinte años después, como D’Artagnan, Franco seguía firmando sentencias de muerte a la luz de la lamparilla de El Pardo» (p. 326). Si nos parece revolucionario el cambio de faz de la España democrática es, qué se le va a hacer, por la ausencia de revolución.

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