Ferran Caballero

La risa de la vicepresidenta Harris

«¿Qué hay tras la risa de Harris? ¿Qué queda tras ese reírse del sexismo, la pederastia, el racismo sistémico? ¿Hay algo de valor que esa risotada cínica no haya destruido?»

Opinión

La risa de la vicepresidenta Harris
Foto: Carolyn Kaster| AP
Ferran Caballero

Ferran Caballero

Profesor de filosofía y autor del libro "Maquiavelo para el s.XXI". "Tot ve que cau"

¡Cómo reía Kamala! El humorista Colbert le preguntó sobre cómo era posible que después de sus graves acusaciones contra Biden ahora estuviese tan encantada de ser su segunda. Y ella, que hasta entonces había estado muy seria, casi presidenciable, tomó aire y estalló en una sonora y forzada carcajada: «¡It was a debate!», repetía. «¡It was a debate!». Era un debate, es verdad. Pero ¿dónde está el chiste? ¿de qué se reía Harris? ¿de la ingenuidad de Colbert? ¿De que no supiese de qué va esto de la política?

No vamos a descubrir ahora que la democracia representativa es una forma de teatrocracia. Pero hay obras y teatros y lo que Harris con sus forzadas risotadas convertía en comedia era, en realidad, lo que hacía nada tenía por más sagrado. La raza, la mujer, la mujer racializada y su sistemática indefensión frente al hombre blanco, magistralmente interpretado, en el que hasta el momento es el papel de su vida, por Joe Biden. A Biden lo acusó de racista y lo acusaban de sexista, de viejo verde que manoseaba jovencitas, de casi pederasta y ella entonó el «hermana, yo sí te creo». En un debate, sí. En un debate público y frente a millones de telespectadores de todo el mundo, Kamala defendió sus sagrados principios frente al hombre blanco depredador, sin sonrisa ni sonrojo, cargando en su rostro con todo el peso de la histórica discriminación. Cuando Harris se reía, no se reía de Colbert. No se atrevería. Harris se reía de quien la hubiese tomado en serio. De quien pudiese haber creído y crea todavía hoy que eso del racismo y el feminismo eran realmente los temas más importantes de estas, «las elecciones más importantes de nuestra vida».

A Trump lo llaman cínico porque se les han acabado los insultos, pero yo no he visto nunca a Trump burlarse de sí mismo, de lo suyo o de los suyos. Trump no es un cínico porque se toma demasiado en serio y eso será un defecto, pero es muy distinto y casi lo contrario de lo que hizo Harris. Porque nunca se ha burlado Trump de sus principios ni de sus votantes, sino que incluso las más crueles de sus burlas iban dirigidas a la hipocresía y al cinismo de los poderosos. Quienes todavía no entienden «lo de Trump» pueden aprender algo de las risas de Kamala Harris. Son unas risas que no se ha podido echar Trump, porque en Trump no hay rastro alguno de ese pecado tan feo y tan de moda que hay que decirlo en inglés: «virtue signaling». Nada de ese abrirse la gabardina para presumir del tamaño de la propia virtud. A Trump le bastaba con burlarse de las medidas ajenas. De las falsas indignaciones de los Clinton y las Harris, por ejemplo. Tras esas burlas había el populismo, bien. Pero ¿qué hay tras la risa de Harris? ¿Qué queda tras ese reírse del sexismo, la pederastia, el racismo sistémico? ¿Hay algo de valor que esa risotada cínica no haya destruido?

Es muy probable que el cinismo sea, en ocasiones, quizás en estos tiempos, el mal menor. Pero, para que así sea, deberemos al menos fingir sorpresa y exclamar: ¡qué tiempos! ¡qué mal!

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