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La tribu del Mari Guerri

Foto: Vlah Dumitru | Unsplash

Lamentaba Concha Velasco en una entrevista en ABC que el teatro ya no es como antes. “Mis hijos se han criado en los camerinos; han andado a gatas por aquí. Pasábamos la vida en el teatro. Ahora no”. Ahora, cuando termina la función, apagan las luces “y te tienes que ir corriendo”. Los actores ya no se reúnen en los bares como cuando no había teléfonos móviles: “Nos reuníamos en sitios como el Oliver, que era de Adolfo Marsillach… Aquel Oliver maravilloso, con el pianista, Paco Tecla, en el que se basó Adolfo para escribir ‘Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?’ Nos reuníamos también en el Café Gijón… Aunque era más de intelectuales. Pero ahora, no sé si por los móviles, o por qué razón, ya no nos reunimos”.

La ruta madrileña incluía también el Dorín, el Bocaccio y el María Guerrero. Los bares eran el punto de encuentro de actores, directores, técnicos… Allí continuaban la función, cuando se bajaba el telón. ¡Cómo se iban a ir a casa cuando aún sonaba el eco de los aplausos! Era un manera de hacer contactos, de estar al tanto de los nuevos montajes, de encontrar trabajo… Pocos de estos bares siguen en pie. El Bocaccio cerró por incumplimiento de horarios y consumo de drogas. El Oliver ahora es el Cannibal. El Gijón… en el Gijón solo quedan las sombras de los escritores que lo frecuentaron. Y en el Mari Guerri dejaron de servir bocadillos de anchoas con queso en el 99.

Ese era el plato típico del bar que se ubicaba en el sótano del María Guerrero, reconvertido en la Sala de la Princesa. “Que no es lo mismo queso con anchoas que anchoas con queso”, dice Blas, el camarero del Mari Guerri en ‘Un bar bajo la arena’, la obra que durante estas semanas está resucitando en este mismo sótano los fantasmas que pulularon por la antigua cafetería. “Te parecerá una tontería. Pero dentro de treinta o cuarenta años te encontrarás con alguno de estos en alguna entrega de premios y te dirá: ¿te acuerdas de los bocadillos de anchoas con queso del bar del Mari Guerri? Y os pondréis tontos. Porque los actores os ponéis tontos con estas cosas”.

Por su cuarenta aniversario, el Centro Dramático Nacional ha tirado de nostalgia y en ‘Un bar bajo la arena’, por el “teatro bajo la arena” que cita Lorca en ‘El Público’, trece actores dan vida a medio centenar de personajes que actuaron en el escenario del María Guerrero. Y así sale Adolfo Marsillach: “Pues a mí, la verdad, no me hizo mucha gracia que abrieran este bar. Se le ocurrió a José Luis Alonso cuando hicieron la reforma. Pero es que yo había abierto el Oliver cuatro años antes y al Oliver venía mucho la gente cuando salía del María Guerrero, o del Infanta, o del Marquina, o del Recoletos, que entonces funcionaba el Recoletos”.

Y salen Núria Espert y el director Víctor García: “Te miro y pienso en la noche que apareciste en casa. Borracho. Con un cuchillo en la mano. Gritando que me querías matar”. Y Buster Keaton, y Paco Ochoa, y María Asquerino, y Luis Escobar, y José María Pemán, y José Luis Alonso, y Lorca, y Max Estrella, y Goya… Y el fantasma del Mari Guerri: “Se murió un actor en un ensayo general, o en un estreno, o algo así; y tuvieron aquí sus cenizas mucho tiempo. Al final echaron sus cenizas en el foso”.

Sale toda la tribu de los teatreros, esos que juegan a ser gigantes, “que convierten una tragedia en una zarzuela durante los ensayos, que te acompañan en esas noches de gira hasta el amanecer porque irse a dormir es la idea más triste del mundo”. El bar del María Guerrero sigue abierto.

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