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La utopía imposible de Ramón Mercader

Foto: Dominio público

Sé muy bien que los Mercader ya no me dejarán en paz. He dedicado tanto tiempo a entrometerme en sus vidas, que Ramón, el asesino de Trotsky, y Caridad, su madre, ya son como de mi familia. Me alegro mucho cuando descubro alguna noticia relacionada con ellos y me parece que se han olvidado de mí cuando dejan de darme señales de vida durante unos meses.

Con una buena parte de mis investigaciones escribí El cielo prometido, una biografía de Caridad, esa agente que pertenecía a la aristocracia comunista y detestaba vestir barato. Pero el libro resultó ser un punto y seguido y su publicación me proporcionó nuevos testimonios, documentos inéditos, fotos…

Ramón Mercader fue condenado por un tribunal mexicano a 20 años de reclusión en una prisión aparentemente siniestra: el llamado “Palacio Negro” de Lecumberri, en la Ciudad de México. Sin embargo, para él, que era el recluso más famoso, la reclusión fue relativa. Para empezar, era el encargado del mantenimiento del sistema de alarmas de la cárcel y para revisarlo, tenía que salir fuera de sus muros, cosa que hacía sin vigilancia alguna. Además, según me aseguraron su hija y el hijo de su abogado, salía cuando le daba la gana para ir a cenar a casa de sus amigos. Eso sí, siempre regresaba a la hora que convenía con los carceleros. En el interior de la cárcel dirigía un taller de radio en el que trabajaban varios presos comunistas sacándose un sueldo generoso. Pero puedo asegurar que no se limitaba a montar aparatos receptores. Trabajaba con la mejor tecnología del momento, que se la suministraba el PCE, y confeccionó aparatos transmisores. Aquel taller acabó siendo una herramienta utilísima del espionaje soviético.

Pero lo que más me ha llamado más la atención, es lo que me contó un primo de Ramón, Antonio Mercader, figura importante del conservadurismo uruguayo. Me aseguró que varios Mercader con puestos relevantes en diferentes países habían firmado una carta solicitando al gobierno español que permitiera el regreso de Ramón a España. La carta, por lo que parece, se la entregaron en mano a Arias Navarro cuando Franco aún vivía. En Cataluña me confirmaron que, efectivamente, así había sido. Arias rechazó la petición porque, según Antonio, ya “tenía suficientes problemas en la cabeza.”

Ramón Mercader murió en Cuba en 1978 de un extraño cáncer de huesos en el que algunos familiares próximos vieron las largas manos del KGB. Padecía terribles pesadillas en las que oía el grito que lanzó Trotsky cuando se sintió herido de muerte. En esos momentos podía ser muy violento

Buscando la paz y el silencio, consiguió, no sin dificultades, que le permitieran abandonar la URSS e instalarse en Cuba,  pero él lo que quería era pasar los últimos años de su vida en el lugar en el que había veraneado en su infancia con toda su familia, Sant Feliu de Guíxols. Es decir: todo un Héroe de la Unión Soviética prefería vivir en la España de Franco que en un país socialista. Obviamente, la KGB no estaba por facilitarle la labor.

Me imagino a Ramón en sus últimos años observando su medalla de héroe de la Unión Soviética con una perplejidad creciente. El héroe cansado de serlo, convertido en una nota a pie de página de la historia, aspiraba al paraíso de una normalidad tediosa en un paisaje hermoso que guardara los ecos de su infancia.

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