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La vía portuguesa

"A pesar del entusiasmo con el ejemplo luso como base para solucionar el bloqueo de gobierno en España, empiezan a surgir artículos que señalan sus límites y problemas"

Foto: Armando Franca | AP

En Portugal da gusto leer la prensa española. Tras años de olvido, seguidos de un breve periodo donde la existencia lusa se resumía a noticias sobre playas y gastronomía, los portugueses subimos ahora a primera división: la sección de política. La “vía portuguesa” genera titulares. Pasamos de la nada a la portada. Algunos columnistas y tertulianos han incluso viajado en el tiempo hasta 1984 para recuperar el tercer álbum del grupo de punk-rock Siniestro Total, “Menos mal que nos queda Portugal”. La atención – y quizás esperanza – española se explica con la solución política portuguesa que permite a los socialistas gobernar en solitario con el apoyo parlamentario de los partidos a su izquierda.

A pesar del entusiasmo con el ejemplo luso como base para solucionar el bloqueo de gobierno en España, empiezan a surgir artículos que señalan sus límites y problemas. Rosa Cullell firma en El País uno de esos textos que merece la pena leer. Sin querer insistir en lo que ya se dijo, repasemos lo esencial. Primero, aquí sí hay playa, pero no hay separatismos, ni siquiera nacionalismos periféricos. No hay tampoco autonomías regionales comparables a las que existen en España. Con pequeñas excepciones en Madeira y Las Azores, territorios insulares que, por ello, tienen características propias, todo el territorio nacional acepta las mismas normas y relaciones de poder institucional. La Constitución portuguesa no está cuestionada.

Segundo, la izquierda del socialismo. A la izquierda del Partido Socialista portugués están el Bloco de Esquerda, mellizo ideológico de Podemos, y el Partido Comunista Português, un tótem del marxismo-leninismo en Europa. Por decirlo de otra forma, para los comunistas portugueses Santiago Carrillo era casi un ultraliberal. Sin embargo, son partidos con el pragmatismo que se adquiere de la experiencia. El Bloco lleva ya 20 años de existencia y los comunistas, decanos de la izquierda lusa, nacieron en 1921. Tienen su identidad consolidada por lo que aguantan con poca dificultad las concesiones y venias necesarias a un acuerdo de base parlamentario con el Partido Socialista, que antes tildaban de capitalista y de derechas. Podemos difícilmente podrá resistir de la misma forma a cesiones a la “casta”. Además, la coherencia y solidez interna de la formación morada está lejos de llegar a la que existe en los partidos en la izquierda portuguesa.

Por último, los votos. Juntos, Bloco y comunistas tienen casi un 20%, cifra que se une a los 32% obtenidos por los socialistas en las últimas elecciones generales. La mayoría parlamentaria es tan es contundente que ha podido romper sin ceremonia la norma tácita según la cual en Portugal gobierna el partido más votado – la coalición de centro-derecha obtuvo más votos y escaños, pero no fueron suficientes para superar la sorprendente unión de las izquierdas.

Esta solución innovadora obligó el Partido Socialista a equilibrios varios. Tuvo que mantener los compromisos internacionales de Portugal respaldado por partidos que antes eran muy activos en sus exigencias sobre el fin del euro y de salida de Portugal de la OTAN. Tuvo que cuadrar las cuentas del presupuesto general del Estado a la vez que iba aceptando medidas de aumento del gasto público. Tuvo que preservar la economía nacional sin ceder mucho a los apetitos de estatización que le venían por el lado izquierdo del hemiciclo.

Así, el resultado de esta “vía portuguesa” tiene, como el dios romano Jano, dos caras. Por un lado, hay estabilidad política y, con ayuda de la coyuntura externa, se mantuvo la tendencia que venía de atrás de reducción del paro y de crecimiento económico. Pero, por otro lado, crecieron los expedientes presupuestarios de gestión de la inversión pública, que tuvieron un efecto claro en la calidad del servicio del Estado a los ciudadanos – la quiebra de eficiencia en sanidad y transportes públicos no tiene paralelo en la historia reciente del país. Tradicionalmente elevada, la carga fiscal llegó a máximos de las últimas dos décadas. La economía creció, pero nuestros principales competidores europeos han crecido más, sobre todo porque en Portugal no hubo condiciones políticas para reformas de fondo. La desigualdad de rendimientos entre ricos y pobres sigue siendo de las más grandes en Europa. Quizás lo más relevante es la percepción creciente de que tras cuatro años de legislatura el país no está mejor preparado para enfrentarse a una nueva crisis externa.

Miguel de Unamuno, aunque nos tuviera cariño a los portugueses, escribió mucho sobre la apatía lusa, que también es un factor de la vía portuguesa, y añadió que “la historia de Portugal (…) es, siglos hace, un continuado naufragio”. No será para tanto, pero algo tendrá de verdadero. Importa que España no se olvide que el ejemplo portugués tiene sus límites. Deberá reconocerlos y saber que a toda ventaja le corresponde un coste.

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