Guillermo Garabito

La vida sigue igual

«A Estados Unidos les separan Biden y Trump, aquí nos separan cuatro tipos más. Políticos empeñados en decirnos cómo tenemos que ver el mundo»

Opinión

La vida sigue igual
Foto: Rebecca Blackwell| AP
Guillermo Garabito

Guillermo Garabito

Valladolid, 1992. Columnista en ABC CyL. Colaborador en Onda Cero Valladolid. Escritor sin café.

Los países divididos, las familias, las ciudades, como si nos fuera la vida en todo lo que cuentan los telediarios y no únicamente en poder trabajar y salvar el pellejo del coronavirus. A los políticos y a los politólogos les va la vida en Donald Trump, no a mí, ni a usted. Le va a Pedro Sánchez, que sin Trump tendría un Gobierno un poco más cojo que ya no sería la última salvaguarda de la civilización contra el populismo, el gran líder del mundo libre que se cree él.

Dicen los politólogos españoles que «la sociedad americana está muy dividida» y lo repiten mucho desde ayer de madrugada. Y yo pienso que en España, claro, todo bien. Más que nada porque hace tiempo que ponerse de acuerdo aquí —no para las encuestas, que de eso ya se encarga Tezanos por todos nosotros—, es una utopía. Los pocos consensos sólidos que nos quedaban —nuestros hijos, ETA y la libertad— nos han volado. A los críos los hemos dejado a su suerte con Isabel Celaá, que quiere convertirlos en pequeños analfabetos cargados de suspensos, futuros votantes del que prometa el subsidio más alto. Pobres niños de padres sin libertad, vendidos a estudiar en la lengua que decida el Gobierno de turno: lo mismo castellano, catalán, que revilluco. ETA, ¿quién se acuerda de qué era ETA? «El 60% de los jóvenes no sabe quién fue Miguel Ángel Blanco». Y las libertades —ay las libertades, que andan como puta por rastrojo—, las cogió de rehén el Ejecutivo el otro día y planea tenerlas secuestradas los próximos seis meses por lo pronto.

A Estados Unidos les separan Biden y Trump, aquí nos separan cuatro tipos más. Políticos empeñados en decirnos cómo tenemos que ver el mundo y el problema es esa necesidad patológica que tienen muchos de que les digan cómo lo tiene que mirar. Incluso las cosas pequeñas, que son las que nos separan de verdad, las han usado como muros infranqueables que parece que ya no podemos salvar. Palabras como barricadas donde se hace fuerte cada uno, ideas molotov y muertos de hace ochenta años, porque los del coronavirus de ayer no le interesan a nadie.

Aun así insistían ayer los politólogos de siempre, que lo saben todo —Biden iba a arrasar a Trump, igual que Hilary, según decían— que en Estados Unidos «está la sociedad muy dividida». Pienso que podemos mandarles a José Luis Rodríguez Zapatero a coser las heridas, las mismas heridas que abrió aquí para meter en todas el dedo, la mano y España.

Dicen los políticos que nos va la vida en muchas cosas: en Franco, cuando todos pensábamos que estaba muerto, en el color rosa de los juguetes o en el centro, que es la nueva fantasía sexual del PP. Pero lo único que les va es la hipoteca a Irene y a Pablo. Y a Pedro el ego y a Begoña la cátedra y el verano en Doñana. Por eso insisten, por eso no callan. A nosotros en lo único que de verdad nos va la vida es en un comité de expertos que no existía, en unas mascarillas que Fernando Simón dijo que no tenía sentido usar y en un país parado y cerrado donde no se mueve nada. Pero lo importante es que «la sociedad americana está muy dividida». La vida sigue igual.

Con esta luz cansada de noviembre y cuatro o cinco estados norteamericanos por dilucidar, pienso que la vida es mucho más sencilla de lo que nos quieren hacer creer.

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