Candelaria Carrera

Las autónomas y su liderazgo silencioso

«Dedicamos más del doble de horas que los hombres al trabajo no remunerado con el consiguiente ahorro para las arcas públicas, a costa de unos niveles de estrés y agotamiento altísimos»

Opinión

Las autónomas y su liderazgo silencioso
Foto: | Unsplash

El lema de la ONU para este 8 de marzo está relacionado con el liderazgo de las mujeres en los tiempos de la covid. No es extraño que, una vez más, se pretenda poner en valor el esfuerzo titánico que realizan aquellas que suponen un referente en distintos ámbitos, ya sean reconocidas o anónimas.

En lo que respecta al mundo empresarial, sabemos que muchas de las cualidades que se admiran en un líder, se tornan peyorativas cuando las tiene una mujer, y es precisamente esa percepción social la que se convierte en un auténtico problema, y en muchas ocasiones, en una pesadilla. Hay un estudio de la universidad de Harvard que es especialmente ilustrativo. La mitad del alumnado leyó la historia profesional de una persona con nombre de hombre, y la otra mitad la misma historia, pero con nombre de mujer. A pesar de las coincidencias en algunos aspectos, en lo referente a la valoración de actitudes había un abismo. Él era un hombre atractivo y ella una persona ambiciosa y egoísta.

Estamos muy lejos aún de conseguir que estas percepciones cambien, pero hay que seguir dando pasos. Por eso, desde Federación ATA, este año queremos ensalzar el trabajo que realizan miles de autónomas en nuestro país porque también son un ejemplo a seguir, aunque no sean protagonistas de las páginas económicas de los diarios.

Generamos una aportación al PIB sin precedentes y los datos avalan que las mujeres crean negocios sólidos y capaces de adaptarse con mayor facilidad a los cambios del mercado. De hecho, de diciembre de 2010 a diciembre de 2020, los afiliados al RETA aumentaron un 2,4% y las afiliadas, un 11,5%. Además, las emprendedoras del mundo rural son un ejemplo de supervivencia, evitando que se deserticen nuestros pueblos y comarcas.

Y todo ello, partiendo de una situación claramente desventajosa desde que iniciamos nuestra actividad, sin contar con suficientes modelos y experiencias de mujeres de otras generaciones.

Esta afirmación no es un brindis al sol, sino una triste y compleja realidad. Las empresas dirigidas por autónomas que solicitan un préstamo para su creación, tienen entre un 10 % y un 20% menos de probabilidades de obtenerlo que un hombre, lo que implica un freno para su desarrollo al constituir la principal fuente de financiación externa con la que se puede contar. Dedicamos más del doble de horas que los hombres al trabajo no remunerado con el consiguiente ahorro para las arcas públicas, a costa de unos niveles de estrés y agotamiento altísimos. Esto provoca que nos ausentemos de foros y reuniones de máxima utilidad para mejorar la competitividad de nuestros negocios, por no hablar de la falta de espacio propio para la participación social y política y nuestros momentos de ocio y cuidado personal. Y finalmente, la jubilación, consecuencia de todo lo anterior, que arroja una diferencia de más de 200 euros respecto a los hombres.

De ahí que exijamos que los fondos europeos destinados a la recuperación económica tengan en cuenta todas estas dificultades, que se acrecientan en momentos de crisis, pues puede constituir una oportunidad única para compensar las desigualdades de género. Debe tenerse en cuenta, además, que la mayoría de las mujeres autónomas de España se dedican al sector servicios – 22,4% al comercio y un 8,4% a la hostelería-, uno de los más golpeados por la crisis. Es decir, estamos sobrerrepresentadas en actividades que en la actualidad corren un riesgo alto y que necesitan una adaptación rápida y segura al nuevo modelo que se impone tras la era covid, empezando por la digitalización. En este caso también deben prestarnos atención especial, pues la brecha digital de género es otro espada de Damocles que pende sobre nuestras cabezas.

Resistimos e incluso crecemos en circunstancias adversas, a costa de mucho trabajo y renuncias. Si no somos capaces de evitar un desastre en nuestro tejido productivo, no solo lo padeceremos desde una perspectiva económica, sino sencillamente, constituirá un enorme fracaso como sociedad.

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