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Las humanidades, heridas de muerte

Foto: Eduardo Verdugo | AP

Hace unos días se prendió la mecha de las redes gracias al chispazo del periodista J. A. Aunión en El País; redes que terminaron explosionando en un clamor casi unánime: el hecho de que la literatura hispanoamericana haya desaparecido del temario del bachillerato supone un escarnio para el sistema y un agravio para los alumnos. Si bien es cierto que el canon durante años sólo miró a la península, no lo es menos que, al menos desde principios del siglo XX en adelante, todo lo que no sea centrar el tiro en el continente americano a la hora de examinar la potencia de la literatura en castellano será una farsa, una pantomima digna de una educación que a día de hoy, parece mentira después de tanta reforma torticera, no sabe distinguir las fronteras políticas de las lingüísticas.

Es una perogrullada, lo sé, pero la lógica a menudo no atiende a obviedades, así que permítanme que recuerde que la lengua española, que va ya para quinientos millones de hablantes nativos, no ha de limitarse a regiones concretas ni ámbitos teledirigidos. Estos círculos endogámicos hace ya tiempo que volaron por los aires, pues la influencia del idioma está en cada rincón del planeta. Sería de locos negar hoy que a un lector medio le han influido tanto Borges como Delibes, tanto García Márquez como Cela. Si no se imponen los primeros, incluso. El desarrollo de este idioma ya ha bebido tanto de la innovación de Pablo Neruda o de Gabriela Mistral como de la que propuso Lorca, de los juegos lingüísticos a los que fue sometida por Rubén Darío o por César Vallejo como por los que ideó Góngora en el barroco. El nicaragüense, por cierto, es uno de los pocos que se citan someramente en el temario actual. Tengo para mí que puede ser por haber vivido en España lo suficiente como para haberse incrustado en su canon, pero ¿acaso no hicieron lo propio también Neruda, Vargas Llosa o Bolaño?

Este sinsentido sólo redunda en la ya de por sí raquítica preparación humanística que recibe cualquier alumno que salga hoy del bachillerato para buscarse la vida en la no menos escuálida universidad. Con latín y griego, constructoras ambas lenguas del pensamiento occidental moderno, a punto de recibir la estocada que las hunda definitivamente; con filosofía en el alambre, sobreviviendo gracias a dos o tres circunstancias de Ortega y poco más; con literatura universal no ya olvidada, sino de algún modo dejando el poso en el programa de que nunca estuvo ahí; lo cierto es que el humanista de hoy (humus – tierra, es decir, esencia) tiene tantas miserias sobre las que apoyar su falta de cultura que centrarse en una sola de estas tropelías parece insuficiente. El problema ya no es que se pierdan Octavio Paz o Sor Juana Inés de la Cruz. El problema es que flota en el ambiente la sensación de que aunque no se perdieran, aunque fuesen colocados frente a las narices del alumno, éste no contaría con las armas lingüísticas, críticas e intelectuales para hacerles frente. El último escalón de una pendiente por la que será más fácil despeñarse que intentar descender.

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