Luis Castellvi Laukamp

Lecciones de Malcolm X

«Su trayectoria ilustra por qué el racismo puede engendrar tanto resentimiento, incluso afán de represalias»

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Lecciones de Malcolm X
Foto: Frank Franklin II| AP
Luis Castellvi Laukamp

Luis Castellvi Laukamp

Luis Castellvi Laukamp es doctor en Filosofía por Cambridge.

El movimiento por los derechos civiles es poco conocido en España. Solo nos suena Martin Luther King (1929-1968), cuyo discurso pacifista contrasta con la pulsión por las protestas agresivas. En este sentido, su contrapunto es Malcolm X (1925-1965), que ha pasado a la historia como una figura más amenazadora: el portavoz de la ira negra antirracista. Su Autobiografía (1965), publicada meses después de ser asesinado, es uno de los libros más influyentes en la historia de Estados Unidos.

Cuando Malcolm X (nacido Malcolm Little) tenía seis años, su padre falleció a manos de supremacistas blancos. El crimen quedó impune, y su madre viuda con ocho hijos a los 34 años. Un tiempo después, los servicios sociales repartieron a los niños entre orfanatos y familias de acogida. La madre acabó ingresada en un psiquiátrico. El joven Malcolm X culparía al racismo por la desintegración familiar.

Siendo adolescente, se mudó de Michigan a la costa este, donde malvivió entre Boston y Nueva York. Los capítulos 3 a 9 de su Autobiografía se adelantan a la serie The Wire en el retrato del gueto afroamericano. Si bien había sido un buen estudiante, Malcolm X se torció por una espiral de drogas, malas compañías y falta de oportunidades. Acabó condenado a siete años de cárcel por robo en domicilio. Y tuvo suerte, pues escapó de milagro a la muerte violenta en la calle.

Hasta aquí, esta historia podría ser la de miles de afroamericanos que nacieron casi condenados. Lo extraordinario de Malcolm X comienza en prisión: “No creo que nadie haya sacado más provecho que yo de ir a la cárcel”. Fueron dos sus hallazgos. Por un lado, el islam le permitió poner su vida en orden. No volvería a consumir drogas ni alcohol tras su conversión. Por otro lado, Malcolm X devoró la biblioteca carcelaria, centrándose sobre todo en religión, filosofía e historia.

El estudio de la esclavitud acentuó su interés por la genealogía negra. Los afroamericanos suelen desconocer la tribu africana de la que descienden. También ignoran su verdadero patronímico. Sus apellidos proceden de los dueños de sus ancestros esclavizados, cuyas raíces fueron borradas por el tráfico transatlántico. De ahí que Malcolm substituyera “Little” por “X”, letra que enfatiza el dolor de la identidad desconocida. Muchos siguieron su ejemplo.

El Malcolm Little convicto de 1946 se parecía poco al Malcolm X libre de 1952. La década siguiente presenció su ascenso como uno de los líderes negros más carismáticos. Malcolm X descreía del antirracismo pacifista. Llegó a llamar “Tío Tom” a Martin Luther King, en referencia al negro servil que baila el agua a los blancos. El Dr. King propugnaba la coexistencia pacífica y la integración de las razas; Malcolm X promovía la autodefensa negra y la segregación voluntaria.

El monumento a Martin Luther King (2011) en la Explanada Nacional de Washington D.C. lo canonizó como el líder afroamericano por excelencia. No ha ocurrido lo mismo con Malcolm X. De hecho, la clase media negra siempre tuvo una relación difícil con él. Rechazaban su retórica incendiaria (“El hombre blanco es el demonio”), pero admiraban su arrojo y contundencia. Malcolm X era popular entre los negros más humildes, pues lo veían como uno de los suyos.

A su juicio y el de muchos, el movimiento por los derechos civiles no era lo suficientemente militante. El pacifismo de Martin Luther King no permitía canalizar la rabia legítima tras cada asesinato racista. Sufrir la brutalidad policial sin defenderse constituía un crimen. Véase su Autobiografía: “Si así es como se interpreta la filosofía ‘cristiana’, si eso es lo que enseña la filosofía de Gandhi, entonces las llamaré filosofías criminales”.

Aunque el lenguaje es grueso, se entiende su indignación. El 26 de abril de 1957, Malcolm X fue informado de que un correligionario había sido apalizado por la policía. Acompañado de decenas de seguidores, logró trasladarlo de la comisaría a un hospital. Sufría daño cerebral y una hemorragia subdural, pero sobrevivió. El cineasta Spike Lee (1992) inmortalizó el suceso, que alimentó la especie de que Malcolm X era el único negro capaz de iniciar o detener un tumulto racial.

Lo primero es más fácil que lo segundo. Como explica Cornel West en Race Matters (1993), Martin Luther King entendió que la ira negra no solo era perjudicial para los blancos, sino también autodestructiva. Su resistencia no violenta fue un intento de encauzar la indignación mostrando al mundo la brutalidad racista. Logró su objetivo: las imágenes de la actuación policial en Selma (1965) forman parte de la historia universal de la infamia. Y cambiaron para siempre a la sociedad americana.

Si bien solo coincidieron una vez (1964), ambos líderes acabaron acercando posturas. En los tres años antes de su asesinato (1968), Martin Luther King se radicalizó, aunque nunca abandonó la no violencia. Por su parte, Malcolm X se moderó tras su peregrinación a la Meca (1964). Allí se sintió aceptado como ser humano negro. Rodeado de musulmanes de los cinco continentes, vislumbró un ideal de fraternidad universal. Entusiasmado por su epifanía (post)racial, no advirtió o no quiso ver otras formas de opresión saudí.

Podemos criticar esta miopía, pero el Malcolm X de 1964-65 era ya un pensador maduro. Superadas las estridencias de juventud, supo rectificar: “No volveré a lanzar acusaciones generalizadas contra todos los blancos, pues ahora sé que algunos son capaces de tratar a un negro como a un hermano”. También retiró sus críticas a los matrimonios interraciales: “Se trata simplemente de un ser humano casándose con otro”. Y rechazó la etiqueta de “revolucionario”: no pedía destruir el sistema, sino ser aceptado en el mismo. A diferencia de otros líderes negros (desde Du Bois a Angela Davis), Malcolm X no defendió el comunismo como posible solución a los problemas raciales.

De hecho, poco antes de morir pronunció frases que parecen salidas del conservadurismo afroamericano: “Los negros deben concienciarse de que la igualdad de derechos conlleva igualdad de responsabilidades”. Como musulmán devoto, sus ideas respecto a la sexualidad y la familia eran igualmente conservadoras. Por desgracia, su temprana muerte le impidió seguir evolucionando. Otro tanto ocurrió con Martin Luther King, también tiroteado antes de los 40.

Ambos legaron modelos de activismo intrépido, honesto y desinteresado. Seguramente, Malcolm X cometió más errores. No obstante, su trayectoria ilustra por qué el racismo puede engendrar tanto resentimiento, incluso afán de represalias. Son reacciones comprensibles en momentos de dolor e indignación, pero deben controlarse en aras de la paz civil. A los 39 años, Malcolm X había vivido y sufrido lo suficiente para entender que las emociones, por legítimas que sean, deben someterse a la razón. Una lección que hoy merece ser recordada.

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