Julia Escobar

Lectura digerida

«Del plagio a las influencias y de éstas a las coincidencias hay un paso, y largo, pero muchos no lo ven o no lo quieren ver, por bobos o por pillos»

Opinión Actualizado:

Lectura digerida
Foto: Pauline Loroy| Unsplash

Siempre he pensado que los mejores escritores son los que dicen precisamente lo que uno quisiera decir, les entiendan o no sus contemporáneos y mezclen géneros incómodos para los lectores convencionales, como puedan ser la filosofía, el ensayo, la historia, etc.,  La incomprensión de los contemporáneos, el fracaso, a veces buscado por el propio autor, puede aplicarse perfectamente a dos libros que acabo de releer hace sólo unos días: Moby Dick de, Herman  Melville, y El viaje de Mozart a Praga de Eduard Mörike. Dos grandes ejemplos de esos logros que no abundan en la literatura universal pero que destacan por encima de todo y a contracorriente.

Moby Dick, además de tener uno de los comienzos más impactantes de la literatura universal (“Call me Ishmael”), junto al de La Regenta de Clarín («La heroica ciudad dormía la siesta”) y al de La guerra de las Galias de Julio César («Gallia est omnis divisa in partes tres), es uno de esos libros «sagrados», que lo contienen todo, una suerte de libro-biblia, como lo era el Robinson Crusoe de Daniel Defoe para el mayordomo de La piedra lunar, de Wilkie Collins.

En cuanto a Mörike, considerado convencionalmente como “el mejor poeta menor” alemán, fue también poco comprendido en su época y si bien se mira hay muchas concomitancias entre él y Mozart a quien le ocurrió algo parecido en su corta madurez. En este relato, situado más allá de la biografía novelada y de la mera historiografía, es la recreación pictórica y musical de un episodio fugaz en la vida del músico, en el que Mörike recrea, a todo ritmo y color, un cuadro de época lleno de todos los encantos posibles, narrado con toda la erudición contenida en ese siglo de oro europeo, entreverada de cuentos dentro de otros cuentos, anécdotas y reminiscencias literarias.

Hay más libros que entrarían en esa difícil y a veces desconcertante categoría, como La montaña mágica de Thomas Mann, El hombre sin cualidades de Robert Musil y, de manera más convencional, Los miserables de Victor Jugo y Guerra y Paz de Tolstoi. Digo desconcertante porque son muchos los lectores -es más son mayoría- que creen que ser novelista consiste en inventarse de arriba abajo, una historia a la que, para darle verosimilitud, hay que llenar de personas de esas a quienes uno no quiere conocer, como dijo el siempre ingenioso Jorge Luis Borges para explicar por qué no las leía. Pues bien, están equivocados, para algunos escritores -y resulta que no los peores- una novela no consiste en inventarse una historia, sino en contar una historia, tan real o inverosímil como la vida misma; en dejar que la vida se la cuente primero, como sólo ella sabe hacerlo, para convertirla en leyenda.

En efecto, por mucho que los escritores intenten ficcionar cosas como por ejemplo lo que está sucediendo ahora en el mundo con la pandemia del coronavirus, se acercan a ello con temor, como si se tratara de un nuevo género literario. ¿Y por qué ocurre eso? Tal vez por lo terrible del impacto, por su inmediatez, que no permite digerirlo con la distancia suficiente, o tal vez porque no están a la altura de las circunstancias (“No te envidio el haber escrito el Quijote, sino la ocasión en la que te quedaste manco» dijo Valle Inclán ante la estatua de Cervantes en Madrid, según refiere Corpus Barga en sus memorias, demostrando hasta qué punto para un novelista es más importante vivir que soñar).  Y es que la vida suele plantear argumentos tan descabellados e inverosímiles que, con suerte y no poco talento, lo más que podemos lograr es convertirnos en meros intérpretes de una realidad transmutada como la que, en el terreno de la pintura, llevó a Magritte a titular “Esto no es una pipa” a su famoso cuadro. Sin duda que no lo era y su provocación, como decía Steiner sobre las vanguardias, no era más que una sátira o provocación de un pintor que sabía demasiado.

Y aquí, aunque soy consciente de que me meto en un jardín plagado de espinas, no puedo evitar tropezar con el escollo de la originalidad y las razones de que ésta prácticamente no exista en materia de creación ni artística, ni literaria, por eso la vanguardia resulta siempre tan vieja. Aquilino Duque, en su libro, “Artes y oficios (Escritos sobre pintura y música)”, cuenta que el actor y escenógrafo francés Louis Jouvet decía que lo único que no cambia nunca es la vanguardia. Parece lógico: se tiene que ser original y eso es imposible. «Porque no es posible hallar a nadie en la ciencia que sea como una isla perdida en el centro del Pacífico, sin relación con los demás. Todo viene de algo.» (Pío Baroja). Lo decía John Donne en su famoso poema: «Ningún hombre es una isla entera por sí mismo».

Así como el lobo es cordero digerido (esta metáfora no es totalmente mía, pero en este tipo de artículos no se ponen notas a pie de página), la literatura -que decía Paul Valéry- es lectura digerida. Del plagio a las influencias y de éstas a las coincidencias hay un paso, y largo, pero muchos no lo ven o no lo quieren ver, por bobos o por pillos. Cuentan que un doctorando, acusado de plagio por alguien del Tribunal, exclamó ante las pruebas: «¡Qué casualidad! ¡Tenemos las mismas fuentes!» Y es que aquí se impone distinguir entre el plagio directo, el fecundo aprendizaje o la genial coincidencia, a ver si nos enteramos. Intertextualidad, coincidencias de fuentes y argumentos… Incluso Emilia Pardo Bazán fue mancillada por la sospecha de haber plagiado un cuento a Emilio Ferrari; ella se despachó con un desdeñoso: «¡Cuándo se convencerán los bobos, o, mejor dicho, los pillos, de que los asuntos históricos y tradicionales pertenecen a todo el mundo!”. Hay quien se empeña erre que erre en encontrar el eco de tal autor en tal otro, cuya obra este último quizás tan solo intuyó. Cuando preguntaron a Faulkner por su deuda con Joyce, tras un breve silencio, contestó: «A veces pienso que hay una especie de polen de ideas flotando en el aire, que fertiliza de modo similar a mentes de diferentes lugares, mentes que no tienen ningún contacto entre sí».  Y para terminar con este argumentario recordaré lo que Goethe le dijo a Eckerman al respecto: «¿Qué es la originalidad? Si pudiera decir lo que debo a mis predecesores y contemporáneos, poco quedaría de mí» y añadió: «si las situaciones de la vida son iguales en un pueblo que en otro ¿por qué un poeta no va a escribir lo mismo que otro?»

Y así es, ¿por qué no?

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