José García Domínguez

¿Es liberal defender a los rentistas?

«En el XIX, recuérdese, los liberales lucharon junto a capitalistas y obreros frente a los rentistas»

Opinión

¿Es liberal defender a los rentistas?
Foto: Fernando Alvarado| EFE
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

Ocurre que el sueldo anual más frecuente de un madrileño cualquiera es superior en 4.000 euros al sueldo anual más frecuente que se lleva a casa un coruñés cualquiera. Son datos estadísticos del Ministerio de Trabajo. En concreto, un madrileño estándar ingresa 22.262 euros brutos al año, lo que nos da un promedio mensual, siempre antes de impuestos, de 1.855 euros. Mientras que su alter ego gallego posee un contrato laboral donde consta la remuneración bruta de 18.813 euros, o sea, 1.576 euros, también brutos, repartidos entre 12 pagas. De lo cual, sin embargo, en absoluto procede inferir que el madrileño promedio goza de un nivel de vida significativamente mayor al del coruñés promedio. Más bien pasa justo al revés. Y es que tanto el madrileño como el coruñés destinan una parte notable de sus salarios a pagar la vivienda familiar,  ya sea vía hipoteca o recibo del alquiler. 

Así las cosas, al madrileño promedio se le van 1.770 euros (netos y bien netos) de la cartera para honrar el pago de su arrendamiento promedio de un piso de 100 metros ubicado dentro del perímetro urbano de la capital de España. Sin embargo, el coruñés, que habita en un hogar idéntico, también de 100 metros, solo se ve forzado a desembolsar 933 euros por el derecho a usar el suyo. El cálculo lo he efectuado con datos del portal Idealista, donde consta que el metro cuadrado en Madrid cotiza hoy a 17,70 euros, mientras que en Coruña cuesta, también hoy, 9,33 euros. Ergo, un coruñés del montón, y solo por el simple hecho contingente de residir en Coruña, dispone de 6.000 euros más al año que un madrileño igualmente del montón, y ello pese a ganar un sueldo bastante inferior al del capitalino. 

Allá por el último terció del siglo pasado, yo era un izquierdista que estudiaba Económicas en Barcelona y que, como buen izquierdista, prestaba mucha atención a las tablas numéricas que reflejaban la distribución de la renta entre el capital y el trabajo cuando entonces. Ahora, casi medio siglo después, ya no soy tan izquierdista (solo un poco), pero continúo fijándome mucho en las cifras macroeconómicas que ilustran el reparto del pastel entre los distintos agentes que intervienen en el proceso productivo. Y con el tamaño de los trozos ha ocurrido algo muy curioso a lo largo de todo ese tiempo. Porque cuando yo tenía 20 años, muy a principios de la década de los 80, los rentistas habían devenido un grupo social tan marginal, anacrónico y cuantitativamente irrelevante que ni tan siquiera figuraban en las estadísticas económicas. En aquellos tiempos, lo único que existía para nuestros ojos eran el capital y el trabajo. Era un mundo, el de ayer, en el que la proporción que representaban los salarios dentro de la renta nacional suponía, grosso modo, el doble que la parte correspondiente al capital. Un reparto, el de dos a uno, que se mantuvo estable durante mucho tiempo. 

Pero, poco a poco, la parte de los salarios comenzó a perder posiciones. Si bien lo curioso no es que haya ocurrido eso, sino el hecho desconcertante de que las pérdidas sufridas por los asalariados no han sido a consecuencia de que los capitalistas lograran retener una fracción mayor para sí. He ahí lo en verdad insólito, que lo que han perdido los trabajadores no lo hayan ganado sus patronos. Entonces, si la tarta ha ido creciendo mientras que los trabajadores recibían un trozo más pequeño y los empresarios tampoco acaparaban uno más grande, ¿quién se lo ha llevado? Pues resulta que se lo han llevado los rentistas, en concreto los inmobiliarios. Los economistas liberales del siglo XIX, venerables padres fundadores de la ciencia económica, creían, exactamente igual que Marx y Engels, en la lucha de clases. Aunque para ellos, y el ejemplo máximo lo encarna David Ricardo, esa lucha de clases no enfrentaba al proletariado contra los capitalistas, sino a ambos, patronos y obreros, frente a los rentistas de de la aristocracia rural, quienes forzaban que los salarios industriales fuesen de miseria, al tener los trabajadores que destinar la mayor parte de sus ingresos a comprar su carísimo trigo monopolista para poder comer. Exactamente lo mismo que sucede hoy con otro monopolio, el de los propietarios de inmuebles arrendados en los grandes centros urbanos del país. Y en el XIX, recuérdese, los liberales lucharon junto a capitalistas y obreros frente a los rentistas. Otro siglo, otros tiempos.

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