Daniel Capó

Lo dado

«Como un gran misterio, es el azar quien rige nuestras vidas -gran parte de ellas- de un modo imprevisible»

Opinión

Lo dado
Foto: Creative Commons| CC BY-SA 2.5
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

Reflexionando sobre Quiero cansarme contigo y la obra última del filósofo Javier Gomá, mi amigo Jorge Freire escribía el pasado sábado en The Objective una hermosa columna sobre las circunstancias que acompañan cualquier vida. «Los compañeros de pupitre –rememora–, como los profesores, los juegos del recreo, el matón de clase y el rancho del comedor, vienen siempre dados». Hay algo de esto, sin duda. La familia y los genes, desde luego, y sabemos que su importancia no es menor.

También el capital social y cultural que recibimos directamente de los padres, el barrio en que vivimos y el colegio donde estudiamos. Son factores intangibles, difíciles de medir, pero reales y operativos en el trazo del tiempo. Influyen, por ejemplo, extendiendo o limitando el espacio de nuestra imaginación, al igual que hace la literatura o el cine. Como en nuestra biografía la presión horizontal –la de nuestros pares– es tanto o más importante que la vertical –la de nuestros superiores–, el viejo proverbio según el cual debemos vigilar las amistades de nuestros hijos adquiere todo su sentido: el ambiente educa por emulación mimética. Ferran Toutain ha escrito un libro muy hermoso al respecto.

En consecuencia, mucho o casi todo nos viene dado y, precisamente porque somos hijos –y, por tanto, frágiles y necesitados–, siempre dependemos de los demás para crecer y ser… más, incluso cuando se nos pone a prueba. Lutero –siguiendo los pasos de san Agustín– hablaba de una «teología de la prueba» que, al sondearnos y colocarnos frente a nuestras debilidades, nos permite conocer el auténtico rostro de nuestra alma. Se diría que también eso –las pruebas– nos vienen dadas porque, aunque creamos que al andar trazamos un camino que nos conduce adonde queremos ir, al final ese sendero a menudo se tuerce y acabamos en un lugar imprevisto. ¿Elegimos nosotros el amor o el amor nos elige en cada momento? ¿Nos deja cuando quiere o sólo cuando queremos nosotros? Es cierto que los hijos no eligen a sus padres, pero tampoco los padres eligen a sus hijos, ni su carácter, ni sus inclinaciones. Y, como un gran misterio, es el azar quien rige nuestras vidas -gran parte de ellas- de un modo imprevisible.

¿Qué nos pertenece realmente? Yo diría que el esfuerzo y el asentimiento. El esfuerzo es básicamente continuar remando cuando te hallas en medio de la corriente. Otros lo llamarán «resiliencia». Otros, más antiguos, «fortaleza». El asentimiento, por otra parte, supone aceptar la prueba cuando llega e intentar mantenernos a su altura. La prueba, a veces, exige enfrentarnos a ella y plantarle cara. En otras ocasiones, la única respuesta posible pasaría por la obediencia. Ramón Gaya aseveraba que el sello del arte verdadero consiste en ese asentimiento a una realidad superior que el artista capta y entrega tal cual, sin aderezo alguno, como sucede con la pintura de Velázquez o la música de Mozart. El asentimiento es el único lenguaje que admite la verdad cuando se la encuentra, porque la verdad encomienda, al igual que el amor o la responsabilidad; al igual que nuestro rol de hijos en un mundo en el que todos somos hijos y, por tanto, de algún modo, hermanos.

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