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Lo que Sánchez se llevó

Foto: JAVIER BARBANCHO | EFE

La quiebra del bipartidismo en diciembre de 2015 alteró el paisaje parlamentario e inauguró un tiempo nuevo en la formación de mayorías de gobierno. La estabilidad política habría de pasar, desde entonces, por el entendimiento de, al menos, dos grandes fuerzas políticas.

Ciudadanos y PSOE eran los partidos mejor posicionados para protagonizar esas negociaciones, pues ambos podían pactar a sus dos flancos. Ciudadanos podía llegar a acuerdos dentro del consenso constitucionalista con el PP, a su derecha, o hacerlo dentro de ese mismo consenso con el PSOE, a su izquierda, añadiendo en este caso un componente de progreso al pacto. Por su parte, además de la posibilidad de una alianza constitucionalista de progreso con Ciudadanos, los socialistas podían mirar a su izquierda para suscribir acuerdos con Podemos. En este último escenario, la impugnación por parte de la formación morada del consenso del 78 reducía el entendimiento a un sustrato ideológico.

En aquel entonces, en que los españoles nos lamíamos las heridas de la crisis y hablábamos de la necesidad de una regeneración política e institucional, parecía, y aquí deslizo una opinión personal, que el mejor gobierno para España pasaba por un acercamiento de las fuerzas políticas moderadas, constitucionalistas y progresistas, esto es, de Ciudadanos y PSOE, que facilitara la alternancia. Así lo entendieron también los líderes de ambos partidos, que rubricaron un acuerdo de gobierno que no en vano se llamó “reformista y de progreso”. Eran los días del Sánchez socioliberal, duro con el independentismo y reacio a abrazar las consignas populistas en materia económica y laboral. Aquel acuerdo fracasó por decisión de Podemos, que tal vez comenzara a cavar su tumba política cuando decidió apostarlo todo a una repetición electoral y una conjunción con IU.

Aquella decisión restauró a Rajoy en La Moncloa y propició la caída de Sánchez en el PSOE. Sin embargo, el ahora presidente, que pronto publicará un libro titulado ‘Manual de resistencia’, resistió. Ganó las primarias socialistas, recuperó la secretaría general, laminó a la oposición interna y blindó su poder con una reforma estatutaria. El aparato que no le había permitido intentar una segunda investidura que sumara a Podemos y los nacionalistas ya no podría estorbar a sus planes de llegar a La Moncloa.

Sánchez guardó para sí esa aritmética alternativa, que no desestimó ni tras el golpe de otoño del 17, y esperó el mejor momento para recurrir a ella. Las encuestas no iban bien para el PSOE, relegado en muchos sondeos a tercera fuerza, y todavía iban peor para Sánchez, que era el candidato peor valorado por sus propios votantes. Todo eso cambió el día que la sentencia de la Gürtel abrió una ventana de oportunidad para una moción de censura. Aritmética nacionalpopulista mediante, se acometió el desalojo de la derecha del poder, y algunos creyeron ver que amanecía: “España ahora mola y vosotros no moláis”, me dijo entonces un conocido y mediático periodista. España molaba gracias a un presidente al que, un par de semanas antes, no querían, literalmente, ni los suyos.

Entonces vaticiné que aquellas expresiones de engolado entusiasmo envejecerían muy mal. Y ya lo creo que hoy se ven precozmente senectas: las celebradas estrellas ministeriales pronto se vieron envueltas en escándalos y dimisiones. El rescate de inmigrantes en el Mediterráneo ha devenido en la externalización de la política migratoria a Marruecos, mientras el Open Arms sigue inmovilizado en Barcelona. El gobierno de la dignidad sembró de dedazos las suculentas direcciones de empresas públicas y reguladores, como en los peores días del clientelismo. Los amnistiados fiscales continúan siendo anónimos. Y, aunque algunos proclamaron que este ya es “un país del que no apetece marcharse”, el problema territorial no ha desaparecido. En su enésimo capítulo, Sánchez ha consentido una negociación bilateral con el secesionismo, mediada por un “relator” y en la que ERC pondrá sobre la mesa la autodeterminación.

Sin embargo, todo eso no ha sido lo peor. Lo más dramático de aquel camino emprendido por Sánchez, que comenzó dinamitando el aparato institucional del PSOE y ha continuado horadando la soberanía de su país, cuya gobernabilidad, proyección presupuestaria y acción política ha entregado al chantaje nacionalista, es que ha hecho saltar por los aires los puentes con Ciudadanos, el partido con el que los socialistas podrían haber articulado una alianza de regeneración, progreso y reformismo.

Lo dejó muy claro Sánchez, encaramado a la tribuna, durante la moción de censura: aquella moción no era contra el PP, al que deseó una pronta recuperación, sino contra Albert Rivera, con el que se empeñó con saña. Si “los números no dan”, entonces Ciudadanos, al que únicamente contempló como socio junior, solo puede ser una amenaza. La postura de Sánchez nos aboca a cambios de gobierno pendulares, que oscilen ampliamente entre el conservadurismo y el concurso del nacionalpopulismo, excluyendo la moderación progresista y reformista que, creo, convendría al país.

Esa alianza de regeneración, progreso y reformismo, que alguna vez me pareció el mejor proyecto político para España, es ahora irrepetible. Lo será, desde luego, mientras Sánchez siga el frente del PSOE. Y quién sabe después: las actuaciones dejan huella en los electorados, que quizá se opongan a reeditar ciertos pactos, y también pueden llevarse por delante a los partidos. En el PSOE, el terremoto ha comenzado.

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