Jorge San Miguel

Lo universal y lo concreto

«Crecer tiene mucho que ver con ese cultivo de lo concreto al que nos aboca el choque con la vida real y con el tiempo»

Opinión

Lo universal y lo concreto
Foto: Alessio Maffeis| Unsplash

Pasada la adolescencia, solo los imbéciles y los jetas hablan desde el punto de vista de la humanidad. Esto lo entiende uno con los años. Los adolescentes pueden vivir en el universal porque no tienen que pagar alquiler ni encontrar fontanero de guardia un domingo por la tarde; tampoco suelen empujar sillas de ruedas ni lidiar con un jefe tóxico; y cuando tienen problemas -vive Dios que los tienen- aún pueden consolarse pensando que esta solo es una de las muchas vidas posibles. No saben aún que están encerrados consigo mismos para siempre.

Crecer tiene, de hecho, mucho que ver con ese cultivo de lo concreto al que nos aboca el choque con la vida real y con el tiempo. Es una aceptación: uno ya no tiene delante infinitas opciones, sino una familia concreta, una concreta carrera, un catálogo de errores y de, quizás, aciertos; una manera de ser y de aguantarse. Puede ser una aceptación feliz, pero eso ya va en la suerte o el aplomo de cada uno. Por el contrario, quien insiste en vivir en los universales normalmente es porque no tiene otro sitio donde ir.

He recordado este principio fundamental estos días por una agresión que no fue, o que fue de otra manera, o que vaya usted a saber. El país vive en una cierta adolescencia desde 2008 y quizás antes: incapaces de pensar en emanciparnos y ocuparnos de la vida concreta, andamos enfrascados en universales y abstracciones varias. Era cuestión de tiempo que el periodismo y la política también fueran cosas de adolescentes o, como es el caso, adultos congelados en la adolescencia -que es bastante peor-.

Como dice el bon mot, amar a la Humanidad es sencillo; lo complicado es amar a tu vecino, que es un hijoputa. Uno se juega la piel y los cuartos en lo concreto, porque al toro de los universales quien más quien menos lo torea de salón. Y si hay dos actividades que no deberían permitirse andar con la vista puesta en las nubes son el periodismo y la política. No se trata ya, con ser grave, de que nos hagan perder el tiempo con fabulaciones: es que las fabulaciones son siempre a favor de corriente. Y que en la picadora de carne de las «buenas intenciones», las víctimas de ayer son trituradas hoy cuando cambia el relato y ya no sirven o hacen bulto. Con una crueldad también típica de la adolescencia.

No sabemos si el chaval que denunció falsamente lo hizo por miedo al abandono, o por el estigma de la prostitución, o por algún otro problema real y concreto que se le puede presentar a un homosexual en el Madrid de 2021. No sabemos y ya no importa, porque lo que importa son las generalizaciones y los problemas que se pueden encajar en el relato, aunque sean inventados. Hace unos años se popularizó en EEUU la frase «fake but accurate». Tanto se popularizó que le costó la carrera a Dan Rather: había dado por buenos unos papeles falsos sobre el servicio militar de George Bush. Yo creo que en el periodismo y en la política -que tienen el deber primordial de atender a lo concreto y real; y que son ya, nos guste o no, la misma cosa- hay pocos gestos más obscenos que escamotear la falsedad de un hecho tras una supuesta verdad universal. Y que cualquiera que pretenda hacerlo es un imbécil, un jeta, o algo peor.

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