Juan Marqués

Lorca: arraigar y arriesgar

Si algo tienen en común todos los poetas verdaderamente importantes es que, más que proponer respuestas para las grandes preguntas, nos dejan sumergidos en nuevos interrogantes, enfangados en una incertidumbre definitiva pero extrañamente reconfortados, acompañados, comprendidos. No hay nada que resolver, parecen decir, no hay nada que descifrar, y la única solución posible a los tres o cuatro enigmas esenciales está en la propia constatación del misterio, de su profundidad, de su inmensidad, de su dramática belleza.

Opinión

Lorca: arraigar y arriesgar
Juan Marqués

Juan Marqués

Doctor en Filología Hispánica y crítico literario en publicaciones especializadas.

Si algo tienen en común todos los poetas verdaderamente importantes es que, más que proponer respuestas para las grandes preguntas, nos dejan sumergidos en nuevos interrogantes, enfangados en una incertidumbre definitiva pero extrañamente reconfortados, acompañados, comprendidos. No hay nada que resolver, parecen decir, no hay nada que descifrar, y la única solución posible a los tres o cuatro enigmas esenciales está en la propia constatación del misterio, de su profundidad, de su inmensidad, de su dramática belleza.

Igual que el amor, que es todo o nada, que es sí o no, la poesía no admite bien las medias tintas: en poesía uno puede hacer todos los experimentos y ensayar todas las cabriolas que quiera, pero conviene no perder de vista lo fundamental. Federico García Lorca fue un poeta que supo arraigarse sin dejar por ello de arriesgarse, o viceversa: en cada nuevo libro suyo de poemas supo abrir y abrirse nuevos caminos sin dejar de responder en ningún momento a unos principios poéticos elementales, sin despistarse de esa verdad universal que tantas veces encontró y disfrutó hundiendo gozosamente los brazos en la poesía popular. Lorca jamás resulta intrascendente, ni siquiera en sus poemas aparentemente menores, de circunstancias, ni, por supuesto, en los escritos para niños (nada más difícil que escribir para ellos con éxito), y es desdichadamente imposible predecir qué hubiera hecho y hasta dónde hubiese llegado si la luna no se le hubiera oscurecido para siempre en las bodas de sangre de 1936, hace ochenta veranos.

Pero los grandes autores son también aquellos que salen ilesos de sus efemérides. Hoy, y en las próximas semanas, se va a hablar mucho de Lorca, y eso es bueno, aunque habrá quien lo haga de modo oportunista y anacrónico. Y, dado que su obra queda libre de derechos, nos enfrentamos a una verdadera avalancha de ediciones de sus poemas, ensayos y obras de teatro, lo cual es aún mejor porque, a pesar de que muchos de esos libros serán chapuceros, apresurados, es imposible que alguno de los genuinos y geniales Lorcas que hubo en Lorca (el surrealista y el infantil, el que produce ternura y el que provoca un escalofrío, el amoroso y el político, el sencillo y el desconcertante, el folclorista y el revolucionario, el feliz y el asustado, el hermético y el luminoso, el lacónico y el torrencial…) no consiga abrirse paso.

 

 

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