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Miguel Ángel Quintana Paz

Los cristianos no son mejores personas; y eso es bueno para el cristianismo

¿Ser cristiano te hace mejor persona, peor o te deja prácticamente igual? Ha siglos que discuten sobre ello filósofos, escritores y vecinas del quinto izquierda, sin que hasta hoy ninguno haya llegado mucho más allá de meras conjeturas.

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Los cristianos no son mejores personas; y eso es bueno para el cristianismo

Reuters

¿Ser cristiano te hace mejor persona, peor o te deja prácticamente igual? Ha siglos que discuten sobre ello filósofos, escritores y vecinas del quinto izquierda, sin que hasta hoy ninguno haya llegado mucho más allá de meras conjeturas.

Ya el filósofo Celso en el siglo II acusaba a los cristianos de ser especialmente arrogantes, desleales y vanidosos. Porfirio, en la siguiente centuria, escribiría quince libros en igual sentido, distinguiendo además entre Jesús de Nazaret (al que reconocía como un hombre piadoso) y sus seguidores: a estos los denostaba como viciosos empedernidos. En cuanto al otro bando del debate, lo capitanearon enseguida autores de la talla de Orígenes o San Agustín. De hecho, estos respondieron con tanto pormenor a las citadas acusaciones, que si hoy conocemos aquellas es en realidad gracias a ellos: las obras originales de Celso y Porfirio acabarían alimentando las hogueras de cristianos que decidieron terminar con sus argumentos de modo quizá menos filosófico, pero sin duda más expeditivo.

Después de mil novecientos años de discusión se agradece, pues, que tres investigadores europeos (J. E. Gebauer, C. Sedikides y A. Schrade) se hayan lanzado a poner algo de ciencia en todo este asunto. Lo acaban de publicar en el Journal of Personality and Social Psychology, donde usan un ingenioso método.

Empecemos aclarando que, naturalmente, su propósito no es valorar todas las posibles virtudes (o posibles vicios) que puedan distinguir a los cristianos de los demás: ello agrandaría en exceso su campo de estudio. Gebauer, Sedikides y Schrade se concentran solo en un defecto ético: el de la soberbia. Es decir, el error de valorar tus atributos, o a ti mismo, por encima de los demás… en cosas en que en realidad no los superas. Así, el asunto se convierte en algo lo suficientemente limitado como para poderse investigar, pero no tanto como para resultar baladí: recordemos que ahuyentar la soberbia y cultivar la humildad es firme insistencia de la Biblia para todo cristiano (Mt 11:29; Mc 9:35; Lc 9:48; Lc 14:11; Rm 10:16; Ef 4:2; 1 Pe 5:5-6). Y que consiguientemente si el cristianismo hace a las personas más humildes o, por el contrario, resulta que las vuelve más soberbias, ello resulta sin duda, según los propios criterios cristianos, un buen indicio de su éxito a la hora de hacer a la gente mejor.

¿Cómo han explorado estos investigadores si el cristiano medio adolece de especial soberbia o, por el contrario, obedece a la Epístola a los Filipenses (2:3) y se estima a sí mismo, humildemente, por debajo de los demás?

Para resumir su minucioso estudio, digamos que lo primero que han preguntado a un grupo de cristianos es si consideran que cumplen ciertos preceptos morales mejor de lo que lo hacen, por lo general, los demás cristianos. Y luego han planteado el mismo interrogante a un grupo de no cristianos. Esto ha arrojado un dato contundente: el cristiano medio se considera a sí mismo más virtuoso que la media de sus hermanos en la fe. Esto, naturalmente, no puede responder a la realidad: es como si todos los españoles creyésemos estar por encima de la altura media de los españoles. Además, esta sobrevaloración que hace de sí el cristiano medio es superior a lo que se sobrevaloran los no cristianos. Por tanto, el cristiano medio se engaña con respecto a lo muy virtuoso que es; el cristiano medio adolece de soberbia; y lo hace en mayor medida aún de lo bien soberbio que es ya, por lo general, el resto del mundo.

Otro experimento de Gebauer y compañía arroja parejos resultados. Cuando les piden a los cristianos que evalúen su propio conocimiento en diversas áreas del saber (y luego les ponen una prueba para comprobar cuánto saben realmente de ellas), los cristianos tienden a sobrevalorar su conocimiento de cuestiones sociales o religiosas. Y, de nuevo, son ahí más optimistas acerca de su propio saber de lo que le ocurre a cualquier otra persona. (En otras áreas, como las científico-naturales, los cristianos se sobrevaloran también, pero no más de lo que lo haría cualquier otro). Creerte sabio cuando no lo eres es una buena definición de soberbia, según Tomás de Aquino; por desgracia para este santo, sus condiscípulos cristianos tienden de media a lucir ese pecado más que los que no lo son.

¿Debe preocupar este descubrimiento científico a los creyentes en Jesús de Nazaret? Curiosamente, si un miembro de la cristiandad se sintiese escandalizadito por él (“¡cómo se le ocurre a estos profesoruchos decir algo malo de mí y de mi religión!”), sin aportar más datos, estaría revistiéndose justo de esa soberbia que le ofende que le atribuyan. Así pues, lo más sensato sería que (al menos esto) lo aceptara con humildad. De hecho, en lo que resta de este artículo, voy a apuntar que incluso podría ir más allá. Que todos los cristianos podrían alegrarse de este hallazgo experimental.

Para comprender lo que quiero decir, hagámonos unas cuantas preguntas: ¿es lo más importante del cristianismo su moralidad? ¿Es el cristianismo, en el fondo, un mecanismo para hacer a las personas más éticas, más bondadosas, mejores cumplidoras de unos u otros mandamientos? ¿Se parecen entonces los cristianos a otras gentes empeñadas en que nos comportemos según lo que ellas consideran más moral: guerreros de la justicia social (SJW), adalides de lo políticamente correcto, animalistas, feministas, puritanos, estrellas de Hollywood, multiculturalistas, periodistas progres y demás paladines de la virtud?

Las dos primeras preguntas se han respondido a menudo de manera positiva; pero, curiosamente, lo han hecho a menudo autores que no simpatizaban demasiado con el cristianismo. Thomas Jefferson, por ejemplo, creía que lo único importante de los evangelios eran sus recomendaciones morales; y editó incluso una versión de los mismos en que mantenía estas y expurgaba todo lo demás. Buena parte de sus coetáneos ilustrados pensaban de modo similar: el cristianismo está muy bien como moral misericordiosa hacia tus semejantes, pero el resto de lo que sostiene es mera irracionalidad. En ocasiones los propios cristianos han mordido esta fruta y, como nos recordaba Jacques Ellul, si “a los ojos de la mayoría de nuestros contemporáneos el cristianismo es, ante todo, una moralidad, ¿no es porque la Iglesia ha mostrado fijación a menudo por determinados actos y conductas?”.

Ahora bien, de ser todo así, la tercera pregunta que planteé antes debería responderse también de modo positivo: el cristianismo no sería más que una batalla moral más, al lado de otras tantas que hoy insisten por captar nuestra atención (y nuestros dineros). De este modo se explicaría, además, la similitud que muchos ven entre los valores cristianos y los valores políticamente correctos: atención a los débiles, compasión por las víctimas, mansedumbre, cierta complacencia ante tus semejantes, delicadeza al hablar sobre los demás… Los cristianos no serían sino un escuadrón más dentro del ejército de los guerreros de la justicia social.

No obstante, cabe la posibilidad de pensar el cristianismo de modo bien distinto. Como escribió C. S. Lewis, aunque el cristianismo parece a primera vista consistir en una moralidad (con deberes y reglas y culpa y virtud), esa apariencia se desvanece si vamos más allá de tan inicial ojeada. Echemos un vistazo a las cartas de San Pablo, por ejemplo: en especial, a aquellas que casi con total seguridad escribió él mismo. Pablo habla allí sobre todo de liberación, de libertad, de sentirse salvados; y luego, como meras advertencias, recuerda a sus interlocutores que esta sensación de vivir por fin libres no debe ser para ellos una excusa para refocilarse en el vicio. Pero resulta cristalino que lo importante para él es esa experiencia de liberación, no unos u otros mandamientos. Al fin y al cabo, la moralidad del cristiano del siglo I no se diferenciaba excesivamente de la del judaísmo coetáneo. De modo que, para ese viaje, si fuera solo un viaje moralista, no harían falta las alforjas de ir construyendo una comunidad diferente a la judía (y a menudo enfrentada a ella con violencia).

¿Cuál es esa experiencia cristiana que Pablo temía que condujera a la laxitud, a la autocomplacencia, a la lenidad? El filósofo Ludwig Wittgenstein creyó que cabía resumirla en cierta frase que escuchó una vez encima de un escenario: “Me siento seguro pase lo que pase”. Es una expresión paradójica, desde luego: muchas cosas pueden pasarte en la vida que te quiten no solo la seguridad, sino incluso esa vida misma. ¿Cómo diantres puedes sentirte tan invulnerable, cómo diantres te puedes sentir salvado de todo mal? La tarea de un cristiano (de un cristiano no moralista ni guerrero social ni políticamente correcto, sino más similar a San Pablo y a C. S. Lewis y a Wittgenstein que a la última cantante pop que nos pide limosna para ayudar a las jirafas) sería explicarnos que esa aparente paradoja no es tal.

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