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Los cuñados

Foto: Wikimedia Commons | Wikimedia Commons

Hace un par de años, cuando el diputado Cantó García del Moral fue nombrado presidente de la Comisión de Calidad Democrática en el Congreso de los Diputados, un socialista que hoy trabaja en Moncloa y por el que tengo afecto y aprecio intelectual se refirió —cito de memoria— a la “insoportable levedad” del diputado y, por extensión, del partido que lo proponía para presidir una comisión contra la corrupción. Se entiende que le parecía poca cosa Cantó —un cómico, al fin y al cabo— para ocuparse de temas tan serios. Otro tanto le sucede a menudo a Félix Álvarez, con el agravante de llevar menos tiempo en política y de haber tenido un perfil más frívolo aún sobre el papel, el de humorista televisivo. Yo agradezco trabajar con ellos porque son bastante más serios y profesionales que mucha gente que me he echado a la cara dentro y fuera de la política. Y, en todo caso, me gusta recordarle a quienes los desprecian desde la izquierda que fue precisamente en la Revolución francesa cuando algunos actores, como Collot d’Herbois, empezaron a tener un desempeño destacado en una política que volvía a ser oral y pública. (Collot era, por cierto, un tipejo, así que dejemos aquí la comparación).

Estos años, antes y después de trabajar en el Congreso, no ha sido infrecuente que me encontrase actitudes parecidas, sin necesidad de que los objetos de desprecio fueran antiguos profesionales del espectáculo: podían ser exempresarios, ex empleados de banca o políticos de carrera provenientes de otros partidos. Lo único imprescindible era estar a la derecha del PSOE aunque fuera cinco décimas del CIS. Si en la derecha hay un arraigado sentido patrimonial del Estado, muchos socialistas parecen a su vez haber crecido en la convicción de que el PSOE es necesario y todo lo demás —incluido el Estado— es contingente; y de que todo lo bueno, justo y bello sucedido en España desde aquel almuerzo de mayo de 1879 en Casa Labra es responsabilidad directa de sus siglas. Respecto a la izquierda de la izquierda, la irrupción en los últimos cuatro años de un partido salido de un departamento universitario ha hecho poco por rebajar las ínfulas. En el entorno de Podemos ha sido además donde ha corrido mejor fortuna la fórmula del “cuñado”, referida en general a toda aquella persona con opiniones, situaciones vitales e incentivos distintos de los del simpatizante arquetípico del partido morado; esto es, un joven universitario sobrecualificado y subempleado.

Como servidor es marxista, aunque honrado, y lleva tatuado eso de que “el ser social determina la conciencia”, trato de encontrar el fundamento material de esta soberbia, que se compadece mal con la atonía de ideas que, bajo argumentarios y cháchara posmoderna, se percibe en los partidos de izquierda. Un estudio reciente de Yann Algan, Elizabeth Beasley, Daniel Cohen y Martial Foucault sobre las elecciones francesas ofrece un panorama que quizás contiene elementos aplicables España, con las debidas precauciones. Los autores encuentran que los votantes de Macron y Le Pen tienen niveles de renta acordes a sus años de formación, que son más en los de Macron y menos en los de Le Pen. Por su parte, los votantes de Fillon y Melenchon tienen niveles educativos similares; pero los de Fillon ganan más dinero del esperable, mientras que los de Melenchon están por debajo de la renta que predicen sus años de estudio. No es muy aventurado pensar que las respectivas preferencias sobre la redistribución están influidas por este hecho. Los votantes de Macron encajan en lo que Thibault Muzergues, en su análisis de las nuevas clases sociales, denomina la “clase creativa”: profesionales urbanos con estudios universitarios, más o menos bien situados en el capitalismo global frente a los llamados, por no renunciar al tópico, “perdedores de la globalización”.

En el caso español es fácil intuir que este electorado podría haber estado dividido en los últimos años entre Ciudadanos y Podemos merced a la dualización del mercado de trabajo: los liberales recogerían la mayor parte de los mejor situados laboralmente -al margen de sus antecedentes familiares-; y Podemos se llevaría el grueso de los subempleados, incluso cuando se trata de clases medias en riesgo de desclasamiento. Es verosímil también que el PSOE haya recuperado terreno entre estos últimos desde la moción de censura. Podemos y PSOE se solapan también entre una élites de izquierdas, en sentido amplio, para las que, en palabras de Pedro Herrero, “generar contenidos culturales es como respirar”; y que son en buena medida las productoras y consumidoras de relatos de superioridad. Relatos que, todo sea dicho, son un ersatz bastante cutre de una verdadera pujanza intelectual y política, como estamos viendo en los últimos meses; y quizás consuelan a título individual al consumidor, como un chute de metadona, pero hacen poco por recuperar algo parecido a propuestas políticas y organizativas de calado. Tendría así su parte de razón Nozick cuando achacaba la querencia de las “élites cognitivas” por las posiciones de izquierda al choque con el mundo real, donde la meritocracia de la escuela no siempre tiene un correlato laboral feliz -en España, en ciertos ámbitos, lo normal es en realidad que no lo tenga. En cualquier caso, frente a las ubicuas recomendaciones para lidiar con parientes de derechas en cenas familiares, conviene recordar que todos somos siempre el cuñado de alguien. Homo homini cognatus.

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