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Pablo de Lora

Los Derechos Humanos: rotos y descosidos

«Debemos ser recelosos frente a las reivindicaciones y reconstrucciones del ideal de los derechos humanos que subordinan los derechos a los deberes»

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Los Derechos Humanos: rotos y descosidos

Victor Lerena | EFE

Hay algo paradójico, casi esquizofrénico, en el tipo de respaldo – a veces histérico – que mantiene buena parte de la llamada «izquierda» con el ideal de los derechos humanos cuya proclamación hemos vuelto a celebrar esta semana con motivo del 72 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH).

Existe, en primer lugar, una delirante invocación de «nuevos derechos humanos», que, como los entes a ser afeitados por la navaja occamiana, proliferan en generaciones incesantes. En Colombia y Bolivia se ha discutido si la reelección de los cargos políticos -por ejemplo el del presidente Evo Morales- es un «derecho humano» que por tanto sus respectivas Constituciones estarían vulnerando al limitar el número de mandatos.

En España, una alta representante política de la Comunidad Valenciana, miembro de Podem y profesora de derecho del trabajo (Adoración Guamán) ha defendido el «derecho a la ciudad», que supongo es lo que deben reclamar los habitantes de la «España vacía» (o «vaciada») aunque ello implique, me temo, vulnerar el derecho – imagino que no menos humano- a la libertad de residencia de quienes prefieren seguir en la ciudad en la que ya residen si es que resultase que son los obligados a satisfacer el derecho a la ciudad de los que viven entre cuatro casas (por temer a que no pudieran sobrevivir los ominosos «townships» es por lo que Sudáfrica se abstuvo de aprobar la DUDH). La Declaración Universal de los Derechos Humanos Emergentes del Instituto de Derechos Humanos de Cataluña incluye un «derecho a la monumentalidad, a la belleza urbanística y al tráfico ordenado». Un alto funcionario chino llegó a sostener que celebrar las Olimpiadas en Pekín era igualmente un «derecho humano» (de los derechos civiles y políticos en China no señaló nada, no fuera a ser que…); impedir el desahucio por impago “poniendo los cuerpos” ante la policía – como hizo la condenada diputada de Podemos Isa Serra- se ha descrito como una suerte de ejercicio mediato del derecho humano a la vivienda, y por supuesto la modificación a voluntad del sexo en el Registro Civil es, sorpresa, sorpresa, un derecho humano que estamos vulnerando cada hora que pasa sin modificar la legislación sectorial sobre la materia. Y todo ello por no hablar de los “titulares” de los derechos humanos que también son ya entidades inanimadas como montañas, ríos o la mismísima Madre Tierra (de nuevo Guamán dixit).

De los perniciosos efectos de esa sobreabundancia y abuso de la retórica de los derechos humanos en el discurso político nos advirtieron hace años Francisco Laporta y Liborio Hierro, a quienes debemos seguramente las más brillantes páginas escritas en español sobre ese ideal ético que constituyen los derechos humanos. Su diagnóstico es más válido que nunca, pero a ello se añade el deliberado extrañamiento del espíritu liberal e individualista que anida y motiva la afirmación de que los seres humanos, por la mera pertenencia a la especie humana, gozamos de ciertos derechos – no cualesquiera demandas políticamente justificables- absolutos, universales e inalienables, oponibles frente a todos, señaladamente frente a los poderes públicos. Los derechos humanos «en serio», vaya, si me permiten el fácil parafraseo con la célebre obra de Ronald Dworkin.

El 9 de mayo de 2020, coincidiendo con la celebración del día de Europa, el presidente del Parlamento Europeo, el Sr. Sassoli, celebró una sesión con representantes de algunas ONGs que trabajan por la solidaridad en Europa. Entre ellas figuraba la influyente activista española Yayo Herrero, destacada líder del denominado «eco-feminismo» y aclamada anticapitalista. En la conclusión de su alocución afirmaba que si hoy leyéramos el preámbulo de la Declaración de los Derechos Humanos desde la «eco-dependencia» y la «inter-dependencia» debería decir lo siguiente: «Todos los seres humanos nacemos vulnerables e indefensos en el seno de una madre y llegaremos a ser libres e iguales en dignidad y derechos siempre y cuando recibamos una cantidad ingente de atenciones, cuidados y afectos que deben ser proporcionados por hombres y mujeres de otras generaciones, en una tarea civilizatoria sin la cual nuestra especie no puede vivir».

Ese acento priorizado que enfatiza nuestra frágil condición, esa insistencia en nuestras dependencias es sutil pero elocuente, y, salvando todas las distancias, recuerda al tipo de lamentos que, frente a la «falsa ética del humanismo», esgrimieron célebres representantes de la tradición iusnaturalista católica española o del pensamiento reaccionario como Ramiro de Maeztu. El «orgullo de hombre»; «ese pobre nene que se cree nacer libre»; el olvido de nuestra «condición pecadora»; la elevación de la «personalidad del individuo» a «sagrario intangible y valor absoluto», dice Maeztu en La crisis del humanismo (1919), todo ello germina en nuestra ruina, en hacer imposible la cabal organización de los asuntos humanos. Allí donde cada individuo se sepa dependiente, sea consciente de ser en realidad un instrumento y desempeñe la función que objetivamente le corresponde y la realización de valores eternos «… no se continuará discutiendo los derechos del soberano, ni los del individuo… porque en esta sociedad nadie tendrá más derecho que el de cumplir con su deber» – remacha Maeztu.

Contrasten todo ello con nuestra descripción como «escultores de nosotros mismos» que celebró Pico della Mirandola, con el imperativo kantiano de tratarnos a cada uno y a la humanidad en su conjunto como un fin en sí mismo, y, al fin, con la reiterada proclamación de nuestra libertad, dignidad e igualdad que se hace en el Preámbulo de la DUDH, texto en el que se declara como «aspiración más elevada del hombre» la del advenimiento de un mundo en el que «liberados del temor y la miseria» disfrutemos de la libertad de palabra y de creencias. Es por ello por lo que no triunfaron las enmiendas soviéticas relativas a la libertad de expresión y de creencias y a la libertad de prensa que condicionaban el ejercicio de tales derechos a las leyes del país, los dictados de la moralidad pública o a la no propagación del fascismo, y es por ello por lo que debemos ser recelosos frente a las reivindicaciones y reconstrucciones del ideal de los derechos humanos que subordinan los derechos a los deberes y que no tienen como primer cimiento el valor de la libertad y la autodeterminación de los individuos. Atentos: puede que en un envoltorio prestigioso les estén colando gato por liebre.

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