Anna Maria Iglesia

Los diarios de mujeres: confinamiento y transgresión

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Los diarios de mujeres: confinamiento y transgresión
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Anna Maria Iglesia

Anna Maria Iglesia

Licenciada en Teoría de la literatura y literatura comparada, actualmente me encuentro en la fase final de mi doctorado. Escribo en distintos medios, principalmente sobre literatura.

“Cuanto me alegra escapar, para venir a mi página libre” escribía Virginia Woolf el 9 de noviembre de 1939 en su diario, que había comenzado en 1915 y que redactaría hasta el final de sus días, hasta que el 28 de marzo de 1941 decidiera quitarse la vida en las aguas del río Ouse. Escrito durante 26 años, el diario de la autora de Al faro es, en palabras de Leonard Woolf, “de un carácter tan personal que no puede publicarse mientras vivan muchas de las personas a las que en él se hace referencia”. Este carácter personal tiene que ver precisamente con la libertad que la autora encontraba en sus páginas, convertidas en un lugar donde escapar y refugiarse. Las páginas de su diario forman parte de ese cuarto propio que Woolf reclamaba para todas las mujeres y, al mismo tiempo, son ese lugar de independencia y libertad que no encuentra en las calles. Y es que, como ella misma lamentaba en el borrador de Los años, en 1889, por entonces, “era imposible para una mujer ir a dar un paseo sola”.

Estos días de obligado confinamiento parecen haber sido particularmente propicios para reflexionar, tal y como ha hecho Begoña Méndez en su breve y lúcido ensayo, Heridas abiertas (ed. Wunderkammer), sobre el género del diario. Se trata de una escritura que, en el caso de las mujeres, está vinculada evidentemente a la intimidad, pero también a la búsqueda de un espacio propio que les es negada en la esfera pública. Es decir, para las mujeres, el diario se convierte en la posibilidad de afirmar su propia identidad, de indagar en sí mismas y de mostrarse. Es a través de la escritura que el cuerpo de la mujer se hace visible y es que, como apunta Méndez, hay una plena identificación entre cuerpo y escritura, “la vida y la carne son marca escritura, lenguaje y signo”. Y en este constituirse como lenguaje, la carne se convierte en sujeto del discurso, el yo se (auto)legitima en la esfera privada, pero proyectándose en la esfera pública, porque, como subraya Méndez, “hay en las diaristas, aun en las más secretas y en sombras, incluso en las más periféricas, una voluntad de ser leídas, conscientes como son del valor de su labor literaria”. Decía María Zambrano que “un libro, mientras no se lee, es solamente ser en potencia, tan en potencia como una bomba que no ha estallado”. Y lo que hace precisamente Méndez es hacer estallar cada uno de estos diarios, algunos de autoras tan conocidas y reconocidas como Susan Sontag o Alejandra Pizarnik, otros de autoras todavía por (re)conocer como Soledad Acosta o Teresa Wilms, para de esta manera no solo reivindicar su valor literario, sino también el potencial subversivo de una escritura que busca decir lo indecible, mostrar lo oculto, adentrarse en lo impúdico.

Los diarios de mujeres: confinamiento y transgresión 2

Foto: Wunder Krammer

Con tan solo diecinueve años, la poeta Sylvia Plath confesaba en su diario que, para ella, “haber nacido mujer es una horrible tragedia”. Sus palabras, anotadas evocan la frustración de una joven que ve coartada su libertad -de hecho, Plath se queja de no poder “formar parte de una escena anónima”, perdiéndose por la ciudad sin miedo a ser asaltada o agredida- que, sin embargo, ni tan siquiera puede reivindicar como propia. Asimismo, aquellas palabras son reflejo de la lucha interna de un yo incómodo consigo mismo, que se niega a sí mismo en un intento vano de acomodarse en un espacio en el que poderse afirmar.

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Sylvia Plath. | Foto: Wikimedia Commons

Afirmarse, sin embargo, no es fácil, implica enfrentarse a “una intensa sensación de extranjería”, que, como apunta Méndez en las primeras páginas del libro, es común a casi todas las mujeres que conviven en su ensayo. “Sus cuadernos nos enseñan que arriesgarse a hacer equilibrios vale la pena, que la intimidad es un territorio fértil de certezas extraviadas y verdades huidizas” y entre incertezas, dudas y sentimiento de extranjería el yo se afirma y se escapa a la vez. La identidad es algo huidizo que solo se puede ensayar: “El horror de habitarme, de ser -qué extraño- mi huésped, mi pasajera, mi lugar de exilio”, escribe Pizarnik y sus palabras remiten involuntariamente a aquella anotación de Woolf, a la escritura como forma de “abrirse a lo otro”, como manera de huir no solo del contexto, sino también de sí misma. En este sentido, los diarios son una forma de ensayo, es decir, como diría Montaigne, que también hizo de la escritura una forma de proyección desde el confinamiento más absoluto, son un ensayo de un yo que busca afirmarse desde la conciencia de que la afirmación no es el punto de llegada. De ahí que el diario como género este ligado a la construcción del sujeto moderno, desarraigado, contradictorio, múltiple y que duda de sí mismo: “La que habla, la que actúa, la que quiere ¿yo? Indudablemente alguien. Yo. Y eso mudo, silencioso, ojos por encima viendo todo lo otro, ¿yo?” anota en su diario Idea Vilariño.

La poeta uruguaya es, juntamente con Susan Sontag, el final del recorrido trazado por Méndez  a través del cual reseguimos a mujeres que, a través de la escritura, consiguieron liberarse de toda forma de sometimiento, empezando por el religioso y el moral, que voluntaria e involuntariamente habían integrado como una manera de estar y de ser. De esta escritura que, como en el caso de Santa Teresa o de Zenobia Camprubí, nace sabiéndose susceptible de ser penetrada por la mirada del otro -ya sea Dios, el padre, la madre, pero también ese otro yo inquisitivo que ha asumido la mirada de sospecha hacia todo discurso potencialmente subversivo, hacia el pensamiento libre- a esa otra escritura que se formula desde el primer momento como forma de subversión, tanto a nivel temático como formal. Sin embargo, no es necesario esperar la llegada de Sontag o Vilariño para encontrarnos una escritura que subvierte los cánones morales y estéticos, sino que basta seguir los diarios de Camprubí o de Gil Roësset para observar cómo estas dos mujeres, a medida que avanzan las páginas, van descubriendo que la escritura no es solo tanto una forma de escapar de la mirada del otro, sino de contestarla. Y es en este gesto donde encontramos la verdadera subversión: las autoras reunidas por Méndez se oponen a través de la palabra a la patria y la religión, a la familia y al matrimonio, a la maternidad y al amor romántico, es decir, a todas aquellas “instituciones políticas y culturales que intentaron, y todavía intentan, sujetar nuestros cuerpos”. Haciéndose escritura, el cuerpo se libera de todas las cadenas para exhibirse y para convertirse en metáfora de un proyecto de vida no sujeto a ningún dogma y de un pensamiento libre que rehúye de conceptos como lo “correcto”, lo “moral” y lo “femenino”.

Desde el confinamiento, estas mujeres construyeron un relato que sale a la escena pública, que se proyecta como expresión subversiva y, por tanto, en palabras de Begoña Méndez, como “dispositivo poético-político”. Y no se trata solo de “reventar las costuras de la feminidad oficial”, sino también de toda idea o valor asumido. Sus diarios son una escritura a la contra, que es como debe ser toda literatura, incómoda, inconformista, compleja y, sobre todo, libre. 

 

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