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Los muertos invisibles

"Sánchez puede hablar de lo que quiera que su tono carece de matices. Lee robóticamente lo que le escriban"

Foto: Mariscal | EFE

El paisaje enseña moral e Historia, que decía Ortega. Y algunas enseñanzas se sacarán de este paisaje español donde la muerte industrial coexiste con el olvido instantáneo, con el siguiente input, con el chiste del momento y con la desorganización de un Gobierno desbordado. Se sacarán algunas enseñanzas o, quizá, se incluirán en el aprobado general que impulsa el Ejecutivo de la desmemoria.

Con menos ímpetu que en sesiones precedentes -la cara denotaba cansancio- el presidente Sánchez colocó durante casi una hora un discurso de lirismos vacuos, de llamadas a la unidad urgente y a la solidaridad europea. Y acabó con que “a los héroes españoles les debemos el aplauso silencioso de nuestra unión”.

Sánchez puede hablar de lo que quiera que su tono carece de matices. Lee robóticamente lo que le escriban. Dice, por ejemplo, “Apoyamos la investigación médica” igual que diría “¡Tierra a la vista!”. O nos descubre que “España entera se está reinventando”, como si fuera una estrategia económica propuesta por los propios ciudadanos, sobrados de imaginación incluso en esta tragedia mortal.

Últimamente, en la tribuna, el presidente Sánchez suele rebuscar con su mano izquierda en el bolsillo interior de la chaqueta. No sé que esperará encontrar: si una caja de herramientas, un apuntador o un libro de instrucciones.

Estaba en estas cosas de la unidad, la reconstrucción y la eficacia el presidente de un Gobierno, que en palabras de Loma, “ha hecho de la rectificación un juego de niños”.

Recuerden la frase del discurso inicial de Sánchez: “Les debemos el aplauso silencioso de nuestra unión”. Entonces fue cuando apareció Pablo Casado, como hablando en otro idioma, el del luto de las corbatas. Y con una instrucción seca encontró una elegía: “Señora presidenta, antes de empezar, me gustaría solicitar formalmente que la Cámara guarde un minuto de silencio en honor de las 22.000 víctimas mortales del coronavirus en España”. En ese momento, a Casado le pusieron un vaso de agua en la tribuna. Sí, ya lo había dicho todo. La presidenta Batet se encontró con el minuto olvidado y súbito. En el boxeo se habla del golpe en frío, del “lucky punch”. Tras la solicitud del popular hubo rumores en el hemiciclo, un lapso y sus señorías tuvieron que ponerse en pie.

Por contextualizar, esta asunción general de la “nueva normalidad” no sólo ha anidado en el Gobierno: en las portadas de los principales periódicos nacionales ya no se informa del número de muertos diarios. Aunque la cifra (la cifra ignorada) siga por encima o rozando los 400.

Como todos, Casado es un líder hecho por las circunstancias. Desde su llegada a la presidencia del Partido Popular ha estado cercado por la intrascendencia. Embestido por la contudencia de Vox (Santiago Abascal repitió el mismo discurso de la sesión anterior, otra vez la idea de demolición sin matices) y por la opción tercerista de Ciudadanos.

Ayer en la tribuna, al margen del obligatorio gesto moral, Casado encontró un lugar para su partido: propuso un plan de medidas, criticó organizadamente al Gobierno (tarea sencilla) y le prestó su apoyo para la tercera prórroga del Estado de Alarma.

Esto es parte de lo que pasó ayer en la Cámara, aunque luego se dirá lo que cada uno quiera. “Mientras haya uno de esos sinvergüenzas que cobran en la sala, no estaremos seguros del éxito”, dijo el jefe de la claque (Paul Claudel).

Sobre los muertos traemos aquí, un extracto de una crónica parlamentaria  de Camba, que como siempre procura una lectura reversible de la realidad. Escribió Camba este diálogo:

-¿Usted cree que los muertos tienen derecho a votar?

-Indudablemente –le contesté–; y si hay algo sagrado en materia electoral, es el voto de los muertos […]

-Sin embargo, la voluntad de un muerto…

-No hay nada más respetable que la voluntad de un muerto[…]

-Pues a mí me parece que el voto de los muertos es una falsedad electoral.

-No lo crea usted. Los que votan con una perfecta independencia son, precisamente, los muertos. A los muertos no se les puede emborrachar, ni se les puede comprar el voto por cinco duros.

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