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Los vicios del consumidor doméstico

"Hay obras que no son domésticas y que se desnaturalizan si pones delante de ellas en babuchas y con el teléfono cerca"

Foto: Steve Johnson | Unsplash

Nicolás Maquiavelo le explicaba en una carta a su amigo Francesco Vettori que al final de día se quitaba las ropas manchadas de la inmundicia de la cotidianidad y se ponía sus mejores galas para leer a los antiguos maestros. El arrogante Wagner mandó hacerse un atuendo para componer de sedas lujosísimas y un teatro especial para escuchar sus óperas. Y después estoy yo, que me he estado viendo la versión de Haneke del Così fan tutte despatarrado en el sofá, sin peinar y con un pijama que ha visto días mejores.

El confinamiento cultural nos está obligando a tirar de sucedáneos: teatro grabado, ópera en streaming y cine en el televisor. Malo no es, pero bueno tampoco. Recuerdo a un profesor de Estética bastante tremendo que decía que él no iba a museos porque podía ver las obras online y aumentar, con la ruedita del ratón, los detalles que le intrigasen. Hay un capítulo de Futurama en que Fry dice se niega a mirar por la ventana porque su televisión tiene más resolución que la realidad. Son dos majaderías comparables, solo que uno, al menos, es un muñeco animado. El arte necesita sus espacios y sus imposiciones: nunca te tragarás Parsifal si cada vez que tienes ganas de levantarte te puedes levantar. Las salas oscuras y las puertas cerradas de los teatros están, entre otras cosas, para que no le digas al tenor «haga usted el favor de esperar un momento, que voy a ponerme unos cacahuetes, que me ha entrado gusa». Aguantas el tirón, sin parar para seguir otro día. La obra de arte sin filetear. Estas comodidades no solo están perjudicando a los espectadores pusilánimes y dispersos (como yo). Verán, hay algo elemental: una sinfonía en un auditorio es una experiencia radicalmente distinta a la grabación de esa sinfonía. No por el acontecimiento o por esnobismo, sino porque allí, metidito en tu butaca, tienes una experiencia distinta de la música (o del cine o del teatro), que se logra gracias a la acústica del edificio, de la iluminación, del directo, de los rituales y de todos esos mecanismos de los que se sirve el arte.

No se trata, simplemente, de que haya obras que no funcionen en los cachivaches que tenemos en casa. Se puede conseguir un sonido decente y una pantalla grandota si uno se empeña. Se trata de que hay obras que no son domésticas y que se desnaturalizan si pones delante de ellas en babuchas y con el teléfono cerca. Se transforman en un simulacro de lo que debieran ser. Pero bueno, no hay mal que por bien no venga: mi profesor estará contentísimo ahora en su casa, leyendo a Ortega y mirando cuadros en Instagram, que son al arte lo que las tortillas esas insípidas de arroz inflado a la gastronomía.

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