Juan Marqués

Glück

«El premio a Glück reivindica una tradición poética que es por otra parte muy reciente: la poesía desatada de casi cualquier atadura, pero bien arraigada a una tradición que la sostiene»

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Glück
Foto: Nobel Prize
Juan Marqués

Juan Marqués

Doctor en Filología Hispánica y crítico literario en publicaciones especializadas.

Esto no puede importar demasiado a nadie, pero cuando el 4 de febrero de 2012 mi mujer me dijo que había que correr al hospital, yo sólo llevaba un libro en la mochila, y fue ese mismo libro el que, nervioso y feliz, leí en la cafetería del Infanta Leonor de Madrid a la mañana siguiente, mientras Susana y el recién nacido Bruno descansaban. Aquel volumen se titulaba Las siete edades y era un poemario de Louise Glück donde se leía un verso que utilicé para dar la buena noticia por mensaje telefónico a unos cuantos amigos: «El presente es la parte del futuro que se ve», decía, y ése, tan oportuno, fue también el primer verso que susurré a mi primer hijo, la parte del futuro que entonces no sólo se veía sino que berreaba bajo el cielo de Villa de Vallecas.

Desde entonces he leído con especial simpatía a una poeta a la que siempre había leído con mucho interés, y ahora, cuando ya hemos llegado a aquel futuro, tan distinto a como lo imaginábamos, la Academia Sueca ha concedido a Glück el Premio Nobel de Literatura, lo cual es una gran noticia. En tiempos donde la poesía parece estar mutando hacia algo desconocido e inferior, y donde asistimos a una fenomenal confusión sobre lo que la poesía puede y debe y necesita ser, el premio a Glück reivindica una tradición poética que es por otra parte muy reciente: la poesía desatada de casi cualquier atadura, pero bien arraigada a una tradición que la sostiene: la poesía elevada como un puente, pero bien sujeto a la tierra que hubo siempre, sosteniéndolo. Como otros poetas norteamericanos que sonaban para el premio de hoy, como Anne Carson o el asimilado Charles Simic, Glück es de esas poetas que ni siquiera se han tenido que plantear la forma que adquiría su contemporaneidad, pues ha venido dada por naturaleza, de forma genuina, espontánea, libérrima. La Academia la premia, dicen, «por su inconfundible voz, que con austera belleza universaliza la existencia individual», y parece una buena etiqueta para lo que la autora ha propuesto en El iris salvaje, Averno, Ararat, Praderas o el citado Las siete edades, todos publicados en España por la editorial valenciana Pre-Textos. Louise Glück, como muchos otros poetas de su generación, han exaltado la necesidad de vivir con atención, un alarido curiosamente sereno y sabio ante la rabia que produce no poder ser más libres. El consuelo del paisaje o de la filosofía ha compartido espacio en la poesía de Glück con el fracaso conyugal, como en el diálogo de su cruel poema Aniversario, de Praderas, que, traducido por Andrés Catalán, comienza: «Dije que podías acurrucarte. No es lo mismo / que poner tus pies helados encima de mi polla. // Alguien debería enseñarte cómo actuar en la cama. / A mí me parece que lo que deberías / es guardarte tus extremidades para ti sola…». [I said you could snuggle. That doesn´t mean / your cold feet all over my dick. // Someone should teach you how to act in bed. / What I think is you should / keep your extremities to yourself…]: no es antipoesía, es poesía consagrada a la vida, formulada de una forma indirecta, no por el camino luminoso de la celebración de lo benéfico, sino por el indirecto de la denuncia de las elecciones y miedos que nos impiden entregarnos a lo que de verdad nos reclama, esa vida furiosa y a la vez calmada y sabia a la que Glück va entregando no sabemos si su vida, pero desde luego sí esa otra doble vida, esa vida secreta, que es la poesía para los poetas y para los lectores afines.

Este premio, en fin, se fija en lo pequeño inmenso, en lo cercano misterioso, en lo cotidiano significativo, en lo doméstico inextricable, en lo casero liberador, en las paradojas y contradicciones de nuestra rutina, en lo que nos oprime y lo que nos salva, en lo que anhelamos y lo que nos basta, la parte de existencia que elegimos y la parte de existencia que nos elige:

Me gusta mirarte trabajar en el jardín
dándome
la espalda con tu bañador morado:
tu espalda es mi parte favorita de tu cuerpo,
la parte que está más alejada de tu boca.

A lo mejor deberías pensar un poco más en esa boca.
también en tu forma de quitar las malas hierbas,
rompiendo los tallos a nivel del suelo
cuando deberías arrancarlas de raíz.

¿Cuántas veces tengo que decirte
cómo se extiende la hierba, a pesar
de tu montoncito, en una masa oscura que
al igualar la superficie has finalmente
oscurecido del todo? Al verte

con la mirada perdida en las ordenadas
hileras de la huerta, aplicándote
aparentemente a fondo cuando en realidad
haces el peor trabajo posible, pienso

que eres una irritante cosita morada
y que me gustaría que te esfumaras de la faz de la tierra
porque eres todo lo equivocado de mi vida
y te necesito y te quiero para mí.

[Bañador morado, en Praderas, traducción de Andrés Catalán].

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