Diego S. Garrocho

Luis 14

«Luis XIV nunca podrá ser Luis 14 porque en su propio nombre se hacía patente el linaje y el universo simbólico sobre el que se legitimaba su monarquía»

Opinión

Luis 14
Foto: Jean Carlo Emer| Unsplash
Diego S. Garrocho

Diego S. Garrocho

Diego S. Garrocho es profesor de Ética en la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de 'Sobre la nostalgia' y de 'Aristóteles. Una ética de las pasiones' es, también, el presidente del comité académico del think tank Ethosfera.

«Las cifras romanas pueden ser un obstáculo de comprensión». Esta es la explicación que hace pocos días ha brindado Noemie Giard para justificar la retirada de los números romanos de la cartelería del Museo Carnavalet de París. La apuesta letal no es enteramente nueva y el Louvre ya acometió una reforma semejante hace algún tiempo, aunque ahora, según justifica el museo parisino, la arabización de los números podrá afectar, así sea en la información de accesibilidad universal, también al nombre de los reyes. En los siglos y en los años, por descontado.

Los números romanos son, qué duda cabe, una dificultad. Una de esas dificultades maravillosas a las que tuvimos que someternos de niños para descubrir que a través del esfuerzo y la repetición podríamos aprender cosas que nos comunicaban con el mundo antiguo. Ser capaces de leer números romanos era tanto como compartir una destreza con nuestros antepasados y ese aprendizaje formaba parte de nuestra identidad civilizatoria. Cuando de pequeños aprendimos en la escuela la numeración romana nos hermanamos con todas esas generaciones precedentes en las que otros niños como nosotros, desde hace siglos y desde Mérida hasta Palestina, aprendieron la forma latina de contar.

La Sra. Giard está en lo cierto. Las cifras romanas son un obstáculo de comprensión, al igual que lo son la mitología griega, la genealogía de los Habsburgo o las parábolas del Nuevo Testamento. Sin educación ni cultura —esto es, sin dificultad— las piedras del Partenón son una escombrera que bien merecería ser arrasada con una excavadora y las poesías mitológicas de Tiziano serían, como quieren ver algunos, violaciones heteropatriarcales.

De la misma manera que Isabel Celaá confía en combatir el fracaso escolar permitiendo la promoción de alumnos con suspensos, es una tentación para nuestros mediadores culturales rebajar el umbral de acceso e inteligibilidad de las obras maestras. Es probable que si Moby Dick le sustrajésemos las incontables páginas dedicadas a catalogar aparejos de pesca y arpones resultara más accesible. Y es también seguro que si a la Commedia de Dante le restásemos toda su simbología y los nombres propios su lectura se haría más ágil.

No tengo nada en contra de la divulgación cultural y creo que generar dispositivos de acceso a nuestro acervo tradicional es una estrategia justa e inteligente. Celebré que se rodara una versión de la Ilíada con Brad Pitt haciendo de Aquiles y me parece fabuloso que nuestros hijos se entretengan viendo a un Hércules de dibujos animados (sobre todo porque ahora no pasaría la censura). Nunca pediré la bolsa para respirar por el hecho de que se generen nuevas formas de acceso a la cultura siempre y cuando no se atente contra la cultura misma. Que exista un Quijote adaptado para los críos es estupendo mientras sobrevivan las ediciones críticas.

Los museos no son una versión pedagógicamente adaptada de nuestra historia. Tienen, por supuesto, una misión divulgativa y educativa pero jamás deberían resentir el patrimonio que custodian. Luis XIV nunca podrá ser Luis 14 porque en su propio nombre se hacía patente el linaje y el universo simbólico sobre el que se legitimaba su monarquía. Del mismo modo, no habría habido revolución posible en el siglo 18 si no fuera por la colección de signos, valores y conceptos heredados de la cultura latina que ahora se quieren opacar.

La medida, sin embargo, no atenta sólo contra la nomenclatura de la colección, sino que rebaja y vulgariza la propia experiencia del museo. Cualquier turista, incluso aquel que se presenta delante de un cuadro de Géricault con chanclas y bermudas, debería apreciar el reto que supone exponerse a una diferencia cultural.

Viajar en serio nunca fue otra cosa: visitar lugares, ciudades y costumbres en las que el código explicativo no resulta inmediatamente accesible. Es más, lo único que verdaderamente se atesora como viajero tras el regreso es precisamente eso. Pensemos en todos los turistas ajenos a la tradición latina a los que les estaremos arrebatando la admirable incomprensión y sorpresa que supone constatar que en Roma se hacían números con letras.

Pero lamento, sobre todo, que serán muchos los niños de parisienses que ya no podrán aprender de mano de su profesor o de su abuela qué demonios son esos signos que aparecen al lado de los siglos en forma equis y uves apelotonadas. Y todo para que al del palo de «selfi» de Kentucky no se le haga patente su incultura. Abusaré de otra memez contemporánea para decir que si nos tocan a París nos tocan a todos. Lo peor es que es esta vez es cierto porque, como decía Chaves Nogales, Francia es la patria de cualquier persona civilizada.

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