José García Domínguez

Madrid ya no es España

«Madrid será la capital de España, sí, pero cada día es menos España. Y se va»

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Madrid ya no es España
Foto: Fernando Villar| EFE
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

Hacia las ocho de la tarde, siempre puntual, casi todos los viernes de los últimos doce años estuve acudiendo personalmente a la mayor concentración de talento profesional, capacidad emprendedora e inteligencia práctica por metro cuadrado que jamás haya existido en España: la terminal del AVE, en Atocha. Un talento masivo y una inteligencia no menos tumultuaria que siempre parten a esas horas para pasar el fin de semana no sólo en la España vaciada y en la vaciable, lo que acaso resultaría de esperar, sino incluso en la muy altiva y abarrotada Barcelona, mi propia estación de destino. «Madrid se va». Siendo aún el alcalde de la ciudad más admirada y renombrada de la Península Ibérica, también la que se presumía más moderna y cosmopolita, lo dijo, y quizá fue el primero en verlo, Pasqual Maragall.

Desde aquel entonces, Madrid no ha dejado de irse. Porque ni siquiera Barcelona puede competir ya con el Distrito Federal. Ni Barcelona. Madrid es ahora mismo un cohete. En el cambio de siglo, Cataluña, la en tiempos locomotora de España, generaba el 18,9% del PIB nacional. Veinte años después, no se ha movido ni un milímetro de su sitio: continúa aportando un porcentaje similar. Sigue donde estaba. En cambio, la contribución relativa de Madrid, desde hace algún tiempo la primera de España con un 19,3%, no ha parado de crecer año tras año.

No se trata en absoluto de un fenómeno castizo, algo que remita a explicaciones de alcance doméstico y local. Porque está ocurriendo lo mismo en toda Europa, acaso con la excepción de Alemania. Las capitales de los Estados, hasta no hace tanto tiempo concentraciones de cemento público significadas por el predominio en ellas de la burocracia funcionarial propia de los grandes aparatos administrativos centralizados, se han transformado, y de modo casi súbito, en grandes aspiradoras de capital humano, recursos financieros y centros de decisión empresariales que, al modo canónico de los bosques de eucaliptos, también terminan convirtiendo en enormes eriales inertes todos los territorios fronterizos de sus alrededores. En Madrid, igual que en Londres o París, en Praga o en Viena, también en Lisboa, está empezando a ocurrir algo que no se recordaba en Europa desde la caída del Imperio Romano, a saber: las capas más humildes de la población vuelven a abandonar la ciudad. Ya no pueden permitirse el lujo de pagarse una vivienda en ellas. Mientras los precios inmobiliarios del país periférico no paran de bajar, los de ese otro país dentro del país, Madrid, no cesan de subir hasta niveles inalcanzables para las antiguas clases medias tradicionales en decadencia, esas que no han sido capaces de integrarse en las nuevas redes de la economía global que, muy lejos de asentarse de modo homogéneo a lo largo del territorio, se están clusterizando de forma casi exclusiva allí.

La llamada gentrificaciónacelerada mutación radical del tejido sociológico característico de los cascos históricos de  las grandes capitales del continente, no es más que el reflejo inmobiliario de esa súbita monopolización de las actividades económicas de alto valor añadido que ahora distingue a los añejos centros del poder estatal. Lejos de constituir excepción alguna, Madrid se limita a ser una pieza más de esa novísima norma general. Una mutación, la de la capital y su área metropolitana, a la que en absoluto es ajena la circunstancia de que la izquierda, salvo un efímero suspiro municipal, ya lleve algo así como un cuarto de siglo sin tocar poder en el centro neurálgico del país. Porque no es casualidad. El creciente divorcio económico con el resto del país de ese Madrid hiperconectado con los sectores más dinámicos de la economía mundial es lo que yace tras el fracaso crónico de la izquierda en la plaza. Ocurre que Madrid se parece cada vez menos a España. Y de ahí que esa peculiar variante castiza de un cierto populismo libertario, el tan reticente a los impuestos como refractario a lo público frente a lo privado, la que desde hace años distingue a su derecha con mando en plaza, se aleje también cada vez más de las señas de identidad propias del Partido Popular en el resto del territorio. Madrid será la capital de España, sí, pero cada día es menos España. Y se va.

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