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José Antonio Montano

El descubrimiento de Madrid (1)

«Lo bonito es que escribe de Madrid pero aún más de él mismo: de él en Madrid. Son unas memorias madrileñas»

Opinión

El descubrimiento de Madrid (1)
Guillermot Wikimedia Commons

Llevo poco más de cien páginas del «Madrid» de Andrés Trapiello (Destino), de las más de quinientas que tiene, y ya siento necesidad de escribir del libro. Porque el libro se desdobla y es también mi libro: el de mi Madrid.

Visité la casa de Trapiello hace dos años, justo al día siguiente de su presentación de «El Rastro», y me enseñó su escritorio: estaba lleno de libros sobre Madrid y tenía colgados planos de distintas épocas de la ciudad. Me gusta cuando alguien está escribiendo sobre un tema, porque trato de imaginarme cómo será el libro. Este me parecía muy difícil. Al empezarlo me ha admirado su asombrosa facilidad. No es un libro «apretado» como yo me imaginaba, sino un libro suelto: de lectura disfrutable. Lo bonito es que escribe de Madrid pero aún más de él mismo: de él en Madrid. Son unas memorias madrileñas. (Un libro que quedará junto a sus diarios.)

Trapiello llegó a la estación del Norte en 1971, yo a la de Atocha en 1985. Él iba con su hermano Pedro, yo con mi amigo Cristóbal. Huíamos de los estudios de Filosofía en Málaga hacia los de Periodismo en Madrid. Dejábamos de mirar las cosas, bromeábamos, «sub specie aeternitatis» para pasar a mirarlas «sub specie temporis». Ya hace una eternidad de aquello. El tiempo, gran destructor, termina erigiendo un monumento: el de la época pasada, mientras quede quien la recuerde.

Está muy bien, en «Madrid», ese abismo dorado. El Madrid que ya no es y el Trapiello que ya no es, pero que fueron. Otra vez se consuma el milagro de la literatura: una red de palabras tendida sobre un hueco y proyectando lo que hubo en ese hueco. También se superpone al Madrid que sigue y al Trapiello que sigue. Y con la lectura uno proyecta además, como digo, su propio Madrid, y el que fue uno también. El efecto es de una intensidad casi insoportable, aunque acogedora. Ninguna lectura tan plena había hecho este año.

En nuestro viaje durante toda la noche en el legendario Expreso Costa del Sol, Cristóbal y yo no paramos de hablar de libros. Libros irreverentes, que eran los que nos gustaban: Baudelaire, Nietzsche, Bataille, Savater, Cioran, hasta Sartre (él se estaba leyendo «La náusea»)… Dábamos por hecho que estábamos escandalizando con nuestras perversiones y nuestros ateísmos al señor que venía en el compartimento. Por la mañana, cuando ya se veía el Pirulí desde el tren, el señor nos preguntó con mucho tacto, muy serio, si éramos seminaristas. El hombre solo se había quedado con que hablábamos de «libros».

Y así, con el rabo entre las piernas, llegamos a Madrid, como quien dice.

(Continuará…) 

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