Guillermo Garabito

Malas compañías

Qué tendrá España que es paraíso propicio para las microrevueltas. Tal vez sea el carácter impetuoso del español sentado. Del español sentado en el bar, en un parlamento o en un taxi, entienda el lector. 

Opinión

Malas compañías
Foto: Enric Fontcuberta
Guillermo Garabito

Guillermo Garabito

Valladolid, 1992. Columnista en ABC CyL. Colaborador en Onda Cero Valladolid. Escritor sin café.

Qué tendrá España que es paraíso propicio para las microrevueltas. Tal vez sea el carácter impetuoso del español sentado. Del español sentado en el bar, en un parlamento o en un taxi, entienda el lector. Una comunidad autónoma que se sublevada, un pueblo de Burgos que quiere anexionarse a la región vecina, un gremio que quiere acabar con la competencia que traen las nuevas tecnologías… Querer acabar con las nuevas tecnologías es como querer sepultar el siglo XXI entero y en esta ocasión a pedradas. Pero todos los que tomaron las decisiones lo hicieron sentados. España es el país de las revueltas sentadas. Revueltas de una parte de la sociedad para salvar sus privilegios a costa de los derechos del resto. Salvar cada uno lo suyo a costa del común.

El siglo XXI en España es el de los micromotines y se ha puesto de moda que estos estén auspiciados por los independentistas catalanes. Unos independentistas que lo mismo quieren «liberar de la opresión” al pueblo catalán elegido por Pujol, que salvar del despotismo tecnológico a los taxistas de Madrid y de España entera. Porque montarse estos días en un ‘Uber’ o un ‘Cabify’ es una actividad de alto riesgo. Uno se siente un poco reportero de guerra, cronista del de salvajismo prehistórico. La prueba es que a la hermana de Carlos Sainz le habría venido bien llevar un casco en este frente en el que han convertido Madrid y Barcelona. La Castellana, puerta de una Europa moderna y civilizada, reconvertida en una trinchera contra el siglo y contra el fin de los monopolios. Que todas las reivindicaciones son muy legítimas hasta que se intentan legitimar por la fuerza. Es precisamente entonces cuando uno empieza a sospechar que los bárbaros no venían de fuera, sino que estaban dentro.

¿A uno le da por pensar si creen los taxistas que defender lo que ellos dicen que son sus derechos a pedradas y dejando para el desguace los coches VTC es una buena campaña de publicidad? Porque lo único que yo escucho estos días en los bares y entre mis amigos es eso de yo “no vuelvo a coger un taxi en la vida”. Y si el servicio ya había decaído con los años y la desidia, con esta ultima ocurrencia se están coronando. Pero al final sus exigencias, como las de cualquier monopolio, no son otras que las de tener secuestrada a la clientela.

Lo único que a mi me llama la atención, porque a uno sabe que a pedradas no se logra nada duradero, es como las causas perdidas tienden a aliarse últimamente con los independentistas catalanes. Puigdemont, Torra y los CDR siempre como socios de las causas perdidas. Como una mosca cojonera que pulula por la democracia con su encefalograma limitadito de justificar los medios siempre y cuando el fin sea el suyo, el de unos pocos.

Que de causas perdidas saben los independentistas porque el sanchismo no es otra cosa que una causa perdida viviendo de las prórrogas. Una prórroga, como la de aprobar los presupuestos para aguantar en La Moncloa, para la que si hace falta Pedro Sánchez entregará su sangre, su gobierno –o la ausencia de él en Cataluña– y su primer hijo varón. Y al igual que Sánchez desesperado y haciendo amistades de dudosa reputación, los taxistas anunciaban ayer que quieren cortar la frontera con Francia “con la ayuda de los CDR, claro”.

La nobleza de todas las causas puede medirse casi siempre por los aliados. Y si a pedradas y destrozando todo a su paso los taxistas habían perdido la razón, aliándose con los independentistas de los CDR han decidido perder la guerra y el futuro. Y uno, ingenuo, pensando que los taxis sólo eran amarillos en Nueva York.

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