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Marcel Proust y sus mujeres

"Céleste entra en la vida de Proust bastante tarde y se podría decir que, por sus características físicas y su talento natural, tenía abonado el terreno para sustituir a la madre"

Foto: Wikimedia Commons

Las mujeres más importantes en la vida de Proust fueron su madre, Jeanne Weill, su criada, Céleste Albaret, y su abuela, que fue la que más influencia tuvo en su infancia. Aunque bastante dispares entre sí, son tres figuras complementarias porque la criada aparece en la vida del escritor después de la madre, como tomándole el relevo, igual que la madre ocupa el lugar de la abuela cuando ésta muere, dejando a madre e hijo igual de desamparados y huérfanos. Sobre las dos primeras hay sendos libros, traducidos al español: el de Céleste Albaret, “Monsieur Proust. Recuerdos recogidos por Georges Belmont” (trad de Elisa Martín Ortega y Esther Tusquets, Editorial RqueR) y el de Evelyne Bloch-Dano, “Madame Proust. La mamá del pequeño Marcel” (trad. de Mauro Armiño, Algaba Ediciones).

Ya sea para bien o para mal, los padres son importantes para todo el mundo. Kafka debe mucho más a su padre de lo que hubiera deseado; Jules Renard, no habría podido escribir “Pelo de zanahoria” de no haber odiado tanto a su madre. Rimbaud también renegó de su madre, pero en su huida hacia adelante no dejó de escribirla, volcando en esa correspondencia los restos de su abandonada vocación literaria. En Galdós, la conflictiva relación con su autoritaria madre quedó reflejada en “Doña Perfecta”, y podríamos seguir indagando. De las abuelas, no digamos; los escritores que como Proust son deudores de esas relaciones privilegiadas hacen legión. No se puede decir lo mismo de las criadas, excepto en el caso de Proust, al que habría que añadir el de Borges y su querida Fanny, también reflejado en un libro: “El señor Borges”, de Epifanía Uveda (Fanny) y Alejandro Vaccaro (Edhasa), siendo aquí Epifanía y Vaccaro los Céleste y Belmont de Borges respectivamente. Pero esa es otra historia.

Céleste entra en la vida de Proust bastante tarde y se podría decir que, por sus características físicas y su talento natural, tenía abonado el terreno para sustituir a la madre. Estaba casada con Odilon Albaret, de profesión chófer, que desde 1907 se puso al servicio de Proust. Lo mismo le llevaba de visita a los salones de la alta sociedad como se precipitaba en mitad de la noche a buscarle una cerveza helada al Ritz o le transmitía lo que oía en la calle, material que Proust transformaba inmediatamente en literatura.

Al principio, Proust utilizó los servicios de la joven esposa de su chófer como recadera, para entregar libros dedicados a los amigos o cartas, recados que ella cumplía con presteza. Luego la incorporó definitivamente a su servicio, en su propia casa. “Ocho años, día a día, sin faltar uno solo, representan más que mil y una noches. Y cuando, en el silencio de la vejez y con los ojos cerrados, pienso en todos los personajes que desfilaron por sus relatos, siento vértigo”.

Durante esos ocho años, nueve si contamos la primera parte de su colaboración, nada ni nadie escapa a su perspicacia. Por eso la lectura de este libro es oro puro para quien desee adentrarse en el universo proustiano, no sólo porque encontremos al célebre escritor, por así decirlo, en zapatillas, sino porque vemos desfilar a esos hombres y a esas mujeres famosas vistos por alguien que no les tiene más respeto que el de los buenos modales. Al no ser escritora, Céleste carece de segundas intenciones cuando opina sobre esos personajes y se muestra muy solidaria con su jefe.

Por ejemplo, la descripción de la visita de André Gide –a quien ella llamaba "el monje"– para retractarse de su primitivo y famoso rechazo no tiene desperdicio. Con todos ejerce su vigilante celo sobre el genio a quien divierten, como un soplo de aire fresco, sus comentarios sobre sus libros y sobre los libros de los demás, al tiempo que hace de muralla china entre el enfermizo escritor –aquejado de asma, de claustrofobia, de neurastenia, de hipocondría, de misantropía...– y esas “pocas personas” que aún le visitaban por aquella época: madame Straus (casada en primeras nupcias con Georges Bizet), el pianista venezolano Reynaldo Hahn y Lucien Daudet, ambos amigos del cuerpo y del alma.

Todo el mundo captó la peculiar relación que se estableció entre Proust y ella; Antoine Bibesco afirmaba que aquel “sólo amó a dos personas en el mundo: a su madre y a Céleste” (olvidándose de la abuela). Sólo así podemos comprender que, conociendo a lo más granado de la intelectualidad, Proust la hiciera la principal confidente de sus hallazgos literarios. A cambio, la inmortalizó en su catedral literaria, primero con su propio nombre, en “Sodoma y Gomorra”, como su mensajera particular en el Gran Hotel de Balbec y, después, utilizando algunos de sus rasgos para construir a la inolvidable Françoise, la criada del Narrador de la que dice, en “El tiempo recuperado”, que “tenía del trabajo literario una suerte de comprensión instintiva, más acertada que la de muchas personas inteligentes”, como le ocurría a Céleste Albaret con el trabajo literario de su amado amo.

La pretensión de esta última al aceptar a los 82 años, y tras muchas renuencias, que Belmont le entrevistara fue, según confesó, la de desmontar la falsa imagen que algunos autores (sin especificar cuáles) habían dado de Proust; sin embargo, lo que cuenta de su vida cotidiana no hace sino reforzar la legendaria y estrafalaria personalidad del escritor. Sólo ella podía contar que Proust era un maniático de la limpieza y que no utilizaba dos veces una toalla, aunque se hubiera enjuagado someramente las manos, o que la obligaba a desinfectar las cartas con formol por miedo a las enfermedades infecciosas, cosa que en estos momentos hacemos todos, por cierto. Por ella sabemos cómo escribía –reclinado en la cama–, cómo comía, adónde iba o dejaba de ir, pues él no le ocultaba nada, ni siquiera las escenas más escabrosas de los burdeles de hombres, que visitaba “para documentarse”. Y cuando no podía documentarse personalmente pagaba a otros para que le contaran “intimidades”, cosas todas ellas que, sin duda, Proust no se hubiera atrevido a contar a su madre, aunque el libro de Evelyne Bloch da pruebas de todo lo contrario y de que, tal vez, si hubiera vivido lo suficiente, Madame Proust hubiera hecho innecesario que Céleste Albaret se convirtiera en esa gran mujer que hay detrás de todo gran hombre.

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