Laura Fàbregas

Marchena, la neurociencia y la perspectiva de género

"Marchena destacó sobre el resto por su inteligencia e ironía fina"""

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Marchena, la neurociencia y la perspectiva de género
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Laura Fàbregas

Laura Fàbregas

Vivo entre Madrid y Barcelona. En tierra de nadie. Me interesan las causas incómodas. Pero lo importante no es lo que se dice sino lo que se hace.

Si no fuera por ese ejemplo de la baja calidad democrática de España que supuso dar el juicio del procés de forma televisada, la mayoría de ciudadanos no sabríamos quién es Manuel Marchena. Gracias a su retransmisión, muchos independentistas conocieron lo que es la vergüenza ajena. Es algo que sucede cuando se rompe cualquier burbuja autorreferencial, como la del procesismo, y se constata que hay más vida inteligente fuera que dentro de ella. O, hablando en cristiano, cuando la imagen de golpistas con toga que proyectaba Polònia se revela como un intento más de ridiculizar al adversario mediante el humor. Y, así, creérse superior.

 Pero la realidad es tozuda. Marchena destacó sobre el resto por su inteligencia e ironía fina. Recientemente, además, ha valorado la importancia de la neurociencia en la sentencia sobre el crimen de Pioz, con el fin de medir la  responsabilidad y los mecanismos mentales que operan en la comisión de un delito.

 Se trata de un asunto que poco a poco se abre paso en el debate público (series como Mindhunter se inician en ello), pero está lejos de contar con la popularidad que ostentan otras teorías como la perspectiva de género en la justicia.

 La neurociencia ha sugerido -sin determinismos- la existencia de vínculos entre, por ejemplo, la privación de óxido nítrico o los altos niveles de plomo en sangre con la conducta violenta y criminal, mientras que la perspectiva de género no solo se basa en el mito de la tábula rasa y el pecado original del heteropatriacado, sino que reniega, de facto, de la capacidad de ser objetivos.

 Subida a la ola del identitarismo, la perspectiva de género desconfía de la capacidad para superar el punto de vista personal a la hora de juzgar. Relega el sistema judicial a una cuestión subjetiva y relativista donde el estudio de los hechos requieren de una inmersión sectorial. En este caso, de género. Y obviando, al mismo tiempo, que el machismo o cualquier otro prejuicio de los jueces tiene en el actual sistema un margen de maniobra estrecho frente la importancia del método y la tipificación penal de los hechos. Y que basta con cambiar una ley si se considera que no coincide más con el consenso social. Sin perspectivas de ningún tipo. Con la capacidad de abstracción y raciocinio que hace que cualquier humano, hombre o mujer, pueda juzgar un hecho más allá de su condición personal 

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