Jorge San Miguel

Marrakesh

Viajo por tercera vez a Marrakesh. Fui la primera vez con aprensión, la segunda vez sin ganas. Siempre me marcho con la idea fija, con la necesidad de volver.

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Marrakesh
Foto: Mosa'ab Elshamy

Viajo por tercera vez a Marrakesh. Fui la primera vez con aprensión, la segunda vez sin ganas. Siempre me marcho con la idea fija, con la necesidad de volver.

Llegué a Yamaa el Fna otro mes de enero, con sol y tambores. Todo el ambiente es al principio opresivo: los rostros que te salen al paso, las motocicletas que pasan rozándote, los vendedores de zumo que te gritan en la distancia, los adiestradores de serpientes o monos que aportan una nota entre kitsch y brutal. Los reclamos ad hoc de los muchachos que te abordan para guiarte, siempre desinteresadamente, a una tienda o puesto de comida particular, adaptados a la última expresión de moda o programa de televisión español. En algún momento aceptas que solo puedes sustraerte a la atención convirtiéndote en parte de la masa de gente, abandonándote a ella, y en ese momento, que puede tardar un par de días en llegar, empiezas a sentir una cierta satisfacción en echarte a la calle.

Para entretener las horas de avión, y por la manía de leer siquiera un párrafo antes de cerrar los ojos en la cama, me he llevado Señores del Atlas de Maxwell y Las voces de Marrakesh de Canetti. “Para tener confianza en una ciudad extraña se necesita un espacio cerrado sobre el que ostentar un cierto derecho y donde se pueda estar solo cuando el barullo de voces nuevas e incomprensibles aumente”, escribe Canetti generalizando sobre algo que se percibe sobre todo en un lugar como la medina de Marrakesh. Basta dar un paso en el callejón y apartarse de la calle principal para pisar los límites de un mundo distinto, el mundo de lo privado, que se hace material cuando se cruza al fin el umbral de la puerta. Las casas se vuelven hacia dentro, hacia patios, escaleras y corredores, y la calle es solo un conjunto de sonidos más o menos distantes. A veces llega a la casa algún emisario de ese otro mundo exterior, algún gato de paso por la terraza, algún pájaro que se cuela por la lucerna para buscar migas que hayan caído del desayuno. Más allá de eso hay poca comunicación.

Pienso en cómo damos por sentadas estas ideas de privado y público en nuestro debate cotidiano. Pero en la ciudad antigua todo el espacio público es un mercado, y lo privado solo existe de puertas para adentro y en forma de familia. Leo también los pasajes que Canetti dedica al regateo, con los que el turista no puede dejar de identificarse. El regateo se diría una forma extrema de marginalismo en la que se pone precio antes al comprador que a la mercancía. Exige del vendedor habilidades y conocimiento de su negocio muy superiores a un sistema de precios fijos de mercado, y en su versión óptima incorpora más información. Es una transacción ferozmente individual, donde vendedor y comprador se miden como si solo existieran ellos; una refutación de la igualdad y a la vez el cumplimiento de una cierta idea igualitaria: de cada cual según su capacidad. Es también, claro, un juego, y por eso el turista vuelve una y otra vez como a una tragaperras.

En un avión de hélice, de vuelta a la Península, leo los últimos capítulos del libro de Maxwell. Creo, salvo error mío, que no hay traducción española, lo que da buena cuenta del desinterés por el país al otro lado del Estrecho. Siempre oscilamos entre la ignorancia y la aceptación acrítica. Pienso también en el descrédito del orientalismo. Al fin y al cabo, el orientalismo es la aceptación más o menos sincera de una incapacidad, la incapacidad de ver a través de los ojos de otro. El orientalista tal vez esté tan absorto en su propia percepción de ese otro que solo ve el reflejo que de sí mismo le devuelve. ¿Pero acaso no es siempre así con un objeto de amor?

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