José García Domínguez

¿A más turismo, más pobreza?

«Un mundo económico, el de ahora mismo, que, otra paradoja de la hipermodernidad líquida, cada vez se parece más y más al del siglo XIX»

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¿A más turismo, más pobreza?
Foto: ENRIQUE CALVO| Reuters
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

La respuesta es sí; simplemente, sí. Cuanto más turismo, en efecto, más pobreza. Y el ejemplo paradigmático de esa novísima y desoladora correlación estadística son las Baleares, un archipiélago volcado de modo obsesivo en el monocultivo turístico que hace apenas nada, en 1985, todavía ocupaba el primer puesto de España en el ranking de la renta per cápita regional. Bien, pues ese mismo territorio puntero en términos de riqueza hasta justo antes de ayer no sólo se ha despeñado a la séptima posición dentro de la lista (Baleares ha sido superada ya por el País Vasco, Navarra, Madrid, Cataluña, Aragón y La Rioja), sino que posee ahora mismo un 24% de su población en riesgo de pobreza, además de contar con cerca de la mitad de sus trabajadores asalariados, en concreto el 39%, dentro del grupo de preceptores de ingresos mensuales iguales o inferiores a mil euros. Añádase, corolario bastante previsible de lo anterior, que Baleares es la región autónoma que presenta el peor índice de competitividad empresarial, en contraposición al País Vasco, que no sólo encabeza esa tabla nacional, sino que igual lidera la que evalúa la calificación académica de la fuerza de trabajo, la de intensidad en el uso de las tecnologías de la información o, en fin, los indicadores de recursos destinados a la investigación. El día (industrial) y la noche (turística).

La que fuera región más rica de España anda hoy por debajo de la muy agrícola y muy rural Lleida, modesta provincia del interior catalán especializada en el cultivo de la pera limonera, también en las mediciones de renta per cápita. La demarcación de Lleida, por asombroso que resulte acusar recibo por escrito del dato, luce a estas horas como más próspera que las Baleares. Para colmo de perplejidades, resulta que Baleares es, en cambio, la zona que más puestos de trabajo ha creado desde el año 1990 en toda la Unión Europea. ¡En toda la Unión Europea! Es el rincón de Europa que alumbra empleos como churros, sin parar, a ritmo de vértigo, pero al mismo tiempo presenta unos porcentajes de desempleo registrado que doblan la media de la Unión Europea. En concreto, la Unión Europea presentaba un 7% de paro en el trimestre inmediatamente anterior a la pandemia, el primero de 2020, frente al astronómico 18,21% de Baleares en el mismo periodo. ¿Cómo entenderlo? Pues solo hay una manera, a saber: olvidando todas nuestras certezas económicas, tan pétreas, heredadas del siglo XX. Porque ya no sirven para entender el mundo. Un mundo económico, el de ahora mismo, que, otra paradoja de la hipermodernidad líquida, cada vez se parece más y más al del siglo XIX. Al punto de que a un economista decimonónico, e igual de derechas que de izquierdas, pongamos Malthus y Marx, no le hubiera costado nada comprender lo que aquí y ahora nos sucede con el turismo.

Y es que hubo una poderosa razón en su tiempo que empujó a Carlyle, el padre de la expresión célebre, a bautizar como “ciencia lúgubre” a la Economía. Aquella razón se llamaba ley de hierro de los salarios. Los trabajadores, sostenía el principio nihilista compartido por todos los padres del pensamiento económico, tanto los conservadores como los revolucionarios, vivirán siempre al borde mismo de la pobreza porque los salarios también se mantendrían siempre, de modo crónico, muy cerca del mero nivel de subsistencia por culpa de la presión insoslayable del crecimiento demográfico. Una ley, por cierto, que reflejaba bastante bien la realidad de aquella centuria. Al extremo de que únicamente las migraciones masivas hacia América lograron invertir la tendencia. Todo eso suena a herrumbrosa arqueología intelectual. Pero resulta que, tras el muy engañoso paréntesis optimista del siglo XX, aquel mundo ha vuelto. El sórdido paisaje social de las novelas de Dickens estaba dominado por la sobreabundancia ubicua de una mano de obra desempleada que sobrevivía en medio de una desolada miseria ociosa. Sueldos de miseria y miseria sin siquiera sueldos que, salvados tiempo histórico y distancia, igual son los propios hoy de ciertas regiones, como Baleares, especializadas en una actividad económica que no requiere de especial cualificación laboral y que, justo por eso, funcionan como poderosos imanes globales que atraen a inmigrantes de esas características procedentes de todo el planeta. Una tormenta demográfica perfecta en la que más empleos no significan ni menos paro ni mayores salarios, sino aceleradas tasas de crecimiento de la población a consecuencia de los flujos migratorios transcontinentales. Así ese soleado desastre, Baleares.

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