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Màxim Huerta, el héroe de la retirada

Foto: SERGIO PEREZ | Reuters

Más allá del aparente fraude a Hacienda, de la falta de previsión de Pedro Sánchez o de que el ministro de Cultura recién dimitido haya sido el más corto de la democracia, me gustaría centrarme en la despedida de Màxim Huerta. En la rueda de prensa, el escritor y periodista disfrutó. Le gustó sentirse un mártir. Pintó su decisión como desinteresada, para favorecer al Gobierno de Sánchez, que propone una política limpia.

Su dicción, sus maneras, fueron rencorosas, condescendientes. Dijo mucho “repito”, para hacer énfasis. Pero lo hizo con aires de profesor dictando a adolescentes maleducados. Sonaba excesivamente dramático. Tuvo frases de crítica a la prensa y a la sociedad en general. “Vivimos en una sociedad ahogada por el ruido, por la descalificación, por la desinformación interesada”. “Lo que importa es el bombardeo, el ataque que va contra mí”. “La inocencia no vale de nada ante esta jauría”. Le faltó un “El Estado soy yo”, pero no le dio tiempo apenas a oler el Estado.

Removió el barro: aquí todos somos corruptos, unos más que otros, pero lo somos todos. Y es posible que, en el caso de Huerta, sea algo cierto. En los días siguientes a la primicia ha habido artistas y autónomos que han explicado un sistema perverso que incentiva el fraude. Pero quizá un representante público cesante no debería atizar el discurso contra la hacienda pública, especialmente con tanto cinismo. Huerta incluso se defendió diciendo que Telecinco, donde ha trabajado, es “un medio que todos ven y todos demonizan.” No es el argumento de alguien orgulloso de su trabajo sino al contrario: bueno, sí, es telebasura pero todos lo veis y si lo negáis mentís.

Sus gestos de arrogancia no encajaban con su discurso sobre la humildad y la transparencia. “Yo amo mucho la cultura y por eso me retiro, porque hay momentos en los que hay que retirarse”. “Creedme, amo la cultura más que nada” Se despidió con un soneto de Lope de Vega y dijo “me voy para no partirme”. Durante meses se ha hablado de la necesidad de un “héroe de la retirada” para resolver la crisis catalana. Huerta, tras 7 días en el cargo, se creyó en ese papel en su despedida dramática.

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