Gabriel González-Andrio

¿Me pone un fusil de asalto?

No voy a jugar a ser sociólogo, pero parece evidente que el Gobierno americano debería reflexionar y revisar temas clave como la educación en valores, la familia y redefinir una legislación permisiva sobre el acceso a las armas.

Opinión

¿Me pone un fusil de asalto?

No voy a jugar a ser sociólogo, pero parece evidente que el Gobierno americano debería reflexionar y revisar temas clave como la educación en valores, la familia y redefinir una legislación permisiva sobre el acceso a las armas.

La matanza de Charleston (USA) en el interior de la Iglesia Episcopal Metodista Africana Emanuel ha conmovido al mundo entero. Las primeras imágenes ‘angelicales’ del joven Dylann Roof (21 años) no podían presagiar que estuviéramos ante un atentado con tintes racistas.

Poco después de ser detenido, el joven confesó su intento de iniciar con esta locura una “guerra racial”. El premeditado y macabro asesinato no deja dudas al respecto. Entró en la iglesia, se unió a un grupo de una docena de personas que estaban en una sesión de estudio de la Biblia y una hora después abrió fuego. Mató a nueve personas, todas afroamericanas.

Es imposible encontrar una única causa para encontrar una explicación a semejante decisión. Parece más bien que estamos ante una amalgama de factores. No tengo dudas de que las últimas oleadas de noticias de ataques y asesinatos de negros en manos de policías blancos han generado un caldo de cultivo en todo esto. Pero para llegar a esto hay que tener algún desajuste psíquico importante.

No voy a jugar a ser sociólogo, pero parece evidente que el Gobierno americano debería reflexionar y revisar temas clave como la educación en valores, la familia y redefinir una legislación permisiva sobre el acceso a las armas.

La todopoderosa e influyente Asociación Nacional del Rifle -cuyo principal objetivo es proteger la 2 Enmienda de la Constitución, que reconoce el derecho de poseer y portar armas, “protegiendo así la libertad”- debería hacer examen de conciencia. Si todo hijo de vecino tiene derecho a comprar un arma –como si se tratara de una botella de leche- nadie puede extrañarse de que un día pueda pegarle tres tiros a otro vecino.

La sociedad americana no puede mirar para otro lado, tiene que rebelarse. La hipocresía y el fariseísmo existente en este delicado asunto lleva demasiado tiempo en el limbo.

¿Cuántos muertos más tendrán que enterrar?

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