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Mi memoria es propiedad del Estado

Foto: Rafael Doniz | Fundación de Museos Diego Rivera y Frida Kahlo

Llevo años intentando seguir las elusivas huellas de una mujer cuyo oficio era ser esquiva: Carmen Brufau Civit, alias Carmen Esbert o Carmen Zeifurt. Nació en 1915 a orillas del río Sión, en Agramunt, y 35 años después era la principal agente del espionaje soviético en México. Creo haberla identificado en un retrato de Diego Rivera que lleva otro nombre. Era bellísima, muy elegante, rubia. Tenía unos ojos verdes tan hermosos que ante ellos la rendición incondicional era el único consuelo.

Hace pocos días encontré en México un documento que en octubre de 1947 pasó por su mesa, que en ese momento era la de la secretaria privada de Rogerio de la Selva, mano derecha del presidente Miguel Alemán. Se trata de un informe de José Vasconcelos que recoge sus impresiones sobre la situación de España tras un viaje que lo llevó de Madrid a Sevilla, invitado por el Instituto de Cultura Hispánica y la Academia de la Lengua. Trató con académicos, gente de la calle y políticos, entre ellos Martín-Artajo y el mismísimo Franco. Me limitaré a trascribir su conclusión, porque quizás sea de algún interés para quien quiera hacer memoria histórica desde fuera de las trincheras.

Dice así: “El régimen de Franco cuenta con suficiente firmeza para perdurar, no porque sea popular y querido, sino porque representa una solución tolerable, mientras subsista el peligro de una reacción que pudiera favorecer a lo que llaman allá ‘los rojos’ (…). Salvo su círculo íntimo, nadie quiere a Franco y no se le quiere porque el español es contrario a todo régimen de dictadura y resiente las limitaciones para el transporte personal, la ausencia de una prensa relativamente independiente y la intervención policiaca en las actividades diarias (…). Es común oír hablar mal de Franco en todas partes.”

Al leer estas líneas recordé la dolorosa observación con la que Joaquín Maurín epiloga su Revolución y contrarrevolución en España: “En el momento en que la disyuntiva quedó planteada, a partir de junio de 1937, entre Partido Comunista al servicio de Moscú, o los militares reaccionarios, pero españoles, el desenlace de la guerra civil estaba predestinado”.

Carmen Brufau fue captada por uno de los principales agentes soviéticos que operaban en España, Leonid Eitingon. Tuvo una actuación destacada en el despiadado SIM y en alguna de las checas barcelonesas que hoy no tienen quien las recuerde, para oprobio de sus victimas. Es fácil suponer que pasaría una copia del informe de Vasconcelos a las dirigentes del PCE en México, que eran gentes tan serias y filosóficas que por estas fechas le montaron un juicio político a un notable militante asturiano que se resistió a una orden de viajar a Cuba alegando, literalmente, que estaba “encoñado”.

“Déjenme, camaradas, que se me pase un poco la fiebre y me mandan a donde quieran, porque en las condiciones en que me encuentro sólo puedo pensar en una cosa”. Fue expulsado por dar más importancia a la razón biológica que a la histórica. Permítanme concluir esta columna, escrita precipitadamente en el aeropuerto de México, con lo que me contó un agente del KGB que conoció a Carmen Brufau y a Eitingon, cuando le pregunté por un asunto delicado: “Mi memoria es propiedad del Estado”. He aquí el fiel del totalitarismo.

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