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Mireia y Jesús

Mireia Belmonte sigue pulverizando récords y sumando títulos a un palmarés de vértigo.

Mireia Belmonte sigue pulverizando récords  y sumando títulos a un palmarés de vértigo. Es un espectáculo verla nadar, una experiencia estética; emociona ver como se mueve y avanza en la piscina. Pero no voy a hablarles de Mireia; quiero hablarles de Jesús.

El pasado septiembre estuve en Coruña, me habían invitado a dar una conferencia. Después de la charla, tomando una cerveza, se me acercó un chico: "Pablo ¿Me puedo hacer una foto contigo?" El chico tenía acento canario y se notaba que estaba cachas. Le pregunté su nombre y a qué se dedicaba. Se llamaba Jesús Crossa y era lanzador de jabalina, campeón de España en 2012. "Tío, soy yo el que debería haberte pedido una foto". Le digo que me hable de su vida como deportista y me entero de que estudia fisioterapia y curra de camarero. No me lo podía creer "¿No tienes una beca de esas de las que hablan en la tele?" Se ríe y me dice que becas hay muy pocas y que la mayoría son insuficientes. "Ya te mando un mail y te cuento con calma", me dijo antes de que nos despidiéramos. Me lo mandó y me comía la rabia al leerle. "Tengo un nivel medio" decía el campeón de España, "No aspiro a poder competir en unas olimpiadas; eso no es posible si tienes que estudiar y trabajar de camarero a la vez que entrenas". 

Semanas después, cuando vi a la alcaldesa de Madrid haciendo el ridículo en Buenos Aires me volví a acordar de Jesús y volví a sentir rabia. Hoy me he vuelto a acordar de él al ver la imagen de Mireia en todos los periódicos. Según decía El País el pasado 21 de enero, Mireia pudo seguir su carrera gracias al "opaco patrocinio" de una universidad católica privada. Siempre lo mismo; millonarios que se fotografían con una élite de deportistas que les sonríen. Y entonces pienso en Jesús pero también en John Carlos y en Tommie Smith levantando el puño en México 68, y pienso en todos los chavales y chavalas de nuestros barrios y pueblos que podrían ser campeones, o al menos aspirar a serlo, si el deporte no fuera un negocio en manos de millonarios.

Celebro los éxitos de Mireia y me alegra que una empresa privada le haya permitido crecer como deportista, pero no puedo dejar de pensar en Jesús y en todos esos deportistas que no han tenido una oportunidad. Y me come la rabia, qué le voy a hacer.

 

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