Gregorio Luri

«¿La muerte? Una enfermedad de la imaginación»

«A finales del siglo XIX aparecieron los clubes de suicidas. Estos clubes, muy selectos, se pusieron de moda en las grandes capitales europeas»

Opinión

«¿La muerte? Una enfermedad de la imaginación»
Foto: Leonardo Alenza| Wikimedia Commons
Gregorio Luri

Gregorio Luri

Cuantos más años tengo, más resumo mi tarjeta de visitas. He elegido mi epitafio: “No se fue de ningún sitio sin pagar".

En memoria de Roland Jaccard (23-9-1941 / 20-9-2021)

«Siempre me ha perseguido la idea del suicidio». Así se iniciaba la última entrada de Roland Jaccard en su blog, el pasado 5 de septiembre. «¿Tenemos que resignarnos a vivir?», se preguntaba con frecuencia y añadía estas palabras que Freud descubrió en el anuncio de una funeraria en Nueva York: «¿Para qué vivir cuando te pueden enterrar por cincuenta dólares?» Uno esperaba que un autor que dedicaba tantos elogios al suicidio, fuese algo así como un dandy rezagado que, quizás, un día…

El día llegó el 20 de septiembre. Siguiendo la estela de su abuelo y de su padre, Jaccard cedió, al fin, a la tentación nihilista. «Je m’en vais! Prends le relais!», le escribió a su amigo Frédéric Schiffter.

Fue un hedonista elegante, un bon vivant «à l’ombre des jeunes filles en fleur», al que la vejez pilló, como nos pilla a todos, desprevenido y se encontró súbitamente al borde de un abismo de deseo sin placer ni esperanza. Decidió sumarse a la «La internacional de los desencantados del género humano», que, a su parecer, era la única Internacional que nunca desaparecerá.

Era, sí, un aristócrata del nihilismo artesonado pero quería yo sospechar que la existencia era para él algo con lo que se puede jugar, pero no romper.

¿Habrá nihilistas entre los chabolistas?

En la Viena de Isabel de Baviera, Nihilismus era el nombre del caballo de la Emperatriz. Cuando el 10 de septiembre de 1898, Luigi Lucheni le clavó a un estilete mortal en el pecho, frente al Beau Rivage de Ginebra, Sissi le preguntó, en busca de sentido: «¿Por qué me matas si soy de los vuestros?». Lucheni fue condenado a cadena perpetua, a pesar de que él reclamó insistentemente la guillotina; como protesta se colgó en su celda con su cinturón. Los nihilistas de verdad no tienen pronombres posesivos.

¿Se pueden tomar en serio los anuncios del suicidio sine die de alguien que dedicaba tanto esfuerzo y tanto empeño a convertir el nihilismo en literatura? Nos ha dejado más de 50 libros que son un canto del funámbulo a la nada que se extendía bajo sus pies: L’Exil intérieur,  L’âme est un vaste paysJournal d’un homme perduLes Chemins de la désillusionLa Tentation nihilisteLe Cimetière de la moraleSexe et Sarcasmes, De l’influence des intellectuels sur les talons aiguillesLe monde d’avant (su diario íntimo) y su última obra, recién publicada: On ne se remet jamais d’une enfance heureuse.

Este enorme esfuerzo literario para afirmar la desesperanza tenía para mí algo irónico y, por lo tanto, tranquilizador, como el «nihilismo gay» de Vattimo. Esperaba que para Jaccard la muerte fuese una impertinencia de su imaginación.

Fue periodista, escritor, psicoanalista, editor en Presses Universitaires de France… y vivió en un paisaje sentimental que a mí me gustaba visitar con frecuencia, habitado por Emil Cioran, la emperatriz Sissi, Louise Brooks, ­Peter Altenberg, Karl Kraus, Arthur Schnitzler, el pedagogo Henri Roorda, Schopenhauer, Thomas Bernhard, Amiel, Richard Brautigan, Thomas Szasz…

Le debo tantos buenos ratos de lectura, que bien está que se lo agradezca trayendo hasta aquí algún eco de los mismos.

«Es porque uno ha creído entrever la eternidad en la mirada de la mujer deseada por lo que se despierta cada mañana en el lecho de Procusto: amputado de sus sueños, pero ajustado a las dimensiones de la realidad».

«A finales del siglo XIX aparecieron los clubes de suicidas. Estos clubes, muy selectos, se pusieron de moda en las grandes capitales europeas. Para entrar a la eternidad sin escándalo, había que suicidarse debida y libremente. Y ambas cosas eran proporcionadas por asociaciones, que se asemejan a las sociedades secretas. Para participar en el club había que ofrecer pruebas de una resolución decidida a morir. Una vez admitido, el novato se enteraba de que el día de su suicidio se determinaba de la siguiente manera: se organizaba una partida de cartas en la que el ganador perdía la vida. Por supuesto, el afortunado recibía de los otros miembros del club muestras de la más sincera enhorabuena. Se daba una gran fiesta y cuando el elegido abandonaba el club sufría un accidente organizado por sus amigos…»

Cuando Freud recibió la visita de uno de los psiquiatras alemanes más célebres, el Profesor Schultz, le preguntó como preámbulo a cualquier posibilidad de conversación seria: «¿Cree usted sinceramente en su capacidad para curar a un paciente?» «¡De ninguna manera!», respondió Schultz. Freud añadió: «En este caso, nos entenderemos».

«El único auxilio que podemos reclamar del psicoanálisis es que nos evite suicidarnos por razones equivocadas».

«Existe una Sociedad Internacional de gente aburrida, con 700 miembros, cuyo presidente dice que lleva una vida aburrida, come cosas aburridas, practica un deporte aburrido -los bolos- y pasa sus aburridas tardes en casa. Su grito de guerra es: ‘El entusiasmo pasa, pero el aburrimiento se queda’. Para entrar a esta sociedad es necesario hacerse partidario de una filosofía del ‘¿y qué más da?’ y estar siempre dispuesto a tumbarse a la sombra de cualquier tópico fácil».

«Todo lo que se puede esperar de una cura psicoanalítica -y Freud lo sabía bien-, es la transformación de un miserable neurótico en un infeliz banal».

«Esperaba de las mujeres un amor incondicional y perdones sucesivos».

«Schopenhauer era lo suficientemente lúcido como para darse cuenta de que, en la gran mascarada de nuestro mundo civilizado, los comerciantes son los únicos especuladores que avanzan desenmascarados».

«Cioran se encontró una noche a un joven solitario sobre el Pont-Neuf. Le pareció que tenía un aire tan desesperado que se dirigió a él. Ese caminante solitario se llamaba Samuel Beckett. ‘No os podéis ni imaginar –resaltaba Cioran cuando contaba esta historia- hasta qué punto lo feliz y consolado que me hallé por haber encontrado a alguien más infeliz que yo‘».

            «La muerte? Una enfermedad de la imaginación».

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