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Naufragados

"El PSOE se siente más cómodo negociando con el nacionalismo en una cárcel que con la derecha en un despacho"

Foto: Juan Carlos Hidalgo | EFE

Tras unos días de temibles pactos y acuerdos, la Junta Electoral Central dio anoche una alegría a la (presunta) oposición. Por primera vez desde el abrazo que consagró la coalición entre PSOE y Podemos, el acuerdo de investidura parece peligrar. Aún es pronto para saber cómo reaccionará ERC a la inhabilitación de Torra, pero es tarde para todo lo demás. La decisión de la JEC se ha celebrado como si evitara, en el último segundo, el advenimiento del apocalipsis. Superado por el desvelo melancólico, he recordado la reflexión que Mark Fisher hace sobre el fin de los tiempos: «El mundo no se acaba con un estallido; parpadea, se deshace, se desmorona poco a poco». El desastre no es un momento puntual, sino un continuo. Nuestro destino como nación no cambiará de un volantazo; el cambio está siendo, estamos girando y es este girar lo que define nuestro presente político. La catástrofe no es el naufragio temido por muchos españoles, sino el agua misma en que nadamos. 

Durante décadas, el PSOE demostró que se sentía más cómodo pactando con el nacionalismo que con la derecha. Sin embargo, algunos ingenuos esperábamos que los hechos de octubre del 17 invirtieran esa tendencia. No ha sido así; ha sido peor: el PSOE se siente más cómodo negociando con el nacionalismo en una cárcel que con la derecha en un despacho; prefiere al nacionalismo fuera de la ley que a la derecha dentro de ella. La catástrofe, decíamos, no es un golpe sino una atmósfera. La catástrofe es el monóxido que lleva a muchos pseudoizquierdistas, por ejemplo, a preferir la compañía de Otegi que la de Maite Pagaza, a no ver que, aunque puedan votar con el nacionalismo una subida de la tasa de basuras, hay más coraje, valor y dignidad en el dedo meñique del concejal más remoto del PP en cualquier pueblo del País Vasco que en toda la bancada de Bildu. Esta alteración de valores se ha producido lentamente, a la vista de todos. 

La estrategia del PSOE, por supuesto, es enmascarar la realidad: identificar la preocupación por revigorizar al nacionalismo con un supuesto temor a un «gobierno de progreso»; vender la negativa a ceder soberanía con una falta de sensibilidad hacia la pluralidad de España; justificar las cesiones a populistas y nacionalistas –otrora malignas ensoñaciones de la derecha- apelando a la necesidad de diálogo; escuchando cantos a la identidad para enmascarar la insolidaridad y la ruptura entre españoles. Y así seguiremos: soportando que se culpe del crecimiento del nacionalismo no a quienes lo alimentan, sino a quienes lo combaten. Pero lo más triste no son las malas artes de los políticos, sino la sorprendente cantidad de ciudadanos que les perdonan las mentiras, los bandazos, las traiciones, aduciendo, ex post, que la política siempre consiste en mover las fichas de sitio.

Si el PSOE no cambia de rumbo, el único dique de contención será nuestro cuestionado Poder Judicial. Por eso no sorprenden las constantes apelaciones a una inminente e inmisericorde reforma. Buscarán, como sea, el modo de derribar ese muro. Lo más honesto es asumir que España, tal y como la conocemos, se acabará cuando el PSOE quiera. 

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