Javier Quero

No sin mi smartphone

No hemos avanzado nada. Somos los mismos hombres primitivos que ansiaban la cueva nueva del vecino, aunque entonces no tuviera wifi. Cuanto más nos rodeamos de aparatos inteligentes, más idiotas parecemos.

Opinión

No sin mi smartphone
Javier Quero

Javier Quero

Español. Periodista. Humorista. Ilustrador. Fundador de creActivos. Observador estupefacto. Superviviente.

No hemos avanzado nada. Somos los mismos hombres primitivos que ansiaban la cueva nueva del vecino, aunque entonces no tuviera wifi. Cuanto más nos rodeamos de aparatos inteligentes, más idiotas parecemos.

Cuanto más nos rodeamos de aparatos inteligentes, más idiotas parecemos. El hombre moderno vive absorto en su chisme, ensimismado en su chirimbolo, abducido por su cachivache. Así es como hemos caído presos de la cacharrería digital, y eso hace que nos sintamos más libres.

Leo que cada vez nos conectamos más a Internet en la calle y que ya hay 6.800 millones smartphones en el mundo, casi tantos como personas. Trending topic, hashtag, tuit y palabros de similar ralea componen el universo lingüístico de este siglo de las pocas luces. La Wikipedia se ha convertido en la Biblia del ignorante y el que no tiene Whatsapp queda exiliado en un limbo social. Esta curiosa aplicación es definida como «sistema de mensajería para mejorar las relaciones humanas». ¡Y un cuerno! El invento de marras te abduce y de pronto te encuentras pulsando botoncitos como un autómata. Hoy, es normal ver cuatro presuntos amigos sentados a una mesa en un silencio sólo roto por los teclados telefónicos. Y a esto lo llamamos la era de la comunicación. No parece casual que el término Blackberry fuera empleado en los campos de algodón norteamericanos para aludir a la bola de hierro encadenada al tobillo de los presos para evitar su huida. Elocuente apodo.

Llámenme antiguo, pero a la cara. No me lo llamen por Skype ni por Viber ni por Facetime porque me hago un lío y, al final, acabo apretando todas las teclas y bloqueando el mefistofélico cacharro emisor de pitidos del que nos hemos hecho dependientes.

No hemos avanzado nada. Al final, todo se resume en tener un aparato más potente que el del prójimo. Somos los mismos hombres primitivos que ansiaban la cueva nueva del vecino, aunque entonces no tuviera wifi.

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