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No Society

Se ha salvado una bola de partido, otra más, y parece que Europa se dispone de nuevo a hacer honor a su tradición de avanzar desde la agonía

Foto: Brytny.com | Unsplash

Han concluido las elecciones europeas y, tras los resultados, la sensación general es de alivio. La extrema derecha y los nacionalistas han subido en todo el continente, pero carecen de capacidad de bloqueo. Además, el crecimiento de verdes y liberales compensa la caída de populares y socialistas en el europarlamento de Estrasburgo. Por otro lado, el relato de Salvini, Le Pen, Orbán y compañía ya ha dejado de ser el de abandonar la UE –el bochornoso recorrido del Brexit no ha ocurrido en vano– para proponer ahora cambiarla y desnaturalizarla desde dentro. Se ha salvado una bola de partido, otra más, y parece que Europa se dispone de nuevo a hacer honor a su tradición de avanzar desde la agonía.

Si no hay mejor opción, está bien que así sea, pero es dudoso que el recurso agónico de salvar la democracia del fascismo sea sostenible cada cuatro o cinco años. Su enunciación no deja de ser la admisión de que la Unión Europea carece de un relato propio. Al menos, de uno lo suficientemente atractivo para imponerse desde la racionalidad política. Por eso juega a la defensiva, sin otra capacidad que la de sobrevivir una legislatura más. El inercial «Europa porque sí» y el defensivo «Europa por necesidad ante un mundo peligroso» han sido lugares comunes que ya no bastan.

¿Qué puede hacerse? Es difícil decirlo cuando ni siquiera hay un diagnóstico claro respecto a cómo y por qué hemos llegado hasta aquí. Unos dicen que el malestar tiene bases más culturales que económicas, y argumentan que, con la recuperación tras la crisis, no ha llegado la mejora de la autoestima política. Otros, en cambio, ponen más el acento en la degradación laboral, en el aumento de la incertidumbre y en los cambios científico-técnicos en las relaciones económicas y sociales. Los primeros defienden que el eje político es el de partidarios del mundo abierto frente a los defensores del repliegue económico y nacional; los segundos, que es el eje izquierda-derecha el que realmente cuenta y abogan por más redistribución de la riqueza.

Esta simplificación admite muchos matices, pero estos dos polos resumen la forma en la que miramos el problema del malestar, y con él, el de la construcción europea o movimientos políticos como los que han conducido al Brexit o a la llegada de Trump a la Casa Blanca. Los numerosos ensayos políticos que han abordado el asunto pueden analizarse como mezclas de ambas visiones en los que predomina una u otra. Así, el enfoque económico sobresale –por citar algunos recientes– en Igualdad. Cómo las sociedades más igualitarias mejoran el bienestar colectivo, de Richard Wilkinson y Kate Pickett o en El valor de las cosas. Quién produce y quién gana en la economía global, de Mariana Mazzucato. Por su parte, la visión que privilegia una visión más culturalista está detrás de ensayos como Identidad. La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento, de Francis Fukuyama, o de El regreso liberal. Más allá de la política de la identidad, de Mark Lilla.

Acaba de llegar a las librerías No Society. El fin de la clase media occidental, del geógrafo francés Christophe Guilly, que propone una interesante y polémica mezcla de ambas visiones. El libro viene precedido de un importante éxito en Francia, entre otras cosas porque anticipó el surgimiento del movimiento de los ‘chalecos amarillos’. Las señales estaban ahí, y Guilly las encontraba en las reformas económicas iniciadas a finales de la guerra fría, resumidas en la frase de Margaret Thatcher que da nombre al libro: «There is no society». Según Guilly, explicar el Brexit o a Trump «por la injerencia de Rusia o la multiplicación de las fake news solo puede atribuirse a una falta de honestidad o, peor aún, a la estupidez. La ola populista británica y norteamericana no es el resultado de una manipulación, sino de reformas económicas iniciadas en la década de 1980″.

En esencia, para Guilly, asistimos a una reacción de las clases populares contra la destrucción de la sociedad por causa de un sistema en el que «la realidad social y cultural de las sociedades se concibe como un mecano infinitamente transformable y adaptable». La ingeniería social siempre son los otros. Pero Guilly, tras un primer aldabonazo material, entra de lleno en aspectos culturales. Así, «no es tanto el nivel de ingresos como la postergación cultural y geográfica lo que forja las nuevas clases populares». Más allá de indicadores económicos y sociales, también hay que prestar atención a la pérdida del estatus y el de referente cultural. Y aquí entra de lleno el asunto de la inmigración, que Guilly trata con demasiado determinismo y sin hablar de la contribución que esta hace al bienestar colectivo. Su visión negativa explica que se haya convertido en uno de los autores que inspiran al lepenismo, pero sus razones de fondo merecen consideración y realismo para no dejar que la extrema derecha se apropie de un recelo sí existe.

No Society refuerza una idea en la que empieza a existir cierto consenso –ayudado por la neurociencia y la psicología social–: que somos más gregarios de lo que nos gustaba pensar, y que el peso de ciertos atavismos grupales seguían ahí, aunque estuvieran en estado de latencia durante los años felices del crecimiento. Al contrario de lo que afirmaba Thatcher, la sociedad sí existe, y se toma su venganza cuando se la desprecia.

Escribe Guilly –y la cita merece mi descortesía por la extensión–: «Asistimos hoy a una gran incoherencia cuando nos quejamos del ascenso de los comunitarismos y, al mismo tiempo, se destruyen todas las condiciones de la integración reduciendo la insignificancia al grupo que desde siempre ha sido determinante para los procesos de asimilación. La clase dominante, la misma que hoy llora lágrimas de cocodrilo por la ineficiencia de su modelo, ha facilitado la explosión por los aires de esos modelos de integración. Al destruir económica y culturalmente la antigua clase media occidental y, sobre todo, su base popular, la clase dominante ha sentado las bases para la explosión de las sociedades occidentales y su balcanización». Quizá excesivo, a la manera de intelectual francés, pero a tener en cuenta.

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