Marta Pérez-Carbonell

Nuevas e inclasificables sendas: 'La piel' y 'Made in Spain'

«La autoficción tiene tantas ramificaciones y divergencias que clasificar sus nuevos brotes equivale a convertirla en un cajón de sastre»

Nuevas e inclasificables sendas: 'La piel' y 'Made in Spain'
Foto: Nathan Dumlao| Unsplash
Marta Pérez-Carbonell

Marta Pérez-Carbonell

Marta Pérez-Carbonell es 'assistant professor' en la Universidad de Colgate (Nueva York), donde enseña cursos sobre novela y relatos breves de la España contemporánea.

Los géneros literarios híbridos nunca habían vivido un momento de auge como el del último cuarto de siglo. Muchos de ellos beben de la llamada autoficción, pero hoy este subgénero tiene tantas ramificaciones y divergencias que clasificar los nuevos brotes de autoficción equivale a convertirla en un cajón de sastre. Son muchos los autores españoles que han contribuido a este abanico de textos en los que la voz autoral juega a fusionarse con la voz narrativa, quebrando la ambigüedad solo ocasionalmente y, al hacerlo en ambas direcciones, nunca realmente. Javier Marías lo hizo con su Negra espalda del tiempo en 1998; Antonio Muñoz Molina también se adentró en el mestizaje de géneros con la celebrada Sefarad (2001); Rosa Montero lo hizo con La loca de la casa (2003) o La ridícula idea de no volver a verte (2013); en 2007, El mundo, de Juan José Millás, ganó el Premio Planeta y, más recientemente, el autor volvió a las andadas con La vida a ratos (2019); por su parte, Elvira Lindo publicaba en 2015 Noches sin dormir, su diario nocturno sobre Nueva York. Y la lista de autores y títulos podría continuar.

Pero hoy querría hablar de dos libros publicados en el último año y medio: La piel (Alfaguara 2020), de Sergio del Molino y Made in Spain (Penguin Random House 2021), de James Rhodes. Habrá quienes hayan leído ambos y no les parezcan equiparables, pero creo que, al comparar estas dos obras, ‘no me equivoco tanto como parece’ (52), por usar palabras del propio Del Molino. Definir suele resultar, además, más interesante cuando se hace por oposición y al comparar ambos textos confío en sacar a la luz algún aspecto recóndito de ambos.

La piel y Made in Spain son libros inclasificables

Son dos obras cuyos temas y enfoques difieren, pero en las que se puede encontrar un significativo hilo conector. Del Molino es un autor de Zaragoza conocido principalmente por sus colaboraciones en prensa y su excelente obra ensayística acerca de España. Su ensayo La España vacía (2016) se reedita ahora tras una revisión del autor bajo el título Contra la España vacía (2021). Rhodes es un pianista británico que obtuvo fama internacional en 2014 con su libro Instrumental, en el que, a través de un viaje que recorre obras y compositores de música clásica, el autor compone una suerte de espeluznantes memorias dominadas por las violaciones infantiles que sufrió a manos de un profesor a lo largo de varios años.

¿Qué pueden tener en común estos dos libros? Del Molino, a quien, en palabras de Unamuno, sabemos que le duele España, se aparta del tema de su país en La piel para dejar paso a un texto muy personal y digresivo donde se mezclan con maestría reflexiones sobre recuerdos, semblanzas y minuciosas observaciones sobre el aspecto físico. Rhodes, músico británico afincado en Madrid, resulta ser quien se ocupa de nuestro país en este caso, y lo hace mirándolo como vemos los países extranjeros en los que vivimos: desde fuera, sí, pero también desde dentro, con una perspectiva singular y enriquecedora para el lector español. Podríamos decir que son libros atípicos en la carrera de ambos autores, que emanan una luz propia que también los acerca el uno al otro.

Pero, sobre todo, La piel y Made in Spain son libros inclasificables. Si leer consiste en no querer dejar de escuchar una voz, lo que más destaca en estos textos son esas voces de Rhodes y Del Molino: íntimas, inteligentes, que nos llegan a veces como un susurro. La voz narrativa de La piel se muestra más independiente de lo que lo hace la de Made in Spain, donde el narrador se identifica plenamente con su autor. Son dos nuevos brotes que caminan por esas ramificaciones de la autoficción y la autobiografía creando, en sus caminos, nuevas formas de existir literariamente.

James Rhodes durante la charla con el público en TEDxMadrid. | Foto: Cecilia de la Serna | The Objective

En ambos casos, se toma un elemento de la vida personal para, a partir de este, adentrarse en una enorme variedad de temas. Ese elemento de La piel es la enfermedad de psoriasis que padece su autor y los efectos que esta tiene sobre su particular percepción de la vida, «envejecer», apunta Del Molino, «consiste en contarse, pero mi piel de monstruo no relata el pasado, sino el futuro. Se va muriendo para enseñarme lo que seré, no le interesa lo que he sido» (27); el de Made in Spain es el comienzo de una nueva vida en España, en la que se embarca Rhodes cuando abandona el Reino Unido para comenzar una existencia alejada del peor de los traumas imaginables y de las tremendas consecuencias físicas y psicológicas de ese repetido abuso sexual infantil, «la vida que me correspondía vivir en vez de aquella que me había tocado por error, por culpa de una tremenda cagada cósmica» (20). Estos elementos personales pronto se convierten en un mero trampolín para elaborar una idea latente en ambos textos, a saber: el efecto de la mirada ajena en la concepción de uno mismo. ¿Hasta qué punto dependemos de la mirada externa para construir la idea de quienes somos? ¿En qué consiste el sentimiento de saberse un ser diferente, un ser sufriente, un ser marginado, en sentirse ontológicamente solo? «Sin alguien que refleje nuestras emociones, no tenemos ningún modo de saber quiénes somos», nos recuerda Rhodes a través del epígrafe del psicólogo John Bradshaw, que da comienzo al Capítulo Ocho. La necesidad de los demás es, como sabemos, un arma de doble filo. Para quien ha pasado su vida sintiéndose muy solo, «escondiéndote y sintiéndote un monstruo», la concepción de sí mismo solo cambia cuando se siente parte de algo (127), circunstancia que se da con su traslado a España. La voz narrativa de La piel también se describe a sí mismo como el monstruo al que los demás ven: «Para qué seguir desviándome y compadeciéndome. Los monstruos somos muy pesados, siempre gimoteando en nuestras torres y mazmorras, egocéntricos, doliéndonos del asco del mundo cuando el mundo ni siquiera se fija en nosotros. La bella y la bestia tienen en común que ambos se sienten observados. Por guapos o feos, el narcisismo es idéntico» (27-28). La intimidad de ambos textos radica en esa voz reflexiva, que mira hacia dentro tanto como hacia fuera. «Me vi cara a cara con el problema número uno de mi vida: yo» (285), admite Rhodes. ¿Hay algo más importante que saberse vulnerable y dependiente de quienes nos rodean? ¿Y de saber que, aun así, somos responsables de nosotros mismos? ¿Que con nuestra existencia adquirimos, además, una responsabilidad para con los demás?

A través de diferentes prismas, ambos textos reparan en esa responsabilidad cuando tratan el tema de los niños. La piel lo hace a través del amor paternofilial, mientras que en Made in Spain lo vemos en la relación madre-hijo. El texto de Del Molino en ocasiones se dirige directamente a su hijo e incluso cuando no lo hace, La piel parece estar escrito para «el hijo». En los bellos pasajes que narran la interacción con el niño cuando están en el balneario («No hay una intimidad más cerrada y nítida. En el agua, con el hijo, estar se conjuga como ser» (56)), se describe la relación con él como «compleja y poética», digna de ser gozada y efímera como la infancia misma (55), una relación que le lleva a preguntarse al narrador por su condición de hijo (22-23) y las inseguridades experimentadas durante la infancia. Estas inseguridades, convertidas en profundos traumas, son el pan de cada día de Rhodes y gran parte de su texto está dedicado a contar su lucha para la aprobación de la Ley de Protección de la Infancia, que finalmente entra en vigor el 24 de junio de 2021. Esta lucha y su condición de padre lo llevan a recordar su condición de hijo. Felicito al lector que logre resistir las lágrimas al leer sobre la madre enferma, que es leer sobre el hijo que asiste a la muerte de su madre y lo hace como niño asustado y también como adulto que desea la reconciliación.

La piel y Made in Spain nos proponen escuchar la música a la que en ocasiones se refieren sus autores

En ambos textos hay una particular atención al lenguaje que se revela de forma lúdica. En La piel, el desternillante pasaje que relata el primer beso del narrador se pregunta por desafortunadas carencias en nuestro idioma, en el que tiene que recurrir a pronombres ya que no cuenta con «una palabra intermedia entre polla y pene», lo que lo deja desarmado a la hora de rememorar la embarazosa erección del pasado, que no quiere recuperar en calidad ni de pornógrafo ni de médico, como indicarían los términos con los que cuenta nuestro idioma (113). En la misma encrucijada se encuentra teniendo que elegir entre teta y pecho y, a regañadientes acaba escribiendo «testículos», obviando algún otro término más soez: «Y no insisto más en esta indecente laguna expresiva del español: mira que verme obligado a escribir testículos en este preciso instante, con todas esas consonantes, que no sabe uno si está hablando de sexo o de etnografía» (116). El texto de Rhodes, por su parte, se deleita con la «música interna» del lenguaje que el autor británico va aprendiendo en su nuevo país, con «palabras que bailan por el aire y que acarician la lengua» (107). El lector español seguramente esbozará una sonrisa al ver que entre sus vocablos preferidos se encuentran «quisquilloso», «soso», «sollozo» o «susurro», donde la música interna se adivina que pertenece a la misma melodía, pero también «nalgas,», «blandengue», «ciruela» o «chorrada». Rhodes no intenta justificar el flechazo causado por esas palabras o por España. Hay motivos que le han llevado a sentirse dichoso en este país, pero lo suyo es una historia de amor y en temas del corazón no siempre resulta transparente por qué alguien nos cae en gracia o por qué nos resultan irresistibles términos como «lampiño» o «tocapelotas».

Ambos libros nos proponen escuchar la música a la que en ocasiones se refieren sus autores. Como es de esperar, Made in Spain lo hace de forma más activa y el libro está acompañado por una hermosa lista de reproducción que el autor nos invita a escuchar en diferentes momentos: Joaquín Rodrigo, Chopin, Beethoven, Schumann y hasta un directo de Sabina. Pero también en La piel, sin ser su autor músico, se verá el lector buscando vídeos musicales en el brillante capítulo «Cuando acaba la jornada de trabajo», que lo trasladarán al Nueva York de Cyndi Lauper, a principios de los años ochenta. La experiencia auditiva de ambos contribuye, en cualquier caso, a la inclasificable naturaleza de los dos textos.

Ambos tocan y profundizan en otros tantos temas: mientras Rhodes expone algunos horrores del Brexit, La piel dedica un capítulo a la historia del racismo; a través de la psoriasis, Del Molino recorre fascinantes capítulos de las vidas de John Updike, Nabokov, Pablo Escobar o Cyndi Lauper, mientras Rhodes nos relata los entresijos políticos del país y las batallas internas para aprobar una ley imprescindible.

Sergio del Molino: “Los enfermos crónicos nos parecemos mucho a los personajes de las tragedias griegas”

El escritor Sergio del Molino. | Foto: Patricia Garcinuño | Editorial Alfaguara

Hay algunos libros que llegan cuando tienen que llegar. La piel se publicó solo unas semanas después de que se declarara en España el estado de alarma, cuando resultaba imposible predecir cómo íbamos a salir de esta, si saldríamos del largo confinamiento renovados, más sabios o locos de remate. Made in Spain se publica un año y pocos meses después de La piel, mientras España sale magullada de esa misma crisis, a la que Rhodes dedica unas páginas, reparando en sus diversos efectos. Como nos pasó a muchos (¿a todos?), el principio de la crisis del coronavirus, con su aislamiento, tuvo casi tantas consecuencias personales como globales.

Vivimos un momento difícil de definir; un momento en que el mundo se bate entre el miedo y la esperanza. Hay un miedo retrospectivo a lo que ha ocurrido, a cómo controlar lo más incontrolable que hemos vivido: el desaliento de no ver la luz al final de un túnel donde se acumulaban miles de muertos cada día. Pero hay, qué duda cabe, esperanza de que lo peor ya haya pasado y de que ahora sea posible recuperarnos, reconstruirnos y vacunarnos. ¿Cómo se define un momento así? Difícilmente, aunque, como decía arriba, suele ser útil hacerlo por comparación y oposición. ¿Y estos libros? Son textos que en este momento nos invitan a pensar en temas con los que convivimos: el individuo como parte de un colectivo, el efecto de uno mismo sobre los demás, el efecto de los demás sobre nosotros, la vulnerabilidad de algunos grupos, el amparo del arte, de la cultura y del humor. Son libros que superan la autoficción, que tratan traumas y enfermedades y nos muestran que la escritura abre y cauteriza las heridas al mismo tiempo, como dijo Juanjo Millás; son libros que se abren su propio camino y, en esa nueva senda, nos ofrecen un refugio necesario y dos voces que ojalá sigamos escuchando.

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