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Onésimo perdió su último regate

Fueron 20 días hablando (sin parar) con Rubalcaba.

Foto: Pedro Puente Hoyos | EFE

Tenía 67 años. No era ni joven ni viejo. Aún le quedaba lejos esa edad en la que la muerte empieza a ser un hecho probable. Con él termina un cierto mundo de ayer, un mundo de políticos que fueron muchas cosas y que terminaron por resultar familiares a la gente del común más por sí mismos, por una perenne trayectoria de presencia cuajada de altibajos. Alfredo Pérez-Rubalcaba se ganó la confianza y la desconfianza de casi todos. Y lo fue casi todo; no llegó a ser presidente del Gobierno, pero sí candidato socialista a la presidencia, y en aquella contienda se pegó un batacazo monumental.

Aquello ocurrió en noviembre de 2011: un 20-N por capricho cabalístico del presidente saliente, por dimisionario, José Luis Rodríguez Zapatero. Obtuvo el –hasta entonces- peor resultado del PSOE en unas elecciones generales. El envés de su derrota fue la mayoría absoluta de Mariano Rajoy. Otra forma de verlo es que su descalabro, en cifras, significa que el PSOE de Rubalcaba obtuvo 7 millones de votos y 110 diputados… cuando el enorme éxito del PSOE con Pedro Sánchez tan solo ha consistido en sumar 7,5 millones de votos y 123 diputados: medio millón de votos y 13 diputados como medida del abismo.

Rubalcaba decidió seguir: ¡había llegado tan cerca! Se presentó al congreso de su partido en febrero de 2012 contra Carme Chacón, otra persona clave del post-felipismo, como también lo fue José Antonio Alonso. Los tres han fallecido inesperadamente a una edad improbable.

Decidió seguir, ganó la secretaría general, hizo oposición a Rajoy y dos años después, tras las elecciones europeas de 2014, dimitió por otra pésima cosecha de resultados para su partido. Parece que fue hace mucho, pero no hace tanto. De hecho, en un par de semanas celebraremos las primeras elecciones europeas tras aquellas que empujaron a Rubalcaba a dejar su gran pasión: la política.

En realidad, la política le dejó a él; no creo que fuera capaz de dejarla nunca. Me lo encontré casualmente hace casi un año, el verano pasado, en una de esas terrazas de las azoteas del centro de Madrid a las que hay que saber cómo se sube. Le vi físicamente desmejorado pero en plena forma para el análisis político. Porque, claro, hablamos de política. ¿De qué otra cosa podíamos hablar?

Le traté muy poco lo poco que coincidimos en el Hemiciclo del Congreso. Es enorme la distancia entre la primera fila de la bancada de un partido y la última del partido opuesto. También le traté poco los años en los que ejercí el periodismo político, con una breve excepción de 20 días… no era mi tarea, salvo en momentáneos paréntesis. Y, en honor a la memoria de un señor que vivió la política con toda la intensidad y la pasión que puede ponérsele a esta gran vocación humana, les contaré algo de esas tres semanas… Fueron 20 días hablando (sin parar) con Rubalcaba.

Año 2002. Empezaba agosto. No tenía que pasar nada y la única preocupación era qué podríamos inventarnos para llenar las pocas páginas (en papel físico) de la sección de Nacional del periódico en el que trabajaba, el diario El País. Esperar a que pasara pronto la falta de noticias hasta que llegara mi relevo, poco antes del día 20, para coger vacaciones. Pero en ese arranque de agosto, en Santa Pola, ETA puso un coche-bomba junto al cuartel de la Guardia Civil con el que mató a una niña de solo seis años, hija de un agente, y a un señor que caminaba por allí, y dejó varias decenas de heridos. Dirán ustedes: ‘¿un atentado?, en aquellos años ¡había tantos!’. Pero no, no fue sólo un atentado. Fue el primer atentado tras la aprobación de la Ley de Partidos muy poco antes, ese mismo verano: un cambio legislativo impulsado por el Gobierno de Aznar y negociado con el PSOE de Zapatero en el marco del Pacto Antiterrorista, y en el que Rubalcaba había sido un muñidor principal por parte socialista.

Esa novedosa Ley de 2002 preveía la posibilidad de instar a la ilegalización de aquellos partidos políticos que no condenaran actos terroristas como el cometido en Santa Pola. Como era previsible, Batasuna no mostró el menor interés en condenar nada; habría que ver con qué entusiasmo sus sucesores estarían hoy por declarar condena alguna… o contra quién preferirían proferirla. Pero una cosa es que una ley abra la puerta a una decisión tan drástica como ilegalizar un partido político, y otra que esa decisión tuviera que ponerse en marcha con inmediatez, con el añadido de que estábamos en agosto y, en aquellos años, el Parlamento cerraba en agosto.

En esos días conocí las habilidades de comunicación y de relación con los medios de Alfredo Pérez-Rubalcaba. Entendí por qué decían que Felipe González le llamaba Onésimo. Y no, no era por Onésimo Redondo, sino por el futbolista Onésimo Sánchez. Rubalcaba, contaban, era tan aficionado al regate que hasta se regateaba con éxito a sí mismo. Doy fe de ello. Día a día. Primero, no tenía ni por qué ponerse al teléfono porque estábamos en agosto. Después, con conversaciones que se multiplicaban, su insistente mensaje es que había tiempo. Luego, que había que buscar un consenso más amplio, que él estaba ocupándose, y que tal cosa no se consigue en mitad de unas vacaciones… Para, días después, terminar por explicarme cómo la gestión de los tiempos para que la estrategia fuera exitosa había sido, fundamentalmente, suya. Pues vale.

La atribución de medallas me daba igual. En principio, me tenían que dar igual más cosas. Mi tarea en ese momento solo consistía, en lo posible, en enterarme antes que nadie de qué iba a hacerse y cómo, conocer cada detalle de esa negociación para poner en marcha la Ley de Partidos e iniciar la ilegalización del, entonces, brazo político de ETA. Y todo con el único propósito de contarlo antes y mejor que nadie. Pero no me daba igual, francamente. En realidad, no le daba igual a nadie. En ese mes de agosto la mayoría de los españoles se había hastiado del goteo de coches-bomba. Aznar vio el momento y su equipo (también al otro lado del teléfono durante esos 20 días) impulsó el acuerdo. Era verdad que una decisión política de esas características exigía una digestión lenta y pesada para buena parte de la familia socialista, y más que lenta y aún más pesada para los partidos nacionalistas con los que el PSOE siempre ha tenido la mejor relación. Eso exigía más que regates, pero…

Antes del día 20 pude irme de vacaciones. Llegó el relevo, aunque ya no me corriera prisa, y no me tocó cubrir, como periodista, el Pleno extraordinario que puso en marcha la ilegalización de Batasuna. Me fui con una creciente admiración hacia quienes, desde la política, hacen lo imposible para que lo correcto sea posible. Y, sobre todo, para hacerlo de forma que parezca inevitable. Ésa es exactamente la tarea por la que merece la pena luchar. En aquella ocasión, el señor Rubalcaba estuvo entre ellos; con todos sus regates fue uno de ellos. No siempre fue así, claro. Como consumado jugador de riesgo, acumuló sonados episodios de exactamente lo contrario. Quizá porque ninguna trayectoria es impecable, ni en la vida ni en la política. Nadie es perfecto. Además, cuando menos te lo esperas todo puede romperse con un ictus. Y solo queda la memoria de los que quedan.

Que la tierra le sea leve, don Alfredo.

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