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Jose Manuel Diez

Eclipse de sol negro

Escribo esta mínima reseña a la luz de su reciente ausencia física, con el convencimiento personal de que ningún creador, ningún amante y ningún loco podrán morir jamás por completo.

Opinión

Eclipse de sol negro

Escribo esta mínima reseña a la luz de su reciente ausencia física, con el convencimiento personal de que ningún creador, ningún amante y ningún loco podrán morir jamás por completo.

Tenía quince años la primera vez que supe de la existencia de Leopoldo María Panero. Descubrí entonces, por casualidad, tres de sus poemas en una desaparecida revista literaria llamada «Intramuros», que se publicaba en Extremadura a mediados de los 90. Uno de aquellos poemas, escritos en prosa, titulado «La Metamorfosis (II)», terminaba con un verso que me atrapó desde la primera lectura: Cada dos o tres años el calor de una mano. En repetidas ocasiones, mucho tiempo después, he presentido este verso como una anunciación de lo que Leopoldo María Panero ha terminado significando para mí como lector y, más aún, como aprendiz de poeta. Aceptando que sus muchos significados compendían intachablemente la melancolía de las imágenes y la fragilidad de las emociones que sus libros -sobre todo, dos: «Poemas del manicomio de Mondragón» y «Así se fundó Carnaby Street»- me han sugerido siempre, impregnados de una lucidez visionaria y de una fuerza autogenésica que no he logrado encontrar en ninguno de los poetas que engloban su generación, la que adviniera de los Novísimos o, como el profesor Túa Blesa, uno de los máximos especialistas en su obra, dejó escrito en el prólogo a la compilación de su poesía hasta el año 2000 –publicada por la editorial Visor–: las profundas razones por las que Leopoldo María Panero ha terminado por convertirse, verso a verso, libro a libro, en el sol negro en la cosmología de la poesía española contemporánea.

Escribo esta mínima reseña a la luz de su reciente ausencia física, con el convencimiento personal de que ningún creador, ningún amante y ningún loco podrán morir jamás por completo (menos, alguien como él, que cumplía este canon de ultraje a la muerte por partida triple). Mucho se opinará estos días sobre sus manidos lugares comunes, la mayoría de ellos, idealizados a la sombra de una maniática excentricidad personal y de un vasto (des)encanto creativo familiar. No seré yo quien lo haga. Que hablen sus poemas, que viva su recuerdo. Y viceversa.

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