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Sara Montero Minguez

Morir de tristeza

He oído muchas cosas sobre la depresión. Leí en algún sitio que tenía que ver con la química del cerebro, en otro con la herencia genética.

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Morir de tristeza

He oído muchas cosas sobre la depresión. Leí en algún sitio que tenía que ver con la química del cerebro, en otro con la herencia genética.

He oído muchas cosas sobre la depresión. Leí en algún sitio que tenía que ver con la química del cerebro, en otro con la herencia genética. Pero sin duda, la lectura más cruel advertía de que en el siglo XXI Occidental teníamos demasiado tiempo libre, más del que podemos ocupar sin llegar a aburrirnos. Y tiene que ser periódicamente un ocio nuevo porque la tecnología nos ha convertido en unos yonkis de lo último. La normalidad ha secuestrado la adrenalina.

En este mundo de comodidades no parece lógico que la tristeza sea uno de nuestros peores problemas a solucionar. O sí. Al fin y al cabo nosotros ya no tenemos cada día la obligación de luchar para sobrevivir. No arriesgamos, no vivimos al límite y llamamos deportes de «riesgo» a tirarte por un puente… Amarrado a una cuerda. No alimentamos al instinto de supervivencia que dirige la existencia humana. Ese resquicio animal que duerme en nuestro interior golpea en el más frágil de los puntos posibles: nuestra mente.

Siempre y sin excepciones hay ciertas dosis de seguridad en todo lo que hacemos. Y cuando ese mínimo de confort falla nos enredamos en buscar un «tercero» para echarle la culpa de no haber cuidado de nosotros, aunque le pidiéramos por favor que no lo hiciera. La seguridad tiene un punto de esclavitud.

En cualquier caso, seguimos menospreciando el placer. Alguien está verdaderamente deprimido cuando ha perdido su capacidad de disfrutar de las cosas que le hacen feliz. Nadie hubiera dicho que ser hedonista te salvaría la vida.

Volviendo a la depresión, lo único claro es que será la pandemia de nuestro siglo. 350 millones de personas viven con esta enfermedad en el mundo. Un millón de ellas desafían a su instinto de supervivencia y acaban suicidándose. Por muy incomprensible que resulte a los animales que continuamos mirando alrededor.

La tristeza, como la muerte, continúa apartada de la sociedad, incluso bajo el disfraz impermeable de la patalogía. Uno es noticia si se suicida tras un desahucio, pero nunca tras una larga y destructiva enfermedad.

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