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Jordi Bernal

La culpa fue de Camus

Desde hace años soy incapaz de ver un partido de fútbol. Me aburro. Una vez un becario de una televisión barcelonesa me colocó una alcachofa en la boca y me preguntó raudo si había visto no sé qué final importantísima disputada la noche anterior. No se me ocurrió otra cosa que responderle que yo el fútbol solo lo leo en twitter. Creo que la televisión, sabiamente, optó por obviar mis sinceras declaraciones.

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La culpa fue de Camus

Desde hace años soy incapaz de ver un partido de fútbol. Me aburro. Una vez un becario de una televisión barcelonesa me colocó una alcachofa en la boca y me preguntó raudo si había visto no sé qué final importantísima disputada la noche anterior. No se me ocurrió otra cosa que responderle que yo el fútbol solo lo leo en twitter. Creo que la televisión, sabiamente, optó por obviar mis sinceras declaraciones.

No siempre fue así. De hecho durante la infancia y buena parte de la adolescencia me dediqué con ahínco a la práctica del fútbol. Entonces me gustaba mucho. Dicen que se me daba bien jugar de portero. Buena colocación bajo palos, reflejos, sobriedad y las justas concesiones palomiteras a la galería. Tenía, eso sí, un talón de Aquiles del tamaño del Gran Cañón del Colorado. Un punto ciego en el lado izquierdo. Los delanteros que me conocían me las colaban todas. En cualquier caso, llegué a jugar en ligas regionales. ¡Incluso en campos de césped! Gané algunas medallitas y copillas. Conocí a chavales que, sin un balón de por medio, difícilmente hubiera conocido. Y me consta que para algunos de ellos esa época ha sido (o fue) la mejor de sus vidas.

A los diecisiete años colgué los guantes.

Preferí el refugio soñoliento de cines y bibliotecas, o los tugurios infectos y rugientes de la noche, a los áridos campos de fútbol suburbanos. Fue por aquel entonces cuando leí por primera vez la célebre sentencia de Albert Camus, otro portero frustrado: “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. Me pareció una genialidad. La repetía como un lorito resabido.

Ahora, sin embargo, cada vez que abro un periódico me acuerdo de aquella frase y no puedo menos que culpar al admirado Camus de darle alas al fútbol. De intelectualizarlo. De haber sido una de las principales coartadas exculpatorias para que los más brillantes escritores de mi generación sometan su inteligencia a un tema tan insustancial y plúmbeo como es el pateo de una pelota sin otro propósito que el de provocar los berridos de la masa.

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