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Álvaro del Castaño

Desde mi ventana: No puedo respirar

«Hay que comprometerse. Y ese compromiso no es solo el postureo de poner tu Instagram en negro para luego seguir a otra cosa»

Opinión

Desde mi ventana: No puedo respirar
Reuters

Durante el confinamiento, en The Objective tuvimos la oportunidad y el placer de publicar 25 capítulos del proyecto literario Desde mi ventana, del novelista Álvaro del Castaño. La serie, lejos de acabarse, continúa: ahora con una periodicidad quincenal y con un espíritu adaptado a esta «nueva normalidad».

Hace casi un siglo y medio, un gran americano, cuya sombra simbólica cobija a sus compatriotas, firmó la Proclama de Emancipación. Este importante decreto se convirtió en un gran faro de esperanza para millones de esclavos negros que habían sido cocinados en las llamas de la injusticia. Llegó como un amanecer de alegría para terminar la larga noche del cautiverio.

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Desde mi ventana: No puedo respirar 2

Lamentablemente, 157 años después de esta fecha tan importante, debemos enfrentarnos el hecho trágico de que la gente de color aún no es totalmente igual a la blanca. Un siglo y medio después, la vida del negro es todavía minada por los grilletes de la discriminación. Un siglo y medio después, el negro vive mayoritariamente en una solitaria isla de pobreza en medio de un vasto océano de prosperidad material. Un siglo y medio después, el negro todavía languidece en los rincones de la sociedad estadounidense y se encuentra a sí mismo exiliado en su propia tierra.

Cuando los arquitectos de Estados Unidos redactaron la Constitución y la Declaración de Independencia, firmaron un cheque del que todo estadounidense debía ser heredero. Era una promesa de que todos los hombres tendrían garantizados los derechos inalienables de vida, libertad y búsqueda de la felicidad. Desgraciadamente, parece obvio hoy que Estados Unidos ha fallado en su promesa en lo que respecta a sus ciudadanos de color. En vez de honrar su obligación sagrada, Estados Unidos dio al negro un cheque sin fondos que fue devuelto con el sello de fondos insuficientes. Pero nos negamos a creer que el banco de la justicia está quebrado en ese país. Nos negamos a creer que no hay fondos en los grandes depósitos de oportunidad en esa nación. Tienen que poder cobrar ese cheque, un cheque que dará las riquezas de la libertad y la seguridad de la justicia a la gente de color.

Hay que recordarle a Estados Unidos de la urgencia feroz del ahora. Este no es tiempo para entrar en el lujo del enfriamiento, o para tomar la droga tranquilizadora del gradualismo. Ahora es el tiempo de elevarnos del oscuro y desolado valle de la discriminación hacia el iluminado camino de la justicia racial. Ahora es el tiempo de elevar esa nación, y el resto del mundo, de las arenas movedizas de la injusticia racial, hacia la sólida roca de la hermandad. Ahora es el tiempo de hacer de la justicia una realidad para todos. Sería fatal pasar por alto la urgencia del momento. Este sofocante verano del legítimo descontento del negro no terminará hasta que venga un otoño revitalizador de libertad e igualdad. 2020 no es un fin, sino un principio.

Aquellos que piensan que el negro sólo va a evacuar su frustración, y que luego permanecerá contento, tendrán un rudo despertar si Estados Unidos regresa a su rutina. No habrá ni descanso ni tranquilidad en Estados Unidos hasta que el negro tenga garantizados su igualdad de derechos reales. Los remolinos de la revuelta continuarán sacudiendo los cimientos hasta que emerja el esplendoroso día de la justicia. Pero, en el proceso de conquistar el justo lugar de nuestros hermanos de color, no deberemos ser culpables de hechos violentos. No podemos saciar esa sed de libertad tomando de la copa de la amargura y el odio. Debemos conducir esta lucha en el elevado plano de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que la protesta creativa degenere en violencia física. Una y otra vez debemos alejarnos de la resistencia a la fuerza física con la fuerza del alma. Esta nueva militancia maravillosa que debemos abrazar todos no debe conducir a la desconfianza con respecto a los blancos, ya que muchos de ellos se han dado cuenta de que nuestros destinos están ligados. Se han dado cuenta de que su libertad está ligada inextricablemente a la de la gente de color. Tenemos que caminar juntos. Y, a medida que caminemos, debemos hacernos la promesa de marchar siempre hacia el frente. No podemos volver atrás.

Hay quienes preguntan a los que defendemos los derechos civiles: ¿cuándo quedaremos satisfechos? La respuesta es que nunca estaremos satisfechos, por ejemplo, mientras el negro sea víctima de los inimaginables horrores de la brutalidad policial. Nunca estaremos satisfechos en tanto la gente de color no pueda acceder, sin un atisbo de racismo o discriminación, a la élite de la educación y al mercado laboral. No estaremos satisfechos mientras la movilidad básica del negro sea de un gueto pequeño a uno más grande. Nunca estaremos satisfechos mientras a los hijos de los afroamericanos les sea arrancado su ser y robada su dignidad con la peste de la discriminación. No, no estamos satisfechos, y no estaremos satisfechos hasta que la justicia nos caiga como una catarata y el bien como un torrente.

Hay que continuar en esta lucha con la fe de que el sufrimiento sin recompensa asegura la redención. No hay que deleitarse en el valle de la desesperación.

Hoy, yo todavía tengo un sueño. Es un sueño arraigado profundamente en el sueño de nuestros amigos americanos y de muchos de nosotros en occidente. Yo tengo un sueño de que los ciudadanos del mundo se elevarán y vivirán el verdadero significado de este credo: «Creemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales».

Yo tengo el sueño de que un día los nietos de los ex esclavos y los nietos de los ex propietarios de esclavos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la hermandad, formar una familia juntos, trabajar juntos por un futuro mejor, sin miedo a la discriminación ni al racismo, ni a la violencia policial.

Yo tengo el sueño de que los niños pequeños vivirán un día en un mundo donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter. ¡Yo tengo un sueño hoy!

Yo tengo el sueño de que un día, en Estados Unidos, aún con grandes discriminaciones encubiertas y con un presidente de cuyos labios gotean palabras huecas, un día allí mismo, pequeños niños negros y pequeñas niñas negras serán capaces de unir sus manos con pequeños niños blancos y niñas blancas como hermanos y hermanas. ¡Yo tengo un sueño hoy!

Yo tengo el sueño de que un día cada valle será exaltado, cada colina y montaña será bajada, los sitios escarpados serán aplanados y los sitios sinuosos serán enderezados. Esta es nuestra esperanza. Con esta fe seremos capaces de esculpir en la montaña de la desesperación una piedra de esperanza. Con esta fe seremos capaces de transformar las discordancias en una hermosa sinfonía de hermandad. Con esta fe seremos capaces de trabajar juntos, de rezar juntos, de luchar juntos, de ir a prisión juntos, de luchar por nuestra libertad juntos, con la certeza de que un día seremos libres.

Este será el día, este será el día en que todos los niños de Dios serán capaces de cantar juntos. Y si Estados Unidos quiere seguir siendo una gran nación, y Occidente liderar con el ejemplo, esto debe convertirse en realidad. Y cuando esto ocurra, cuando dejemos resonar la libertad, cuando la dejemos resonar desde cada pueblo y cada caserío, desde cada estado y cada ciudad, seremos capaces de apresurar la llegada de ese día en que todos los hijos de Dios, hombres negros y hombres blancos, judíos, musulmanes y cristianos, protestantes y católicos, independientemente de su orientación sexual, serán capaces de unir sus manos y cantar juntos la letra de una vieja canción de gospel: «¡Por fin somos libres! ¡Por fin somos libres! Gracias a Dios todopoderoso, ¡por fin somos libres!».

I have a dream.

Como muchos habéis intuido, me he tomado la libertad de jugar con vuestra percepción. Lo que habéis leído es el trascendente discurso de Martin Luther King en Washington, en la marcha por las libertades civiles de 1963. Mi maliciosa intención ha sido actualizarlo ligeramente con la idea de dar la sensación de ser un texto recién escrito en junio de 2020 por este plumilla. El objetivo no era otro que abriros los ojos ante la cruda realidad: el racismo sigue vivo entre nosotros. Es impresionante ver que cada palabra de este impactante texto podría haber sido escrita ahora, tras el homicidio de George Floyd por parte de un despiadado policía blanco, cuando el texto es de hace 57 años.

I can’t breathe”, fueron las últimas palabras de Floyd antes de expirar.

Independientemente de la manipulación de la que ha sido víctima este dramático acontecimiento por parte de ciertos sectores de la izquierda, y de la inadmisible violencia que ha acompañado a esta vergonzosa muerte, tenemos que aceptar que existe el racismo en nuestra vida diaria, instalado y subyacente, como un demonio imperceptible a los ojos de los demás y muchas veces a los nuestros. Es un fenómeno totalmente tóxico, un profundo sesgo oculto (hidden bias en lenguaje técnico) en nosotros mismos, incluso anidado entre aquellos que nos declaramos anti-racistas.

Tenemos que explicar que a los niños de color en Occidente, en algún momento de su tierna infancia, sus padres les tienen que alertar del hecho de que son “negros”, y de que, a diferencia de los blancos, alguna vez serán víctimas del racismo, la discriminación. ¿Se imaginan a ustedes teniendo esta charla con su hijita de 5 años?

Queridos lectores, os exhorto a que en este preciso instante paréis de leer, cerréis los ojos y realicéis un examen de conciencia. Recordad lo que nos decía Nelson Mandela: «Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión”.

El cambio es necesario y debe ser ahora. Los que entendemos la penitencia diaria (aunque sea distinta según el individuo, el país, el ámbito socio-cultural) a la que está sometida la gente de color, tenemos que ser agentes activos del cambio. Hay que comprometerse. Y ese compromiso no es solo el postureo de poner tu Instagram en negro para luego seguir a otra cosa. Es extender tu mano a la persona diferente, escucharla y entenderla. Es ser el altavoz de sus frustraciones. Es ponerte en su sitio y pensar como te sentirías tu si eso se lo hicieran a tu propio hijo, a tu hermano o a tu padre. Es aceptar que ellos sufren, y que tú no has sufrido esa discriminación y esa humillación. Es denunciar el racismo de manera directa, inmediata e inteligente cuando surge espontáneamente.

Hoy, en este texto, me centro en la gente de color, pero podría escribir un articulo parecido sobre la actitud de la sociedad (por supuesto, lleno de matices, y cada uno sometido a diferentes grados de discriminación) ante por ejemplo la mujer, los judíos, hispanos y las personas con diferente orientación sexual.

Hoy mismo, he escuchado el testimonio de una de las directivas afroamericanas de mayor alcance profesional de mi empresa. De origen humilde, ella forma parte ahora de la élite de Estados Unidos y de Wall Street. En este encuentro global online dedicado en exclusiva a este tema, con todos los empleados de mi empresa conectados, he podido escuchar su impactante y valiente relato personal. Un relato honesto y desgarrador de las múltiples discriminaciones subliminales o manifiestas de las que ella ha sido víctima desde pequeña hasta ahora mismo, pese a ser en la actualidad una mujer graduada en la mejor universidad de Estados Unidos, muy exitosa en sus finanzas personales, y viviendo en uno de los mejores barrios de Nueva York. Ella sigue siendo víctima, aunque haya sido educada a superar e ignorar estas afrentas diarias. He escuchado ejemplos concretos de sus temblorosos labios. Me he emocionado. La ejecutiva, llorando ante 36.000 compañeros de trabajo conectados, terminó exclamando: «¡Tengo rabia!».

Yo también.

¿Y tú?

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